Conocí a Germán hace 23 años, en el taller de cuento de Edgardo Zimmer, el escritor uruguayo que pagó su militancia en la Cuarta Internacional con arrestos y cárceles en tres países, y llegó a México con suficientes tragedias a cuestas para que nosotros fuéramos, si no un alivio, al menos un problema llevadero. Leía nuestros manuscritos como si contuvieran una verdad honda que por el momento nadie podía descifrar. Enemigo de las cordialidades inútiles, nos criticaba con una severidad forjada en los años duros de su militancia y que nunca ofendió a nadie: Zimmer nos tomaba tan en serio que sus demoliciones eran una forma de la generosidad; había algo estimulante y aterrador en que nuestras historias importaran. Naturalmente, muchos descubrieron que ningún acto podía ser tan responsable como el silencio y dejaron el campo libre a los incautos. En aquellos tiempos (1975-1979) yo estaba al servicio del Hombre Nuevo y escribía para que los mineros entendieran su misión histórica. Por sus experiencias en comités de base y mazmorras de América latina, Zimmer parecía un aliado natural de mis engendros, pero respetaba demasiado a la literatura para confundirla con los panfletos que por entonces se imprimían en mimeógrafo y se despintaban en las manos de los pasajeros de trolebús.
Un miércoles de casa llena (Katia estaba ahí), Zimmer demostró que mi relato en turno era un desastre. Alguien había propuesto un brindis antes del taller y el maestro habló con labios teñidos por un vino barato. Nunca olvidaré esa boca terriblemente morada. Quizá el vino contribuyó a la lucidez de Zimmer, lo cierto es que me hizo morder mi vaso de plástico y concentrarme en su olor ácido para evadir mi caída ante los brillantes ojos de Katia.
A los 17 años, tomaba el taller como una arena de competencia. Había invertido demasiada pasión en los deportes y desconfiaba de las actividades sin campeones. Unas semanas antes de leer aquel cuento, había sufrido mi mayor derrota deportiva.
Estuve
en la preselección de gimnasia olímpica y el entrenador,
Nobuyuki Kamata, me dijo estas inolvidables palabras: "tú
no nada". Mis manos cubiertas de talco no volverían
a hacer el Cristo en las argollas. Traté de consolarme
pensando que servía de poco representar a un país
que de cualquier forma no gana medallas e imaginé las fracturas
que seguramente habría sufrido. En vano: el rechazo del
entrenador japonés fue demoledor. Yo vivía en el
Olivar de los Padres y lloré desde el CDOM hasta la casa,
lo cual es mucho llorar si se considera que salí de la
ciudadela olímpica en un camión que paraba en cada
esquina.
Todo esto para decir que entré al taller de Edgardo Zimmer
como a una liga deportiva; las críticas me dolieron tanto
como el desprecio sin gramática de Nobuyuki Kamata.
Nos
reuníamos en la Universidad, en el piso 10 de Rectoría,
y aquella tarde de mal vino no soporté la perspectiva de
compartir un elevador tan largo con quienes habían detallado
mis defectos. Cuando creí que todos se habían ido,
me acerqué al vestíbulo de los elevadores y oí
este diálogo:
¿No
fui demasiado duro con él? preguntó Zimmer.
Para nada pronunció la cruel y deliciosa
voz de Katia.
Tomé las escaleras. En la planta baja, Germán
Villanueva esperaba a los rezagados del elevador. Su ruana chilena
olía a hierbas raras.
No te azotes me dijo, tienes madera.
Su apoyo
fue peor que el ninguneo de Katia. Caminé por los prados
nocturnos de la Universidad, esperando que alguien comprensivo
me asesinara.
Al otro
extremo del campus, vi un tubo atravesado entre dos postes, a
una altura ideal para hacer gimnasia. Germán me comprendía
y Katia me ignoraba, pero yo podía girar en un tubo, a
veces con una mano, a veces con la otra. Me consolé con
una actividad de la que había sido eliminado, algo tan
absurdo como eficaz; hice un aterrizaje perfecto en la banqueta
y descubrí que aún llevaba el relato en mi morral;
corté mi nombre con el pulgar y el índice y lo tiré
en un tambo que olía a desechos médicos.
Ésta
debería ser la historia de una admiración, el testimonio
de cómo otro escritor salió de la bruma,
pero aún me cuesta hacer las paces con Germán Villanueva.
Me había propuesto narrar los hechos como un testigo distanciado,
pero no encuentro la forma de renunciar a mis prejuicios. La envidia
ha sido la más fiel consejera en mi trato con Germán,
lo concedo de inmediato, aunque mis motivos para detestarlo no
son del todo infundados; es ruin decirlo ahora que conozco sus
infiernos, pero no escribo para posar de buena persona. "La
sinceridad es la primera obligación de quienes no están
seguros de su talento", me dijo Edgardo Zimmer hace 23 años
justos. Ya es hora de que le haga caso.
En comparación
con Germán Villanueva, yo era tan elocuente como Nobuyuki
Kamata. Zimmer dosificaba los elogios a sus relatos, como si temiese
que el joven prodigio pudiera quedar ciego ante su propia luz
o que un taller de admiradores le resultara inútil y nos
privara de atestiguar sus progresivos hallazgos.
Katia
no cayó en la vulgaridad de enamorarse del mejor de nosotros
porque se acostó con el maestro antes de que los demás
tuvieran un destino, y porque su imaginativa capacidad de sobreponerse
a la evidencia le permitía creer que nadie escribía
como ella. Yo la amaba con tenaz masoquismo. Le regalé
mi ejemplar de Rayuela, olvidando que lo había subrayado.
Me lo devolvió con este comentario: "Si tuviera que
juzgar a Cortázar por tu lectura, sería un imbécil".
Me masturbaba pensando en ella, pero ni siquiera en esa intimidad
triste y virtual logré verla desnuda. Sus botones dominaban
mi inconsciente.
Cada
vez que Germán leía un texto, Katia lo escuchaba
sin abrir los ojos. No lo quería ni lo envidiaba, pero
sólo a él le otorgaba el respeto de sus ojos cerrados.
Cuando
la Facultad de Química organizó un concurso de cuento
sobre los elementos de la tabla periódica, Germán
ganó con una historia sobre el cloro. Que eligiera un elemento
tan impopular, fue un triunfo adicional. Yo obtuve una humillante
quinta mención (me pareció muy descarado escoger
el oro y escribí sobre la plata).
Germán
era dueño de una intuición certera, pero se extraviaba
en frases gaseosas cuando debía criticar a los demás.
Mis cuentos le inspiraron vaguedades casi agrícolas: "le
falta carne", "como que no respira", "no siento
la sangre". Yo tenía madera pero él no sentía
la sangre.
Después
de cuatro años de deslumbrarnos con nuestras carencias,
Edgardo Zimmer se fue a dar clases a Berkeley. Hubo una reunión
de despedida en la que bebí demasiado ron y besé
a la chilena equivocada. Ante cada rechazo de Katia, me atrevía
a buscar a una de las hermosas exiliadas que también me
rechazaban, pero con acento más dulce. En la fiesta de
Zimmer, Katia empezaba a ser la gran dama impositiva y gorda que
ahora preside la literatura nacional, pero volví a cortejarla.
No recuerdo las circunstancias precisas del asunto; nuestro grupo
se iba a disolver y yo estaba ante una opción de Último
Asalto; actué con tal ímpetu que resultó
natural que ella me diera un puntapié con su bota ucraniana.
Horas
más tarde, me sobaba el tobillo en un sofá, bebía
ron en un tarro de cerveza y estaba harto de acariciar el áspero
sarape que cubría los brazos del sillón. En algún
momento besé a María, una mujer que no sabía
si me gustaba o no. Y tardé mucho en saberlo porque me
casé con ella, no fui feliz ni desgraciado, y hubiera seguido
en esa planicie emocional de no ser porque su prima se metió
en mi cama una tarde en que leía La muerte de Virgilio
y María nos descubrió cuando ya resultaba imposible
citar a Hermann Broch. Nos divorciamos y acabé en un cuarto
de azotea, rodeado de cajas inservibles. María me permitió
conservar todos los discos de acetato (ya se habían inventado
los compactos).
Entre
la despedida de Edgardo Zimmer y el fin de mi matrimonio, sólo
vi a Germán en una ocasión. Me invitó a tomar
un café y a participar en una nueva revista, Astrolabio,
a la que cada colaborador debía aportar 500 pesos. Yo era
redactor del boletín interno del metro y andaba mal de
dinero; pero me tentó la idea de pagar por ser publicado,
sobre todo porque no tenía ningún cuento disponible.
Nos
vimos en una cafetería en una terraza. Él llevaba
una bolsa de plástico llena de monedas para darle limosna
a los mendigos que cada cinco minutos se acercaban a la mesa.
Además de este desplante de caridad, me impresionó
lo mucho que había adelgazado. De pronto sopló el
viento y pensé que se llevaría el pelo de Germán;
aquellas hebras endebles eran un símbolo de su condición
física.
Hizo
una larga exposición de lo que debía ser Astrolabio,
"un foro plural, ajeno a las mafias y los vicios de otras
generaciones", y me interrogó con minucia sobre mi
trabajo. Después de pagar la cuenta, abrió un portafolios
de tela y sacó su primer libro de relatos. En la dedicatoria
me llamó "condiscípulo". La palabra tenía
un aire ofensivo; él ya había publicado y la crítica
lo elogiaba (incluyendo a Simón Parra, el Tenebroso);
el tiempo de aprendizaje era un feliz pasado para él y
un presente necesario para mí.
Mi recuerdo
es injusto, lo reconozco. El encuentro con Germán me entusiasmó
lo suficiente para escribir un relato en dos días y ahora
lo cargo de amargura retrospectiva. Astrolabio rechazó
mi texto. "¡Pero si hay que pagar por publicar!",
protesté. "Es un asunto de calidad, no de dinero",
dijo Germán, y me citó en otra cafetería
para hablar con insoportable franqueza:
Uno
no escoge a sus amigos por su prosa; tú y yo somos cuates
pero a tu cuento le falta garra.
Ignoro
a qué llamaba "amistad". Llevábamos años
sin vernos y sólo me había buscado por mi prosa.
Encendí un cigarro y le eché el humo en la cara.
Él conservó su tono desagradable, como si la gentileza
y la objetividad sirvieran de algo; propuso que le entregara otro
cuento. Me juré no colaborar en la revista, pero mi dignidad
no pudo medir su fuerza: Astrolabio no llegó al
segundo número.
Pasaron
los años y sólo supe de Germán por los periódicos:
siempre notorio, siempre ascendente, siempre modesto. Simón
Parra fue un cruzado de sus primeros libros, pero cuando advirtió
que sus opiniones coincidían con las de sus rivales, se
sirvió de su incuestionable inteligencia para denostar
a su antiguo protegido. Este desprecio a destiempo benefició
a Germán, que corría el riesgo de encontrar un respeto
demasiado unánime para un autor de ruptura.
A fines
de los ochenta escribió una memoria de su generación.
Me mencionó como un raro "en el sentido de
Rubén Darío". La verdad sea dicha, mis cuentos
carecían de extravagancia. Eran escasos, convencionales
y poco leídos. Que Germán se hiciera el generoso
con una falsa definición de mi fracaso resultaba insultante.
Pero no podía echarle en cara un gesto amable. ¡Hubiera
sido tan fácil odiar su altanería!
Cuando
me lo encontré a la salida de un cine, del brazo de su
esposa, sentí un convincente puñal en el pecho:
le di las gracias. Germán me abrazó con efusividad,
me presentó a Laura, propuso que tomáramos algo.
Yo había ido solo al cine y esto acentuaba mi desventaja;
no salíamos de una retrospectiva de Rohmer a la que los
conocedores van solos por tercera vez, sino de una de esas megaproducciones
que sirven para juntar a la gente. Entonces Laura preguntó:
¿Es
el raro?
Acepté
la invitación sólo por ganas de lucir normal.
Fuimos
a uno de esos sitios horrendos que siempre quedan a mano en la
ciudad de México, una taquería con paredes y columnas
tapizadas de jarritos de barro. Sólo quedaba un hueco en
la pared del fondo, donde gente más o menos famosa había
estampado sus firmas.
Laura
debía tener unos treinta y cinco años. Su rostro
conservaba una belleza algo marchita y parecía marcado
por incontables preocupaciones. Se pasaba las manos por el pelo
como si no tuviera otra forma de controlarlas. Había leído
cada línea de Germán y lo admiraba sin reservas,
pero no era la clásica insulsa que se rinde ante las necedades
de su marido; se refirió a Noche en blanco con argumentos
sagaces. Coincidí con ella en secreto. La nueva novela
de Germán me había parecido estupenda pero no iba
a elogiar a quien me rechazó en Astrolabio.
Una
vez más me llamó la atención el pelo de mi
colega; sobre todo, me llamó la atención que siguiera
en su sitio; había algo antinatural en que esos mechones
resistieran. Recordé un comentario de Edgardo Zimmer ante
una foto de Samuel Beckett: "Hasta el pelo le crece con originalidad".
También Germán proclamaba su diferencia en la cabeza;
su pelo mostraba una férrea debilidad. Me concentré
en su rostro, surcado de arrugas prematuras. Un vaquero anémico
y nervioso, desgastado por intemperies emocionales.
Hasta
entonces no le había descubierto una faceta vulnerable.
Los compañeros de taller son los infinitos borradores que
nos han leído y las críticas no siempre justas que
nos han dicho. Los textos de Germán describían un
temperamento, pero nunca lo asocié con sus personajes devastados.
Mi admiración operaba en su contra; no podía distinguir
las dosis de dolor y trabajo que hacían posibles sus historias.
Comió
con raro apetito y se detuvo de repente:
Qué
pendejo, me mordí.
Una
gota de sangre se le formó en la comisura de la boca. Segundos
después, un hilo rojo le bajaba a la barbilla y goteaba
en su plato. Germán tomó un puñado de servilletas
de papel y fue al baño. Laura encendió un cigarro.
Habló con una calma artificial de la salud de su marido,
como si no buscara otra cosa que tranquilizarse a sí misma:
Germán tenía problemas de coagulación, nada
muy grave, por supuesto, pero se negaba a seguir tratamientos,
había que verlo ahora, estropeando la reunión con
un amigo al que deseaba ver desde hacía tanto tiempo.
No
sé qué va a pasar cuando se deje ir Laura
expulsó el humo por la nariz. Toda su vida ha luchado
para controlarse. Está enfermo de perfección. Con
decirte que nació con el dedo chiquito del pie enroscado
como un camarón y a los catorce años empezó
a hacer ejercicios para enderezarlo. ¿A quién le
importa tener un dedo chueco en el zapato? Supongo que sólo
a Germán. Es tan aferrado que logró enderezarlo
Laura hizo una pausa. Sus ojos se llenaron de lágrimas
y de recuerdos que hubiera dado cualquier cosa por conocer:
es tan obsesivo para escribir que no se ocupa de nada más,
como si todavía siguiera corrigiendo ese dedo que nadie
ve. Estoy segura de que su cuerpo sólo le importó
esa vez, porque ponía a prueba su voluntad. Desde entonces
ha descuidado todo lo demás.
Entrábamos
a una zona que tocaba a Laura, imaginé la fervorosa soledad
que significaba vivir al lado de Germán. Ella guardó
silencio, viendo las firmas en la pared del fondo. Luego me dijo:
¿Por
qué no vas a verlo?
Me incorporé
pero Germán ya volvía del baño; se había
mojado la cabeza y su pelo parecía un trasplante exiguo.
Por lo demás, lucía recompuesto. Pidió otra
cerveza, habló con entusiasmo de la pésima nueva
novela de Katia, que acababa de recibir un premio tan gordo como
ella, y quiso que le contara de "mis cosas". Sólo
por desviar la conversación pregunté si tenían
hijos. Germán negó con excesiva prontitud, como
si temiera una queja por parte de Laura.
No me
extrañó enterarme, un par de años después,
que se habían separado. Desde aquella cena la mente de
Germán estaba en otro sitio, la mano de Laura duraba muy
poco en la suya, sus miradas apenas se cruzaban, ella empezaba
a sobrarle y él a seguir una estrella que arruinaría
su vida.
Una
noche de diciembre recibí una llamada de Katia. Temí
que quisiera invitarme a una de sus posadas literarias (administra
una Casa de la Cultura que justifica su presupuesto con un maratón
anual de "narraciones orales" y ollas de ponche), pero
me saludó con un entusiasmo digno de otra causa. La voz
de Katia es cada día más masculina y los fríos
de diciembre la habían dejado aún más ronca:
¿A
que no sabes qué?
Esperé
una mala noticia, pero no supe de quién.
Me
doy fue mi parca respuesta.
Germán
está en una clínica. Ya sabes que es un drogadicto
perdido. Se metió un pasón de heroína.
Yo no
sabía nada y jamás había visto una jeringa
con heroína. Katia no perdió la oportunidad de lucirse:
Sí,
ya sé que has viajado poco, pero Germán fue profesor
visitante en Brown y escritor en residencia en una bodega de
artistas de Amsterdam. Siempre le entró a tocho morocho,
pero el caballo pudo más que él Katia
presumió su familiaridad con las drogas fuertes; luego
tosió, regresando a su realidad de gripe y cigarros Del
Prado.
Conté
la escena en la taquería.
Parece
que tiene algo en la sangre, ¿crees que será sida?
preguntó
Katia en tono esperanzado, con razón sus últimas
cosas me parecieron tan herméticas. ¿Te digo algo?
Germán siempre te tuvo envidia. Tú eres congruente,
nunca has hecho concesiones, casi no publicas.
Gracias
a Katia, sentí una intensa compasión por Germán.
La vida había durado demasiado para nosotros. Pensar que
veinte años atrás hubiera hecho cualquier cosa por
dormir junto al pelo dorado de Katia.
Inventé
que sonaba el interfón de mi edificio para colgar el teléfono.
No quería que me explicara por qué soy tan "congruente".
Estábamos
en 1994; dos años antes, había sido uno de los numerosos
beneficiados por la mala conciencia del quinto centenario de la
Conquista. La alcaldía de Valladolid me concedió
un premio por mi primer libro publicado en diez años. Esta
módica recompensa al cabo de una década de silencio
me había otorgado fama de selecto. No he viajado lo suficiente
para saber si otros países comparten este elogio mexicano:
"Es tan bueno que ya no escribe". Mi parquedad era una
buena carta de presentación en un medio donde la renuncia
no es un signo de impotencia sino una virtud dolorosa, un encomiable
sacrificio del talento. Para Katia, yo representaba al narrador
agradablemente ilocalizable, que no genera expectativas ni compite
con los demás.
Decidí
visitar a Germán pero estaba en una clínica suiza.
Sus editores europeos pagaban los gastos. Incluso en su caída
tenía algo grandioso. Lo imaginé envuelto en frazadas
en una terraza alpina, chupando un termómetro con sobrado
deleite, como si repasara un pasaje de La montaña mágica.
Germán
Villanueva salió de su viaje al inframundo con un legado
luminoso, Abstinencia. La crítica no vaciló
en compararlo con Michaux, Cocteau, Burroughs y Huxley. Vi una
foto suya en el Excélsior, más flaco que
nunca, apoyado a un bastón de fierro.
Con
ese bastón llegó a la cita que le di en mi oficina
y que he demorado tanto en contar. Desde siempre, Germán
es la sombra que preside mi teclado, el tic nervioso al que no
puedo sustraerme; supongo que si él contara el cuento ya
estaría atando nudos decisivos, pero yo aún debo
abrir un paréntesis. Desde hace cinco años dirijo
Barandal republicano, el tabloide bimestral que circula
en las ruinas del exilio español. Con más nostalgia
que precisión, recordamos nuestra inmensa deuda con la
España de México. El 14 de abril tenemos una comida
con guisos cada vez más simples (el patronato es octogenario)
y muy pronto nos reuniremos en los sedantes pabellones de la Beneficencia
Española. Obviamente ha sido mi mejor empleo. Disponemos
de un piso noble en los altos de Can Barceló, el restorán
que en miércoles de Copa Europea ostenta banderas blaugranas.
Estoy casado con Nuria Barceló, la nieta del exilio español
que cumplió las expectativas que deposité en las
hijas del exilio chileno. Tengo dos hijos que me impulsan a sacar
fotografías de la cartera a la menor provocación
y un suegro con la doble virtud de haber inventado mi trabajo
y no exigirme otra cosa que comer con él cada dos semanas
para probar el plato del día en su restorán y hablar
durante un puro de la cada vez más difusa realidad que
interesa a Barandal republicano.
Nuestra
línea editorial comprende boletines del Colegio Guernica
y la asociación Ejército del Ebro, notas de color
sobre paellas guisadas con motivos cívicos, la exhumación
de algún papel disperso de Cernuda o Prados, eternos ensayos
sobre Ortega y Gasset y una sección bastante autorizada
sobre los nuevos fichajes del Athletic, el Barça o La Real
Sociedad. Barandal republicano apenas se deja perturbar
por la vida mexicana y circula con una discreción próxima
al secreto. De vez en cuando debo oír a los miembros duros
del patronato que exigen críticas al Rey Juan Carlos y
les prometo alguna caricatura que ridiculice a la monarquía
y recuerde que nuestro empeño es la república.
Aún
no he descrito lo mejor de mi trabajo: la Sala de Juntas. Una
antigualla con sillones de cuero vinoso, enorme mesa de caoba,
una foto de Lázaro Cárdenas, escupideras en los
rincones e inmensos ceniceros. Un vitral con el morado republicano
contribuye a mitigar las luces, de por sí débiles
e indirectas.
Ahí
recibí a Germán. Ya dije que llegó con bastón,
pero no sólo eso lo avejentaba; tenía una mirada
opaca, hacía ruidos molestos con la boca, al sonreír
mostraba unas encías blancuzcas. Me pareció imposible
que fuese la misma persona cuyas virtudes me había acostumbrado
a detestar. No quedaba la menor traza del Germán Villanueva
atento, obsequioso, dispuesto a fingir una igualdad de condiscípulos.
A los cuarenta y cinco años era el mejor escritor de mi
generación y estaba liquidado. Luchaba por armar una frase,
movía la lengua de un modo atroz. Sus libros le habían
cobrado un peaje de fuego. Recordé la frase de Laura, "no
sé qué va a pasar cuando se deje ir". ¿En
qué momento cruzó el límite y transformó
su búsqueda en una degradación? Curiosamente, no
sentí lástima por él ni admiré el
riesgo que había corrido. De un modo vil y filisteo, me
supe a salvo. Al verlo ahí, con labios vacilantes y uñas
largas y translúcidas, agradecí mis últimos
años, lejos de la tensión de escribir, protegido
por el trabajo en favor de un país inexistente y la tranquila
belleza de Nuria Barceló.
Estoy
mal dijo Germán.
Extrañamente,
no se refería a su aspecto. Necesitaba dinero. Su madre
había hecho una pésima inversión, sus editores
se cobraban con regalías los gastos médicos, Laura
se quedó con la casa que habían comprado.
¿Te
acuerdas de Astrolabio? le pregunté.
Su expresión
cambió por completo; adquirió un gesto grave, casi
solemne. Durante unos segundos pareció ponderar lo que
iba a decir.
¡Eso
fue hace veinte años! exclamó en tono gangoso
y volvió a caer en un estado circunspecto. Ya lo
había olvidado. Perdóname agregó,
con total indefensión.
Esa
mañana había leído una frase del Ejército
Zapatista después de liberar a un cacique: "nuestra
venganza es el perdón". Fui incapaz de citarla, no
porque me pareciera grandilocuente, sino porque no estaba seguro
de ponerla en práctica. Mi venganza fue pensarla.
Otra
virtud de mi empleo era que mi Brazo Derecho, Jordi Llorens, se
hacía cargo sin problemas ni fatiga de toda la producción
de Barandal republicano. No necesitábamos a nadie.
Luego pensé que si Germán corregía galeras,
Jordi podría concluir el atrasadísimo libro sobre
los niños de Morelia que ya nos había pagado el
dueño de una cervecería.
El novelista
de Noche en blanco empezó a visitar la oficina cada
dos o tres días (más de lo necesario), con una carpeta
de plástico en la que guardaba las galeras. Pasaba horas
en la Sala de Juntas, en compañía de los tres diccionarios
que necesitaba para comprobar la justicia de sus enmiendas. Bajo
una lámpara con pantalla de tela de gasa, leía artículos
indignos de su talento.
Los
novelistas suelen ser malos correctores de pruebas; leen el estilo
y no las letras insumisas, pero sobre todo, se sienten por encima
de esa tarea y la hacen con descuido. Supuse que Germán,
tan impaciente con mis textos en el taller de Edgardo Zimmer,
detestaría el trabajo. No fue así; leyó sin
comentar los textos y compró un horrendo bolígrafo
con tres tintas para perfeccionar sus anotaciones.
Al cabo
de dos meses, sentí que había pagado de sobra por
el cuento que me rechazó en Astrolabio. Convencí
a mi suegro de que le encargáramos una monografía
sobre el exilio español en México. Como se trataría
del enésimo estudio sobre el magisterio de José
Gaos y las cúpulas de Félix Candela, nadie advertiría
que tardaba años en producirse. Podíamos becar a
Germán hasta que encontrara el tiempo y el deseo de volver
a la escritura. Nuestras oficinas eran el sitio perfecto para
una investigación lentísima, casi fantasmal.
Germán
rechazó la oferta. Sus ojos se encendieron con un brillo
ofendido. Quería trabajo, no caridad.
Decidí
ver a su madre. Le pedí una cita mientras él corregía
galeras en la Sala de Juntas, frente al retrato de Lázaro
Cárdenas.
La casa
en San Miguel Chapultepec tenía una barda coronada de vidrios
rotos. Me abrió la puerta una sirvienta vestida de negro,
con delantal blanco. En el porche había cuatro sillones
de mimbre y un humeante servicio de té. La madre de Germán
me aguardaba ahí. Era una mujer delgada, de molesta elegancia.
Usaba guantes de piel y, algo que me pareció casi obsceno,
anillos sobre los guantes. Me tendió esa mano llena de
piedras engastadas en plata y oro y me agradeció lo que
había hecho por su hijo.
El porche
daba a un jardín extenso. Al fondo, un cobertizo con un
auto envuelto en tela cromada.
Germán
ya no maneja explicó su madre.
Las dificultades
económicas habían sido un pretexto para conseguir
trabajo. Hay pocas cosas más ridículas que ofrecerle
apoyo a una viuda enjoyada y no supe qué decir. Por suerte,
ella dominó la conversación. Germán había
mejorado mucho gracias al trabajo; después de meses de
no salir de su habitación, volvía a tener horarios
y a amarrarse los zapatos. Comprendí que Barandal republicano
le servía de terapia.
Volví
a apretar la mano enguantada, temiendo que encubriera una prótesis.
Aquellos dedos empezaban a explicar el infierno de Germán.
En las
siguientes dos o tres semanas apenas crucé palabra con
nuestro corrector de pruebas. Jordi estaba asombrado de lo bien
que trabajaba y eso era suficiente. Desde que entré a Barandal
republicano he tomado la precaución de no leer los
textos que publico.
Una
tarde en que no encontraba un cenicero en mi oficina, entré
a la Sala de Juntas. Germán tenía una bolsa de papel
estraza sobre la mesa y de cuando en cuando sacaba una perita
de anís que chupaba con la misma lentitud y concentración
que dedicaba a las galeras. Tardó mucho en advertir mi
presencia. Cuando finalmente se volvió, sus ojos vacilaron
detrás de sus lentes, como si tratara de reconocerme.
¿Te
interrumpo? pregunté. En cinco años nadie
había dicho esa frase en la oficina.
Esto
es genial señaló el texto que leía.
No respondió a mi pregunta. Una sonrisa oblicua le atravesó
la cara.
Unos
días después volví a invadir su territorio
(la espléndida Sala de Juntas se había convertido
en el coto de Germán). Me costó trabajo apartarlo
de la lectura; él se quitó los anteojos para nublar
el entorno de un modo protector.
Le pregunté
por su obra. ¿No se sentía desperdiciado en ese
trabajo?
Ya
no escribo respondió con voz tranquila. Si
quieres que me vaya, dímelo agregó sin el
menor aire de ofensa. De veras.
Para
nada, es solo que te admiro mucho... ahorro el resto de
las tonterías que dije.
Acepté
la presencia de ese corrector de lujo como el más extraño
giro de la fortuna hasta que Julia Moras vino a verme. Ya en otra
ocasión se había quejado de que el exilio español
fuera dominado por una mafia catalana, pero aún no conocía
su furia. Julia usa muchos crucifijos, no por catolicismo, sino
porque cree en las misas negras. Sus hermosos ojos eran tizones
que pedían un sacrificio. Resopló tres o cuatro
veces y me arrojó un ejemplar de Barandal republicano,
con un artículo muy subrayado (el de ella, naturalmente,
y el único que había leído).
Por
un falso pudor olvidé decir que la revista también
admite ensayos sobre cualquier cosa que nadie más publicaría.
El de Julia trataba de "La emoción pánica del
yo narrativo". Durante cinco años, yo había
aceptado sus vagas especulaciones con una cordialidad delatora.
El solidario Jordi justificaba mi actitud con tres razones: habíamos
sido, éramos o seríamos amantes.
Con
el rostro descompuesto por la ira Julia me pareció aún
más hermosa.
¡Lo
único que tengo es mi nombre! gritó.
¡Y tú lo has manchado!
Revisé
el artículo mientras ella se sonaba. Cada palabra subrayada
representaba un cambio de estilo; cada palabra en un circulito,
un cambio de sentido. Habíamos publicado otro texto, sin
consultarle nada. Cambiamos "de juventud ubérrima"
por "novedoso", "desapercibido" por "inadvertido",
"este manual puntual es emergente" por "este manual
detallado cumple funciones de emergencia". Total, un desastre.
Me sorprendió
que Germán adivinara un sentido oculto en el galimatías
de Julia, pero no me atreví a decirlo. Asumí el
desaguisado, prometí regañar al culpable, ofrecí
una carta de reparación en el siguiente número.
Tomé a Julia de la mano y ella sollozó en un tono
bajito. Le acaricié el pelo hasta que me tiñó
de rimmel la camisa.
Ese
mismo día recibí una llamada de una maestra del
Colegio Guernica:
Por
primera vez salieron sin erratas.
¿Leíste
el ensayo de Julia Moras?
Nunca
leo a esa subnormal.
Fui
a la Sala de Juntas y encontré a Germán en su imperturbable
corrección de galeras. Le transmití la felicitación
de la maestra; luego le conté de la visita de Julia.
¿Qué
edad tiene? preguntó.
Unos
treinta y dos.
¿Es
guapa? sonrió con sus encías blancuzcas.
Asentí
y abrió su carpeta con una fotocopia del ensayo de Julia
tachado en tres colores. Me enseñó cada una de sus
enmiendas. Llegó al extremo de corregirle una cita:
Hace
quedar a Unamuno como una bestia. Le encontré una mejor.
Estuve
de acuerdo en cada cambio de Germán pero tuve que decirle
que Barandal republicano ofrecía a sus colaboradores
el derecho de equivocarse. No podíamos convertir a Julia
Moras en Virginia Woolf.
¿Te
acuerdas del taller? me preguntó Germán.
Esto
es distinto. Aquí sólo recibimos versiones definitivas.
Haz de cuenta que estás en la morgue.
Recogió
sus papeles y salió sin despedirse. Pensé que no
volvería. Sin embargo, al día siguiente chupaba
una perita de anís ante un artículo que le torcía
la cara de gusto.
Julia
llamó por teléfono hacia el fin de la semana. Anticipé
una nueva reprimenda, pero me saludó con voz desconocida,
explicó que había estado muy nerviosa la tarde en
que fue a verme ("dejé de fumar y ando gruesa"),
recordó que siempre la había apoyado y, como no
queriendo, mencionó que había recibido muchas felicitaciones
por su ensayo. Procuro reproducir su entusiasmo:
¿Sabes
quién me habló? Simón Parra. Somos medio
amigos desde hace rato y como que me tira la onda, aunque no
mucho, la verdad; ya ves que dicen que es impotente o que se
viene demasiado pronto, algo así. ¿Fue Steiner
quien dijo que todo crítico es el eunuco de un autor?
Pero Simón no puede ser así, no que me conste
(sexualmente, digo); lo odian por independiente y por la envidia
que le tienen, ya ves que lo único bien repartido en
este rancho es la envidia, bueno, pues que me habla, ¡y
realmente había leído el ensayo! ¿No te
parece genial? ¡Simón Parra! Te quería dar
las gracias.
De inmediato
la invité a cenar.
Julia
estuvo radiante, instalada en una nube de orgullo infantil. Terminamos
en un motel rumbo a Toluca. En la madrugada, empezó a sollozar:
No
fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero no fui yo. Me
convertiste en otra.
Después
de conmoverme con una vanidad tan transparente, Julia cedía
a una ingrata lucidez.
Quiero
ser yo repitió y acallé su sed de identidad
con un beso hondo.
Dejamos
de vernos por un tiempo. Aquel encuentro en el motel se asemejó
a las misas negras que tanto le gustaban, una ceremonia irrepetible;
nos cargó de intensidad para volver a nuestras vidas separadas
y nos ayudó a pensar que Barandal republicano era
un sitio donde teníamos un pasado, algo confuso y destruido
que no deseábamos tocar, pero que valía la pena.
Amo
a Nuria con una constancia que no deja de sorprenderme, quizá
porque la encontré tarde, cuando la vida ya me había
habituado a demasiadas relaciones imperfectas. Después
del aquelarre con Laura, todo volvió al orden. Por quince
días.
Escuché
un toquido en la puerta de mi oficina y Germán entró
antes de que yo pudiera responder.
¿Quién
es Claudia Mancera? preguntó con enorme interés.
Una
ciega que le dicta a su sobrina.
Ah
el rostro de Germán se ensombreció; se quedó
pensativo unos segundos hasta que adivinó que yo mentía.
En el
siguiente ejemplar de Barandal republicano publicamos "El
próximo invierno en Madrid", un relato memorioso de
Claudia Mancera sobre su abuela, quien durante cuarenta años
tuvo las maletas listas para regresar a España. Germán
lo arregló lo suficiente para que ella llegara a verme
con el rostro deformado por la culpa:
Gracias
dijo, y lloró sin consuelo posible.
No soportaba
los elogios inmerecidos, pero tampoco quería renunciar
a ellos. Tuvieron que pasar tres semanas para que Claudia cada
vez más pálida y culpígena aceptara
mi sugerencia de tomar el sol y acompañarme a las jornadas
sobre Juan Ruiz de Alarcón en Taxco.
Con
un deleite que sólo puedo atribuir a quien sustituye una
adicción por otra, Germán Villanueva corregía
mujeres. Los textos de Julia y Claudia y Lola y Montserrat lo
impulsaban a hacer vertiginosos cambios con su excitado bolígrafo
de tres colores. Buscaba sinónimos, inventaba símiles,
adjetivaba con tensa puntería.
También
Lola y Montse llegaron a mi oficina en estado de doble alteración:
las versiones publicadas de sus textos las humillaban y les gustaban,
querían ser otras y las mismas, insultarme y darme las
gracias. De modo misterioso, yo disponía del picaporte
de su identidad y ellas deseaban un remedio ambiguo, una puerta
agradablemente mal cerrada. Yo estaba a una distancia ideal para
ofrecer una reparación por las agraviantes mejorías
de las que era parcialmente responsable y, sobre todo, para garantizar
que siguieran ocurriendo.
No evado
mi responsabilidad en el asunto. Fui un canalla. De poco sirve
decir que cuatro mujeres no son un abuso estadístico en
una publicación cuya nómina de colaboradoras rebasa
la centena. Sin las estratagemas de la corrección y el
consuelo nunca habría podido desvestirlas. Lo más
penoso es que, con excepción de Julia, a quien siempre
quise ver sin otra prenda que sus crucifijos de hojalata, ninguna
me gustaba gran cosa.
Decidí
cortar por lo sano pero una tarde Marta Arroiz se presentó
en mi oficina. Es una ensayista de tedio imposible y prosa correcta.
También a ella Germán le enmendó la plana.
Iba a decirle que tratara el asunto con Jordi cuando recordé
que me habían dicho que se operó los senos. Sentí
una curiosidad irresistible. Ella fue la quinta.
Germán
se había convertido en una sombra reactiva, sólo
podía escribir sobre un texto ya narrado. Yo era una sombra
de segunda potencia; sus correcciones torcían mi vida;
mis momentos de singularidad dependían de su ácido
e insoportable bolígrafo. En esta cadena de manipulaciones
yo era quien menos tenía que ver con la escritura. De un
modo sordo, empecé a envidiar a las colaboradoras. Durante
años de taller, Germán no me brindó otra
ayuda que decir que me faltaba aire o garra o sangre.
Llevaba
años sin escribir, pero conservaba el remoto manuscrito
de una novela. Tardé semanas en decidirme. Un jueves me
habló Julia Moras. Acababa de tomar un curso de comida
tailandesa y había preparado una maravilla superpicante.
Me costó trabajo rechazar su invitación. Colgué
el teléfono como un héroe de la voluntad. Me sentí
fatal y purificado. Acto seguido, fui a ver a Germán.
Le dije
que una de nuestras colaboradoras acababa de concluir su primera
novela. Era muy joven pero tenía madera.
¿No
le echas un vistazo?
Así
le entregué el manuscrito de La sombra larga. Me
lo devolvió 43 días después con el título
de La sombra inacabada. Lo leí de un tirón,
absorto ante ese prodigio primario y atroz: la novela que yo no
había podido concluir en décadas (y que contribuía
a mi fama de "riguroso") se había transformado
en un mes y medio en una obra singular. El final era otro, del
todo insospechado (al menos para mí). Lo más asombroso
fue que el corrector no puso nada de su estilo: La sombra inacabada
era inconfundiblemente "mía".
Había
fingido que la novela pertenecía a una colaboradora para
estimular los más recónditos rigores de Germán.
¿Qué podía hacer a continuación? Pensé
en adoptar un seudónimo femenino, pero supe que, si a la
novela le iba bien, no resistiría en el anonimato. Trato
de recuperar el discutible tren de mis ideas: consideré
que Germán estaba en deuda conmigo; en Barandal republicano
encontró la droga benéfica que lo mantenía
vivo; ¿acaso no tenía derecho a usufructuar el talento
de mi protegido? Además, el título arrojaba una
clave para el lector avisado: un cuerpo en busca de una sombra
ajena. No tardé en hallar ejemplos ilustres para mi causa:
¿qué hubiera sido de Eliot sin las enmiendas de
Pound?
Más
allá de mis trémulos pruritos, me preocupaba la
reacción del corrector. ¿Sería capaz de desenmascararme?
Durante
semanas no hice otra cosa que idolatrar "mi" manuscrito.
Una cansada noche de domingo, Nuria me rascó la coronilla
y dijo:
Te
estás quedando calvo.
Decidí
publicar la novela.
No hay
nada más repugnante que un autor hablando de sus triunfos.
Mi caso es distinto; sólo en parte me enorgullece que La
sombra inacabada se haya traducido a 11 idiomas. Además,
la repentina notoriedad de un cuarentón tiene sus bemoles:
"Al fin tuviste huevos de ser tú", fue el vejatorio
encomio de Katia.
Germán
Villanueva no hizo el menor comentario sobre los avatares de la
novela. Siguió corrigiendo con meticuloso escrúpulo
a la mayoría de los colaboradores y con mano exploratoria
a las mujeres de su elección. Me impuse como código
de honor no consolar a ninguna más allá de los kleenex.
A pesar
de las regalías y la ventas de los derechos para una película,
seguí al frente de Barandal republicano porque Nuria
y yo decidimos comprar una casa en Cuernavaca. Pasé mis
mejores dos años; nacieron los gemelos, viajé mucho,
nadé como un tritón en las frías aguas de
Cuernavaca. Un torero, con fama de culto porque se había
psicoanalizado, dijo que releería La sombra inacabada
hasta que yo escribiera otro libro. Nuria disfrutó mucho
este comentario, luego me vio con sus espléndidos ojos
negros que a veces se ponen demasiado serios:
¿Cuándo
terminas tu próximo libro?
Con
una inteligencia no exenta de piedad, Nuria había separado
su amor de la opinión que le merecía mi trabajo.
La sombra inacabada la cautivó a tal grado que se
atrevió a decirme lo que pensaba de mis libros anteriores.
Mandó construir un estudio en el jardín de Cuernavaca
y respetó las largas horas que yo pasaba ahí, dormitando
ante un video.
El comentario
de aquel torero lector y la pregunta de Nuria, marcaron un cambio
de clima. De golpe, estaba bajo la lluvia, y mi sombra me perseguía.
Quizá
lo mejor hubiera sido abandonarme a un silencio digno y misterioso,
rodear mi bloqueo de un halo trágico, despertar toda clase
de especulaciones sobre mi escritura postergada, convertirme poco
a poco en lo que la gente deseaba en secreto cuando me preguntaba
por mi nuevo libro, ser un desperdicio interesante, un caso,
un autor con el doble mérito de escribir una obra impar
y ser destruido por ella. Sólo los muertos o los genios
descalabrados, a los que nadie desea emular, suscitan admiración
irrestricta.
Pero
no me atreví a representar a un suicida emocional. La culpa
se convirtió en un veneno lento hasta el día en
que fui a casa de Germán. Por suerte, su madre estaba en
su hacienda de Zacatecas.
También
él me recibió en el porche, como si la casa no dispusiera
de otra zona visitable. Lo encontré más flaco que
nunca; el pelo delgadísimo ya era blanco en las sienes.
Encendí
un puro y hablé de los viejos tiempos, de lo mucho que
le debíamos en Barandal republicano, de novedades
editoriales que no le interesaban.
¿Qué
te pasa? me interrumpió de pronto.
No
puedo más confesé y la cara se me llenó
de lágrimas.
Desde
el lejano rechazo de mi entrenador japonés no me sentía
tan mal. Cuando al fin me contuve, Germán me miró
con fría atención. ¿Por qué cosas
habría pasado él? ¿Cómo logró
hundirse en sí mismo y salir a flote como si se desconociera?
¿De qué estaba hecho ese amigo siempre lejano que
conquistó sus visiones al precio de repudiarlas?
Germán
se mordió una uña larga con concentración
monomaniaca. Luego hizo un ruido extraño con la boca, como
si llamara a un perro o quisiera silbar. Algo cayó al fondo
del jardín, tal vez la rama de un árbol o una escoba
mal apoyada; ese ruido rasposo rompió el aire como si nos
delatara. Nada me pareció más absurdo que estar
ahí, al lado de ese enfermo que sonreía en diagonal.
Todo en mi trato con él había sido equívoco.
En el taller de Edgardo Zimmer entablé una inútil
competencia y fui incapaz de reconocer que la vida me situaba
en una inmejorable condición de testigo: estaba cerca de
los libros potenciales de Germán, de sus historias todavía
escondidas. Cuando el mejor de nosotros fue tratable, le dediqué
una rencorosa admiración. Ahora visitaba a un lunático
que sólo volvía en sí ante ciertas manipulaciones
del alfabeto.
Bebí
un largo trago de té. Luego de una pausa en la que Germán
pareció olvidar mi presencia, recordé que no había
ido a indagar su temperamento inasequible sino a solicitarle un
favor. ¿Podía corregirme un manuscrito? Esta vez
no quise aparentar que se trataba de la obra de una amiga. Necesitaba
su perdón y su ayuda. Germán me vio sin parpadear,
tomó el cenicero con los restos de mi puro y se dirigió
a una maceta:
Las
cenizas ayudan a las plantas.
No dijo
nada más. ¿Me hablaba como un gurú? ¿Su
genio cancelado era la ceniza y yo la planta?
Ayúdame,
Germán imploré.
Después
de un silencio, habló con voz casi inaudible.
No
quiero leerte. Eres mi borrador, ¿te parece poco?
Creí
no haber oído bien y pregunté como un imbécil:
¿Estás
escribiendo sobre mí?
Ya
sabes que no escribo, no así.
Fue una pendejada
traerte mi novela como si no fuera mía reconocí
al fin.
Me costó
trabajo entender la vacilante respuesta de Germán:
No
te preocupes, estaba en la trama.
¿Cuál
trama?
Sonrió
de un modo descolocado; la boca se le alargó varias veces,
como si obedeciera a diversos recuerdos. Sus manos débiles
me encuadraron, al modo de un director de cine:
Ésta
es la trama. Eres la trama.
Salí
de ahí como de una alucinación. Los únicos
contactos de Germán con la realidad eran el metro que tomaba
rumbo a Can Barceló y las galeras que leía con insólita
dedicación; sin embargo, en su casa me trató con
hermética superioridad. Destruido por la droga y la demencia,
se entregaba a una soberbia desmedida. ¿Cómo había
sido yo capaz de rechazar su época de plenitud y convivir
con sus despojos?
Esa misma
semana le propuse a Jordi Llorens que buscáramos a un sustituto
para Germán, pero él me demostró que se había
vuelto irremplazable.
Durante
días evité la Sala de Juntas. No supe de Germán
hasta la tarde en que me visitó una desconocida. Sus ojos
verdes estaban irritados de tanto frotarlos. El corrector había
vuelto a hacer de las suyas. Por primera vez, la tristeza de una
colaboradora me dio rabia. ¿No se daba cuenta del privilegio
del que gozaba? Hubiera hecho lo que fuera por ponerme en su sitio.
Le tuve una envidia absoluta, de borrador a borrador. Fue entonces,
al asumirme como una de las infinitas versiones corregidas por
Germán, que entendí lo que dijo en el porche de
su casa.
Dejé
a la desconocida de los ojos verdes en compañía
de Jordi Llorens y decidí escribir este relato. Germán
me había dado un tema. Un escritor menor es narrado en
vida por otro de talento. El protagonista no advierte que su existencia
sigue un dictado ajeno, o lo advierte demasiado tarde.
Un incisivo
rumor de fondo recorre esta narración: "eres mi borrador".
Sé que se trata de una metáfora la borrosa
licencia poética de quien confunde el entorno con un texto,
pero la frase me molesta. Germán provocó buena parte
de la trama, pero no es mi autor sino mi único lector.
Estas cuartillas irán a dar a su espantosa carpeta de plástico.
Hace
un par de días me asomé al ambiente mortecino de
la Sala de Juntas. En un rincón, un rayo de luz dorada
caía sobre Germán y daba a su piel un tono recuperado.
Extrañamente, leía el periódico.
Cuando
escuchó mis pasos en las duelas, apartó las páginas
(creí reconocer la sección de cultura). Me vio con
una expresión de gusto que no dependía de mi llegada
sino de algo que había leído:
Los
escritores son cada vez más ridículos dijo.
No hizo
otro comentario. Cerró los ojos, disfrutando la tibia luz
que se filtraba por el vitral. Un ruido agudo llegó de
la calle. Germán se movió en su asiento, como si
padeciera un escalofrío. ¿Aún era capaz de
dejarse afectar por lo que ocurría allá afuera?
Vi la carpeta en la mesa de caoba, la meta final de mi relato.
Él abrió los ojos y se colocó la mano a modo
de visera:
¿Cómo
vas? me preguntó. ¿Avanzas?
Era
obvio a qué se refería.
Germán
espera que concluya la historia, como si deseara cerrar un ciclo
abierto hace más de veinte años. Desde los tiempos
de Edgardo Zimmer mis textos sólo le han provocado desinterés
y, en cierta forma, me sé protegido por su indiferencia.
¿Es posible que la confesión de mi estafa y de mi
trato con las mujeres afectadas por sus correcciones le provoque
otra respuesta?
No deja
de intrigarme la cruel inversión de nuestros destinos:
yo debería ser el relator de sus proezas, el albacea de
sus papeles dispersos, su intercesor ante el mundo, la sombra
que rindiera testimonio de su estatura; en cambio, es él
quien dispone de estas páginas y se convierte en mi custodio.
Es común que un escritor se condene por sus palabras; lo
es menos que se condene por la ayuda de otro. Germán aún
puede concederme la acerba justicia que me negó en el taller
de Edgardo Zimmer. ¿Le importo lo suficiente para desenmascarar
mi impostura?
Con
agraviada satisfacción, lo imagino chupando una perita
de anís; una sonrisa le cruza el rostro mientras me lee;
soy, al fin, su asunto de interés; el relato lo toca lo
suficiente para desear mi destrucción: decide publicarlo.
____________________
* Este relato forma parte del libro La casa pierde que
publicará próximamente editorial Alfaguara.
Juan Villoro, " Corrección",
Fractal
n°10, julio-septirmbre,
1998, año 3, volumen III, pp. 11-37.