Sólo
sé que durante muchos años mis padres nos los leyeron.
Pese a su formación
de bibliotecario, mi padre, el principal lector de la casa, no
solía leernos clásicos de la infancia ni acercarnos
a ellos. Tal vez, ahora lo pienso, porque su infancia fue dura
y poco rodeada de afecto. Los cuentos clásicos de Andersen,
Perrault o de los Grimm, me llegaron pero no sé cómo.
Dudo que haya sido a través de libros. En cambio mi padre
nos leía una hermosa edición de El libro de las
tierras vírgenes, de Rudyard Kipling. Era un libro muy
grueso, con no muchas ilustraciones. De la trama de este libro
también es muy poco lo que recuerdo. En cambio me acuerdo
de los nombres de muchos de sus personajes: Akela, Mowgli, Kaab.
Siempre fue una lectura compartida con mis hermanos, quizá
por esto tuvo tanto peso. Era como una ceremonia en la que pactábamos
un armisticio temporal para escuchar a mi padre. Hoy pienso que
no sólo me gustaba el relato: me encantaba ver a mi padre
de otra forma. Al leer en voz alta, su presencia se expandía
hacia un territorio inhóspito, lejano y tentador que era
desde donde nos hablaba. Su figura crecía aún más
porque, intuía yo, lo que nos leía era importante
para él por alguna razón que nunca explicitó
y que, como tantas cosas, se llevó a su tumba. Su voz de
cierta forma nos abrigaba en su misterio, nos trasladaba a su
silencio. Tiempo después, siendo ya lector, por ese mismo
sendero me interné en la literatura buscando su afecto
y siguiendo las lecturas que él me recomendaba, los sábados
en la biblioteca de la que él había sido bibliotecario
fundador. Estoy seguro que creía que era una vía
de acercarme a él, de compenetrarme en su misterio. No
sé hasta que punto lo logré, a juzgar por la distancia
que mantuve con él y sobre todo por mi dificultad para
hacer de la lectura un placer compartido, creo que muy poco. Sin
embargo fue en esas mañanas de sábado cuando entraron
verdaderamente los libros en mi vida: Belleza negra, Huckleberry
Finn y Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom, Príncipe
y mendigo, Ivanhoe, Sin familia. Este último me conmovió
como muy pocos otros; sé que se trataba de un niño
solo en el mundo; supongo que era un derroche de tristeza y sufrimiento
que por alguna razón me causaba gran deleite. La identificación
con el personaje me separaba de mi identidad real, pero al darme
una imaginaria me dejaba ver la verdadera naturaleza de mi sensación
de estar solo en el mundo. A través de esa identificación
yo me vengaba de mi entorno. Recuerdo con claridad estas vivencias,
que a muchos tal vez les parezcan posteriormente elaboradas, y
sé con certeza que son y fueron ciertas. Quizá con
los años aprendí a desmenuzarlas, pero la vivencia
estaba y está ahí, como un dardo alojado en mi cuerpo
y poco a poco asimilado. Tom y Huck, quiero decirlo, son y han
sido los personajes más importantes de mi vida. Su inteligencia
rapaz, su desprolijo garbo, su alegría vital; los puedo
visualizar: Tom con una camiseta a rayas rojas y Huck una camisa
cuadriculada como de granjero; ambos descalzos, con los pies llenos
de barro, como la boca y las manos. Me es difícil imaginar
felicidad más plena, sobre todo por la nobleza de ambos,
tan ajena a la pompa, y porque era en la amistad donde ésta
crecía. No hace mucho alguien me preguntó cuál
había sido el libro más importante de mi vida; sin
vacilar contesté que Tom Sawyer. Es mi modelo a seguir,
agregué en el acto.
Una
de las vivencias constantes de mis lecturas desde niño
ha sido la multiplicidad de escenarios en donde ésta acontece.
Por lo menos son tres: uno, hacia adelante, que sigue la trama
y trata de averiguar el desenlace pronto, con ansia casi ciega.
Pero hay otro en el que miro de reojo las emociones que la lectura
me provoca. En el tercero están las imágenes que
se van formando por la lectura: un niño con un atado a
la espalda y un perro (Sin familia), las callejuelas de Londres
(Príncipe y mendigo), un niño astroso con el pantalón
rabón y sombrero de paja (Tom Sawyer ), etcétera.
Generalmente, con el paso del tiempo no retengo casi ninguna de
las tramas que con tanto ahínco buscaba desentrañar.
En cambio, recuerdo con gran claridad imágenes que se formaron
en mi mente al leer. Por eso no deja de asombrarme mi escasa afición
por los libros de imágenes, pese a estar muy ligado a la
pintura y haberme dedicado a ella.
En la
biblioteca que frecuentaba había varias colecciones y algunos
títulos se repetían en las diferentes colecciones.
Una de ellas tenía una parte de cómics. Ésa
era la que menos me gustaba. Me parecía (y aún hoy
me parece) una grosería (aunque ahora tal vez la comprenda).
Había otros que tenían fuertes dosis de dibujos
y poco texto. Yo siempre prefería las de mucho texto y
pocas imágenes.
Las ilustraciones
pocas veces me parecían del mismo valor que las palabras
y creo que incluso ni siquiera las relacionaba. No me recuerdo
observándolas. El Sandokan que navegaba por mi mente era
más vigoroso que el de las viñetas. El único
gozo que éstas me brindaban era un descanso, un premio
y un hito en la lectura. Era una forma de medir mi esfuerzo y,
como premio, una manera más rápida de pasar páginas.
Ya padecía la eterna disyuntiva que sufrimos todos los
lectores: querer acabar rápido el libro y desear que nunca
se termine. Quería devorar los libros, aunque sabía
que no había mayor deleite que quedarme en ellos. Quizá
por eso me hice aficionado a las series: las primeras, más
que de personajes o autores, fueron colecciones. La sección
de libros infantiles en el deportivo estaba clasificada por colecciones.
Todos los sábados yo repasaba los estantes y agotaba las
colecciones. Después las series se organizaron por personajes:
primero Tom Sawyer y Huck, después vino Salgari y su portentosa
saga... Habré leído 12 o 14 libros gruesos cuyas
tramas, nuevamente, se borran de mi memoria. Después entraron
los autores; vino el ciclo de Verne (que pasó sin pena
ni gloria) y miniciclos de parejas de libros. Traven fue el primer
autor al que leí con ganas de agotarlo, animado quizá
por algún comentario sobre la enigmática vida de
su autor. Leí Puente en la selva con un azoro que hace
un par de años, cuando lo publiqué, todavía
me pareció revivir. Leí Macario, Canasta de cuentos,
La rebelión de los colgados y otros que no recuerdo haber
acabado.
En quinto
año compré por primera vez un libro con mi dinero.
Era el Diario del Che en Bolivia. Lo compré porque en un
estante de Aurrerá leí un fragmento que decía
algo así como "13 de febrero: día de pedos,
vómito y diarrea". Había visto las fotos del
cadáver de Guevara en Excélsior. Me pareció
que era importante leer su diario. Ya para ese entonces leía
el periódico casi todos los días. Supongo que era
(como es aún hoy) un poco para perder el tiempo, para participar
de una situación y para sentirme un poco más importante.
En sexto año leí Summerhill y quise ir a Inglaterra.
Había decidido dejar atrás la infancia (que poco
me había dado), y la escalera de los libros me ofrecía
una buena forma de crecer y hacerme respetar. En esa época
frecuentaba la biblioteca de la escuela y sacaba muchos libros
que no terminaba de leer. Me gustaba que la bibliotecaria me dijera
que eran para adultos; y yo le contestaba que no importaba: leer
se había convertido en una fuente de prestigio social,
aunque seguía siendo fuente de placer y múltiples
emociones. En esa época, la lectura recreativa era una
actividad de los sábados en la mañana; no recuerdo
lecturas nocturnas ni vespertinas. Recuerdo con especial claridad
la lectura de Los miserables durante muchos sábados. Me
la había recomendado mi guía en el Hashomer. Él
nos relataba un capítulo por se-mana. A veces yo iba delante
de él en mis lecturas, otras me rezagaba, pero nunca un
placer anuló al otro.
Supongo
que aquí empezó el placer que más claramente
definió mis lecturas de adolescencia (y que considero aún
hoy uno de los fundamentales pese a ser poco frecuente): compartirlas.
Los amigos comenzaban a ser fuentes de recomendación, había
que leer para participar en las pláticas, que siempre me
parecían misteriosas pues yo seguía leyendo más
por tener otra vida, que por aprender algo para ésta. Recuerdo
con claridad la lectura de Las noches blancas de Dostoyevsky durante
un viaje a Centroamérica que hice con unos amigos. El libro
era bastante corto y después de varios viajes en autobús
ya varios lo habían leído. Cuando yo concluí
la lectura, un amigo me preguntó si estaba de acuerdo con
lo que decía el libro. La novela era una defensa de la
tesis que se explicitaba en el párrafo que acababa de leer.
Pero hasta ese momento yo no había asimilado que de los
libros había que sacar conclusiones. Vivía lo que
el autor me obligaba a vivir, me borraba a mí mismo con
la intensidad del relato. Con eso bastaba. Recuerdo la desilusión
que me provocó tener que distanciarme de la vivencia para
argumentar. Aún hoy, que he aprendido a generar lecturas,
me parece que ha-cerlo es un esfuerzo, una invención. Mi
deseo es perderme en ellas, olvidarme; aunque lo repruebe, aunque
haya deseos pa-ralelos, ése es el más intenso.
En la
preparatoria aparecieron tres cosas fundamentales que complejizaron
y ampliaron notoriamente mi relación con los libros. Leí
los primeros libros de ensayos, que eran forzosamente libros para
distanciarse y pensar, pero sobre todo para discutir: la realidad
empezaba a ser un engaño que había que descubrir.
Pero no dejaba de ser un misterio a celebrar: los primeros amores
surgieron junto con mi afición por la poesía. Leí
hasta agotar la colección de Joaquín Mortiz. La
leía en el jardín de la biblioteca, en los pasillos
de la escuela, en los camiones y en la casa. Muchas veces en voz
alta. Al revés de lo que me pasaba con la narrativa, aquí
el placer era volver, jamás avanzar. De hecho, aún
hoy rara vez leo un libro de poesía de principio a fin.
Abro una página, abro otra. Vuelvo al poema que leí
20 veces. Las lecturas de poesía de aquella época
(como la música que escuché y la pintura que vi)
marcaron mis gustos. Puedo volver a leer los poemas y encontrarles
nuevo sentido o seguir sin encontrarles alguno, pero no dejan
de atraerme. Ahí está el centro de mis vivencias
más profundas, la sensación de que el tiempo es
un engaño, la dificultad de avanzar en el eje sintagmático,
como diría Jacobson. También en esa época
apareció el bicho de la escritura, que siempre había
tenido, pero que aquí empezó a socializarse. Asistí
al taller de poesía de Alejandro Aura en la Casa del Lago.
Escribía y leía para que me criticaran. Leía
a los compañeros. Leía para ampliar mi escritura.
Leía y escribir era una ampliación de la lectura.
Quizá hubiera preferido que la relación entre leer
y escribir no fuera tan inmediata. Me hubiera gustado leer simplemente
por el placer de hacerlo, de recordar y conversar. Pero desde
que empecé a escribir con alguna seriedad, ese placer no
me fue ya concedido y apareció un cuarto escenario: el
texto paralelo, el gusanito que despierta y quiere tejer su propia
red. Para ser justo, debo decir que también cuando escribo
muchas veces quiero levantarme a leer. En ese ir y venir de la
escritura a la lectura y viceversa, ambas actividades se han transformado,
han perdido un encanto y han ganado otros. Han perdido el de la
ingenuidad y la inocencia; han ganado el de una comprensión
más profunda de sus leyes secretas. Quizá a partir
de esto se ha hecho menos compulsiva mi relación con ambas
y con los objetos en que ambas parecían centrarse: los
libros. Hoy, leer y escribir me parecen dos formas del pensamiento,
de la comunicación, de estar en el mundo. Me interesa más
la relación de ellas con ese estar y, más que el
objeto libro, el sujeto que lee. Tal vez porque me he dado cuenta
de que con ellos se pueden ocultar muchas ruindades, por la inutilidad
de acumularlos (aunque me siga gustando comprarlos y poseerlos),
de la banalidad de leerlos sin hacer una lectura propia. También
he comprendido con mayor claridad la profundidad de la lectura,
esta actividad que tantos suelen conceptuar como un no hacer nada
o como meramente pasiva. Sé que es una relación
muy íntima, por esto sé que tiene límites:
no se puede leer todo. He intentado muchas veces leer Aurelia
de Nerval (un librito de 50 páginas) y no he logrado avanzar
más allá de la página 10. No se puede leer
siempre y a veces es difícil hacerlo.
Al principio
de este texto hablé de los libros como promesas, como puertas,
como cofres. No hablé de los libros como invitación
al viaje, como viaje en sí mismos. Cuando a los 19 años
dejé México con una mochila con dos mudas y veinte
kilos de libros, supe que esa invitación podía incidir
en la realidad. Viajé a Europa por haber leído a
Nietzsche, a Cortázar, a Breton. Al llegar a París,
la ciudad me pareció conocida. Había llegado antes
con los libros. Pero nunca se cumplió lo que esperaba al
leerlos. De hecho, pocas veces las promesas se han cumplido, las
puertas se han traspasado o el cofre me ha permitido llegar al
verdadero tesoro. Y cuando lo he logrado, la completud ha sido
efímera.
La dimensión
que abren los libros es la de la incompletud y la promesa de calmarla.
La trampa que nos ponen es que sólo se puede colmar con
su propia materia; lenguaje. ¿Por qué sigo tan atado
a ellos si sé que son una trampa? Tal vez porque con ellos
y por ellos he entendido algo inherente a nuestra condición:
que nuestra única patria es volátil y esquiva, que
la única forma de arraigar en ella es mantener y alentar
sus movimientos, desintegrarnos, como el polvo. No ser de nadie,
no tener sentido y no poder dejar de producirlo.
Daniel Goldin, "Los textos y
los días", Fractal
n°11, octubre-diciembre,
1998, año 3, volumen III, pp. 155-163.