A pesar
de que en la obra de Pitol pueden detectarse dos momentos narrativos,
con un intermedio o puente, el de Juegos florales, desde el principio nos sorprende el rigor de su prosa, un rigor ajeno a la tradición mexicana dominante y del que surgen las distintas tensiones. Tensiones todavía casi exclusivamente dramáticas y que más tarde se apoyarán en la farsa. Ahora el mundo cerrado es el mundo del propio Pitol si bien, cualidad que el admirará más tarde en Antonio Tabucchi, la autobiografía se proyecta hacia el exterior para adquirir una voz impersonal. Es decir, un mundo personal pero proyectado impersonalmente y en el que se desencadenan ya, como ocurrirá de forma acentuada más tarde, las fuerzas de la locura, el odio y la maldad. Estoy pensando muy especialmente en dos relatos magistrales, "Víctor Ferri cuenta un cuento" y "Los Ferri".
Otro rasgo notable ya en el primer Pitol es la especial concepción de los géneros. Relatos que reflexionan sobre el relato, conscientes de su naturaleza textual, y al mismo tiempo cuentos fieles a la realidad, y fieles asimismo a una tradición. En una literatura como la mexicana donde, a diferencia de lo que ocurre en España, el cuento ha gozado siempre de un enorme prestigio, Pitol ocupa un lugar privilegiado. Otra característica peculiar es el proceso de elaboración a que los somete. De libro en libro asistimos simultáneamente a la depuración y a la reincorporación, como si cada libro fuese una nueva propuesta que queda siempre abierta. Basta ver este proceso a través de tres ediciones: Infierno para todos, publicado por Seix Barral en 1971, durante los años barceloneses de Pitol; Asimetría, publicado en 1980 por la Universidad Nacional Autónoma de México, que podría considerarse como la recopilación provisional de todos sus relatos; y Nocturno de Bujara (Vals de Mefisto en la edición española), publicado en 1981, donde a dos textos conocidos añade dos nuevos: "El relato veneciano de Billie Upward" y "Nocturno de Bujara". "El relato veneciano de Billie Upward" es interesante por varias razones. Hay un autor omnisciente que parafrasea (es decir, interpreta) y comenta un cuento; un texto se apoya, pues, en otro texto. El relato de Billie Upward se titula Closeness and Fugue, exacta definición de la escritura de Pitol, lo que explica su carácter fragmentario y su aspiración a una unidad o armonía absolutas. La acción tiene lugar en Venecia, tan prodigiosamente reconstruida en "Todo está en todas las cosas" de El arte de la fuga (México, 1996).
El
narrador omnisciente nos dice que "hay algo de libro de viajes,
de novela, de ensayo literario. De la fusión o choque entre
esos géneros se desprende el pathos, continuamente interrumpido
y con reiteración diferido del relato", y entre las
influencias evidentes señala a autores muy cercanos al
propio Pitol: James, Borges, el Orlando de la Woolf.
Pero lo más extraordinario es que la nouvelle de
Billie reaparece íntegramente en Juegos florales, novela
cuyo centro es el proceso creador. El narrador trata de describir
una novela inspirada en la realidad, pero esta realidad se le
revela compleja y contradictoria, tan inaferrable como el personaje
en el que se inspira, Billie, bruja y pajarraco, crítica
implacable que lo castró como escritor. Es, pues, una relación
textual que subraya una de las obsesiones dominantes de Pitol
y que reaparece en El arte de la fuga: la relación
entre arte y vida, entre lo autobiográfico, la realidad
visible o aparente y lo sobrenatural. Hay frecuentes referencias
a las posibilidades del relato, posibilidades que se van modificando.
Los escenarios son, de nuevo, familiares al escritor: el ingenio
azucarero donde pasó sus vacaciones en la infancia, Xalapa,
Roma, Venecia o Londres, si bien "jamás podría
ser un escritor de viajes en el sentido clásico de la palabra".
La nostalgia,
el paso del tiempo, "una tristeza por la juventud perdida",
la brutal conciencia de la muerte, "la descomposición
de la materia orgánica y la putrefacción de la carne",
la memoria, la transformación, la desintegración
de la conciencia, el mal y la locura, la presencia de lo lineal
y lo onírico, la necesidad de depurar la prosa para alejarse
de una vida "tan malgastada, perdida, hueca y mentirosa,
como hueca y mentirosa era la retórica que asfixiaba a
la nación", la intertextualidad, el deseo de expresar
la realidad "en su simplicidad, en su pura extrañeza",
de abarcar todos los tiempos en un solo tiempo de modo que cuentos
y novelas se conviertan en "perfectas y estremecedoras parábolas
del Universo" son aspectos que conforman el tejido narrativo
de la escritura de Pitol. Sin embargo, lo brujeril no sólo
remite a lo sobrenatural sino también al carnaval, a la
farsa, a lo grotesco y a la aberración. Billie es capaz
de imitar el chillido de los pájaros y acaba por transformarse
en uno de ellos. Asimismo, hay "un deseo subterráneo
de sucumbir a lo abominable" y una clara presencia de elementos
goyescos, especialmente en el aquelarre, con "una mujer inmensa
con rostro de mandril" y otra muy flaca, "de mandíbulas
trabadas y boca muy arrugada": dos monstruos obscenos y procaces.
Sin
abandonar ninguna de las propuestas estéticas que han alimentado
hasta ahora a su obra, se insinúa ya el audaz y radical
cambio que se dará en el tríptico constituido por
El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida
conyugal, en el que se funden o confunden la gracia y la abyección.
Ante la reproducción de un cuadro de Cranach, el narrador
observa cómo "si cubres a la vieja con la mano, el
rostro de su joven acompañante se transforma. Puede ser
un místico, un iluminado, un inocente en el
sentido puro de la palabra [...] Sería interesante fotografiar
parejas, aislar luego los rostros y ver qué queda de ellos,
en qué se transforma su expresión".
En la
escritura más feliz de Pitol se da, pues, el paralelo,
la simultaneidad,
el antes y el después, la superposición y la transformación.
Si no fuésemos testigos de este proceso, la escritura se
limitaría a ser sublime, es decir, una vacía idealización,
o grotesca, es decir, una vacía deformación, una
caricatura sin alma, cuando la cualidad más notable de
estas novelas es que los personajes más repugnantes poseen
una fuerza trágica. Por eso en el tríptico se nos
puede hablar del esplendor y la escoria, la creación y
los despojos, la redención y el pecado, para revelarnos
"una personalidad subyacente" que nos arrastra a un
vertiginoso viaje al fondo de sí mismo, allí donde
conviven el carnaval, el excremento y la locura.
Este
cambio radical y brutal, este ahondarse morbosa y cruelmente en
la vulgaridad humana, va acompañado de un cambio de énfasis
en los intereses literarios y artísticos de Pitol, muy
especialmente su fascinación por Goya, la pintura expresionista
alemana, el realismo decimonónico de Dickens y Pérez
Galdós y, primus inter pares, el teórico
ruso Bajtín. En este sentido, El arte de la fuga
tiene un valor incalculable como iluminador de muchos aspectos
de la obra de Pitol. Pero su interés, el que convierte
a este libro en una joya literaria, es mucho más amplio
y variado. Todavía mucho más que en sus novelas
resulta difícil definirlo como género: tiene mucho
de memorias, de diario, de autobiografía, comparte la reflexión,
las ideas estéticas, el ensayo literario o el apunte psicológico,
y puede ser divertido, sarcástico, crítico o tierno,
escéptico o apasionado. Los registros son infinitos y hay
un desarrollo narrativo muy acentuado y una espléndida
elaboración de carácter circular tanto en cada uno
de los capítulos (puesto que no pueden considerarse como
simples textos independientes) como en el conjunto del libro,
que se abre con una Venecia estéticamente prodigiosa vista
a través de los ojos de un miope, y se cierra con la no
menos prodigiosa iglesia de chamula, en el estado de Chiapas,
vista con la mirada del lúcido vidente.
El
arte de la fuga está dividido en tres secciones: Memoria,
Escritura, Lecturas, con un Final (final de un conjunto rigurosamente
estructurado, que no hay que confundir con un epílogo)
dedicado a Chiapas. La mayor parte de los textos de cada sección
están escritos en Xalapa, entre marzo de 1993 y junio de
1996, por lo que es fácil deducir lo que ya el tempo
narrativo sugiere: que están concebidos como un libro.
Al conjunto se añade el dramático y jubiloso "Diario
de Escudillers" sobre sus primeros meses en Barcelona, de
junio a septiembre de 1969, "Y llegó el desfile",
breve diario escrito en México, Madrid, Praga y Mojácar
entre 1980 y 1984, sobre la gestación y desarrollo de
El desfile del amor, y "Borola contra el mundo"
y "El narrador", ambos escritos en la ciudad de México
en 1991. El título del conjunto procede de "Prueba
de iniciación", escrito en Xalapa en diciembre de
1994, y en él se reafirma su pasión y entrega a
la literatura: "esa inmersión en la inmundicia que
caracterizó su confrontación, a fines de la adolescencia,
con la palabra impresa, la suya, ha condicionado la forma más
personal, más secreta, más ajena a la voluntad de
su escritura, y ha hecho de ese ejercicio un gozoso juego de escondrijos,
una aproximación al arte de la fuga". A lo largo del
libro son muchas las frases que podrían haber definido
con la misma intensidad el espíritu del libro: "la
herida del tiempo", "los infiernos o edenes del pasado",
"lo que oculta y revela la memoria", "el ejercicio
de la libertad", "la memoria turbada", "la
calidad de la inteligencia", "la abyección y
la gracia", "el testimonio de una insumisión"
o "viaje hacia el fondo de mí mismo". En todo
caso conviene recordar que el título de la nouvelle
de Billie Upward (en "El relato veneciano de Billie Upward",
que incorporará más tarde a Juegos florales)
era Cercanía y fuga, la mejor definición
no sólo para la escritura de Pitol, sino para todo arte
(el de los pintores y escritores con los que Pitol se identifica
a lo largo del libro) que hurga en la más miserable realidad
para descubrir lo sublime o para iluminar el misterio.
Un libro
que no está hecho solamente de cercanía y fuga sino
también de sensibilidad personal y sensibilidad social
o colectiva, aunque en muchas ocasiones sería más
apropiado llamarlo hipersensibilidad. Lo cual explica que pueda
hablarse aquí de una educación sentimental y una
educación civil, y explica asimismo el interés de
Pitol por una peculiar expresión del realismo: no la del
naturalismo, que concibe la realidad como algo objetivo, sino
la del expresionismo que la concibe como un pathos. En
todo caso, esta interiorización del yo y su proyección
exterior explican los centros más visibles del conjunto:
la autobiografía física, moral y espiritual, los
amigos, los viajes, las lecturas y la escritura. No centros que
se desplazan sino, por el contrario, que se funden como en un
sistema de vasos comunicantes para encontrar su armonía
final. Final no porque la encontremos en las últimas páginas
sino porque la encontramos en el instante final de la escritura.
Como en sus novelas, la brutalidad, el abatimiento, el júbilo,
el hedonismo, la indignación, el humor cómplice,
el feroz sarcasmo, el éxtasis ante la belleza o el desprecio
hacia la mediocre vulgaridad encuentran su expresión en
una prosa limpia, rigurosamente controlada, y alimentada por una
inteligencia exigente y serena, por una nobleza moral pura y púdica,
y por una generosidad y tolerancia de la que sólo quedan
excluidos la mayoría de los políticos mexicanos,
es decir, el poder corrompido y corruptor, aquí gráficamente
ilustrado por el salinismo.
Los
datos autobiográficos son escasos. A Pitol sólo
le interesa ilustrar lo que ha marcado a su sensibilidad personal
y a su sensibilidad artística, que en él tenemos
que ver como algo inseparable, de la misma forma que tenemos que
ver como inseparable al lector del escritor. La infancia no ocupa
aquí un espacio muy amplio, pero sí muy intenso,
desprovista de la banalidad de lo anecdótico. Hay una sensibilidad
veracruzana, la de muchos de sus cuentos y que en cierto modo
comparte con Juan Vicente Melo, que procede de su infancia. Una
infancia no nostálgicamente evocada sino recuperada. Así,
en "Todo está en todas las cosas" nos dice que
en los últimos tiempos empieza a ser consciente de que
tiene un pasado, por la edad y por conocer fragmentos de su infancia
que hasta hace poco le estaban vedados: "comienzo a recordar
la juventud, la mía y la de los demás, con respeto
y emoción, por lo que contiene de inocencia, de ceguera,
de intransigencia y de fatalidad. Eso mismo me hace concebir el
futuro como una zona infinita, desconocida y promisoria".
Las imágenes del pasado, incluso las de un pasado no vivido,
pueden aparecer inesperadamente en un viaje, como en "Siena
revisitada", donde unos parientes le llevan a conocer los
alrededores, "las márgenes del río, donde mis
tías y
mi abuela habían paseado tantas veces a principios de siglo
[...] Viví esos días arropado por una emoción
muy intensa. Percibía en aquellos parajes la presencia
de mi abuela, mi abuela niña, mi abuela adolescente, mi
abuela en vísperas de volver a México".
La infancia
se nos revela asimismo a través de los sueños o,
como ocurre en lo que es para mí el texto más prodigioso
de todo el libro, "Vindicación de la hipnosis",
a través de "la experiencia más profunda que
he conocido en mi vida adulta", para llevarnos a otro río.
En unas fotos aparecen su madre con un rostro severo, pues "había
tomado decisiones que cambiarían su vida, y la nuestra",
y su hermana Irma, fallecida una semana más tarde. "La
contemplación de esos retratos me vuelve a cargar de una
furia y un dolor no apaciguados." De ahí pasa a las
fotografías considerablemente ampliadas del estado hipnótico
en las que "me acerco y me alejo en el tiempo sin el menor
sentido. Me veo niño, adolescente, viejo, alumno de primaria,
estudiante en la Facultad de Derecho, diplomático, maestro,
laborioso, haragán, feliz, preocupado, colérico,
enfermo". De pronto surge una imagen aterradora que no se
deja desplazar por ninguna otra: la de su hermano Ángel
y él sentados en la terraza. "Ángel tiene un
aspecto cadavérico. Su rostro es terrible: sus ojos están
desmesuradamente abiertos. Se levanta y va a sentarse a mi lado
y yo me hecho a llorar [...] En ese momento comienzo a dejar de
ser el paciente hipnotizado que busca librarse del tabaco. Me
siento penetrado por el niño que fui y al que tengo ante
mis ojos. Sigo llorando. El dolor es atroz." Eso le lleva
a la ocasión en que fue a Potrero con su madre, su hermano
y su hermana Irma. Un día de extrema felicidad que concluye
en el río Atoyac. De allí su tío tratará
de sacar del agua el cuerpo de su madre. "Mi papá
está ya muerto y ahora también mi mamá."
El regreso
al pasado tiene, pues, una significación trágica
en la que no cabe la nostalgia. "La herida del tiempo"
es un texto fundamental para entender lo que representa el pasado,
recuperado a través del recuerdo y de la memoria en este
libro y en toda su obra, se añaden además nuevas
significaciones y se refuerza la razón por la que no hay
espacio para la nostalgia. "La memoria puede, a voluntad
de su poseedor, teñirse de nostalgia, y la nostalgia sólo
por excepción produce monstruos. La nostalgia vive de las
galas del pasado." Revisando algunos de sus libros para su
reedición, a Pitol le sorprende que un lugar de su infancia
en el que jamás se le había ocurrido pensar aparezca
en varias ocasiones. Ahora el río Atoyac no es el espacio
de la tragedia sino de la decepción marcada por el degradante
paso del tiempo. Al recordar las excursiones que hacía
de niño, irrumpe en su conciencia "uno de los episodios
más deslumbrantes de mi infancia, el lugar es el Ojo de
Agua donde nace el río Atoyac". Muchos años
más tarde, decide recuperar lo que oculta y revela la memoria,
y regresa "al jardín encantado de la infancia".
"La atmósfera de misterio se ha desvanecido [...]
El mundo natural que existía hace apenas unas cuantas décadas
y que tardó siglos en constituirse, es ya sólo memoria."
Esta conciencia ecológica reaparece en otras páginas
del libro, especialmente en "Viajar y escribir", y explica
entre otras cosas su huida (gran parte de la vida de Pitol ha
estado hecha de huidas y de encuentros y reencuentros) a Xalapa.
Cuando en 1988 decide regresar definitivamente a México,
encuentra un país muy distinto del que abandonó
en 1961, con una sociedad civil impensable cuando salió
pero también "con imágenes de profunda devastación:
una ciudad inhabitable, un paisaje degradado, un cielo casi inexistente.
En Coyoacán, en la Plaza de la Conchita, al abrir la puerta
de mi casa he visto caer palomas como frutos podridos, envenenados
por los ácidos que emponzoñan el aire". Parafraseando
a Carlos Fuentes, el aire de "la región más
transparente" se transforma en la visión apocalíptica
de "Cristóbal Nonato".
El pasado
lleva, pues, a una visión pesimista del presente, no sólo
por la contaminación ambiental sino también por
la contaminación moral. En "Borola contra el mundo",
al señalar todo lo que le debe a Gabriel Vargas, el creador
de La familia Burrón, comenta que en este mundo
de "insoportables yuppies el nombre de Borola es un anacronismo.
Evocarla me remite a una vitalidad ambiental ya desaparecida",
de la misma forma que encuentra una insalvable distancia entre
el radical proyecto educativo y cultural de Vasconcelos y el panorama
de corrupción de los últimos años, que sólo
el estallido revolucionario de Chiapas ha modificado por completo.
En este sentido no se trata de un idílico pasado sino de
una visión crítica, pesimista y aun apocalíptica
del presente: "Revisar el pasado significa, entre otras tristezas,
contemplar un mundo que es, y al mismo tiempo ha dejado de ser,
el mismo. Sitúese usted en México, reflexione sobre
los cambios ocurridos en el último medio siglo: la devastación
de la capital, la degradación de la atmósfera, la
contaminación moral, y tendrá una visión
próxima de la catástrofe", una visión
muy cercana a la del Octavio Paz de La llama doble: "Si
pensamos en términos históricos, vivimos en la edad
de hierro, cuyo acto final es la barbarie; si pensamos en términos
morales, vivimos en la edad del fango". Un presente que sólo
los cambios más recientes, estremecedores y luminosos,
parecen empeñados en negar en nombre del futuro. Por eso,
y regreso a una cita que adquiere ahora un nuevo y más
pleno significado, puede "concebir el futuro como una zona
infinita, desconocida y promisoria".
La visión
del pasado y su proyección hacia el futuro marca en cierto
modo el hilo narrativo del libro y le da su unidad. Esta concepción
temporal es la que une no sólo los géneros sino
también los registros expresivos y los centros que he mencionado
al principio, de modo que amistades, viajes, lecturas, escritura,
conciencia cívica y hasta los rasgos de su personalidad,
su educación sentimental, están marcados por esta
tensión temporal. En "Todo está en todas las
cosas" parece hacer una clara distinción entre dos
etapas de su vida: "en el momento en que escribo estas páginas
puedo dividir mi vida en una fase larga, gustosa y gregaria, y
otra, la más reciente, en que la soledad me parece un regalo
de los dioses". Esta etapa reciente es mucho más breve
que la larga etapa en la que luchan o se reconcilian dos fuerzas,
la de su pasión por la literatura y la de su pasión
por la vida, condicionadas asimismo por la relación entre
sentimientos y razón, relación difícil de
definir, sobre todo porque la parte más oscura de nuestros
sentimientos rechaza toda definición. Es de esta irreconciliable
conciliación de donde surge el mejor arte, y sin duda o
sobre todo el de Sergio Pitol. Por un lado nos habla de su vida
vertiginosa, de "mis peores épocas, las más
dilapidadas de mi vida", de este "ansiado pozo del desorden,
de donde lo más probable es que no logre emerger sino hasta
la hora del desayuno", por el otro, de la disciplinada entrega
a su oficio. Cuando encuentra el equilibrio, vive hedonísticamente
una maravillosa armonía; cuando este equilibrio se rompe,
vive con un intensidad que a veces se le hace insoportable. Al
regresar a Roma y ver que ha desaparecido la librería de
Via del Babbuino, "sentí la herida del tiempo, su
malignidad con una intensidad terrible". Como hemos visto,
la contemplación de las fotos de su madre y su hermana
"me vuelve a cargar de una furia y un dolor no apaciguados".
La visita a la tierra de sus antepasados lo llena de "una
emoción intensa". En Nueva York conoce buena parte
de las tendencias del arte contemporáneo, y quedé
ganado, alterado (que viene a ser lo mismo) por algunas de ellas".
Y, acompañado por la lectura de Sostiene Pereira
de su querido y admirado Antonio Tabucchi, en Chiapas comienza
a sentir el surgimiento de un nuevo yo: "Bastaron cuatro
días en Chiapas para sacudirme treinta o más años
de encima. Emoción, estupor, entusiasmo, dolor y zozobra
fueron algunos de los sentimientos vividos".
Sentimientos
que están marcados por una personalidad que rechaza todo
convencionalismo tanto en su vida cívica como en sus lecturas,
sus reflexiones estéticas y, para lo que más nos
interesa, su escritura. El arte de la fuga, en un país
crispado por tensiones entre distintos grupos rivales de opinión
que acaban por salpicar a sus intelectuales más prestigiosos,
está inspirado por la tolerancia, la independencia y el
compromiso con ciertos principios éticos, tres cualidades
que él consigue hacer compatibles y que aparecen perfectamente
definidas en "Todo está en todas las cosas",
donde nos dice, a propósito de la tolerancia, que "no
hay virtud humana más admirable. Implica el reconocimiento
a los demás, otra forma de conocerse a sí mismo".
Una virtud que no le impide reaccionar al observar el deterioro
de la vida mexicana: "me pongo a pensar en la soberbia, la
arrogancia, la corrupción de algunos conocidos y me altero,
comienzo a hacer el recuento de las actitudes que más me
irritan de ellos, descubro la magnitud del desprecio que me inspiran,
y al final debo reconocer lo mucho que me falta para poder considerarme
un hombre civilizado". En cualquier caso, "la conexión
entre el escritor y el Príncipe ha estado desde el principio
de los tiempos minada por el equívoco; es una amistad peligrosa.
Un novelista tiene que aprender a mantener un diálogo con
los demás, pero sobre todo consigo mismo".
En Sergio
Pitol hay un pesimismo y un escepticismo que nacen de la experiencia
y del sentido común, porque, "nada puede darse nunca
por seguro o confiable". También su conciencia social
se apoya más en convicciones morales que ideológicas.
Si se siente identificado con el protagonista de La segunda
casaca de Pérez Galdós es porque "el radical
Monsalud, al principio un personaje meramente literario, acabó
por ser nuestro contemporáneo. Nos unía a él
un mismo afán de justicia, de asco, de decencia",
una actitud que le permite denunciar el inmovilismo y la corrupción
de la política nacional, en una progresiva toma de conciencia.
Así, ante la represión desmedida de los últimos
años de la década de los cincuenta, "en mi
caso personal, aquello me ayudaba a desprenderme de un sentimiento
de sobreprotección que empezaba a estorbarme. Entendíamos
vagamente que el país requería cambios, que las
instituciones políticas estaban oxidadas, que era insano
que una nación estuviese perpetuamente regida por un partido
único", escribe en "Con Monsiváis, el
joven". En "El narrador" insiste en esta toma de
conciencia: si durante años ha utilizado en su escritura
los escenarios por donde ha ido desfilando (basta pensar en su
primera novela publicada en 1971, El tañido de la flauta),
"el exotismo de pacotilla que los rodea apenas cuenta, lo
importante es el dilema moral que se plantean, el juicio de valor
que deben emitir una vez que se encuentran desasidos de todos
sus apoyos tradicionales, de sus hábitos, de las coartadas
con que durante años han pretendido adormecer su conciencia".
A propósito de los personajes de Chéjov nos dice
que si algún mensaje moral puede desprenderse de ellos
"es el de resistirse a sucumbir ante la inmisericordia y
la vulgaridad que destilan los tiranos domésticos que pueblan
los infiernos donde están atrapados". En "Nuestro
Ulises", uno de los textos más reveladores de la capacidad
de Pitol para combinar tolerancia, independencia y compromiso,
lo que admira de Vasconcelos es, entre otras cosas, su "transgresión
a las formas" y su "irreductibilidad a formar manada".
Para concluir: "queda de él, sobre todo, el testimonio
de una insumisión. El ejemplo de una individualidad que
se resistió a cualquier regla impuesta desde el exterior
[...] Y todo eso, en un mundo donde la sumisión ha sido
regla, nunca se lo acabaremos de agradecer suficientemente".
Lo que nos lleva inevitablemente no sólo a Tabucchi sino
a su personaje más polémico y celebrado: Pereira.
En "Sostiene Pereira" elogia el hecho de que Tabucchi
haya escrito "una novela política, pero diferente
por todos conceptos al relato ideológico del realismo socialista",
para romper "una férrea modalidad contemporánea
del pensamiento políticamente correcto". Pero lo interesante
aquí no es tanto la identificación con el escritor
como con el personaje. Pereira, "a medida que cumple su destino
se va cargando de realidad, de una realidad trágica. Al
final lo encontramos transformado en un personaje extraordinariamente
vivo, uno de los más queribles de la narrativa contemporánea",
"Pereira es, a secas, un hombre bueno, inmerso en un mundo
que cada día le repugna más".
Permítaseme
que regrese a Chiapas. No sólo no me importa repetirme
sino que me parece necesario. Repetir es también recuperar.
Pitol recibe Sostiene Pereira unas horas antes de salir
de Xalapa: "El libro me estaba predestinado, e hice su lectura
en el momento más afortunado, cuando comenzaba a sentir
las pulsiones que preludian el surgimiento de un nuevo YO. Vería
cuando me enfrentara a los signos de una nueva realidad si aquello
era cierto o mero wishful thinking". Esta nueva realidad,
la de la insurrección de los zapatistas y, con ellos, de
los chiapanecos, nos remite al heroísmo de un grupo de
revolucionarios, representados en la novela por Monteiro Rossi,
que provocan en Pereira el surgimiento de un nuevo yo: el del
compromiso político. La coincidencia no es casual. Tabucchi
reivindica a Camus, clara víctima de la intransigencia
ideológica, quien nos dice al final de La peste
que lo que se aprende en medio de las calamidades es que "hay
en los hombres más cosas dignas de admiración que
de desprecio". Pitol termina El arte de la fuga recordándonos
que "si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también
es cierto que estamos en tiempos de prodigios".
Chéjov,
Vasconcelos, Tabucchi, Camus son simplemente algunos de los nombres
que marcan la conflictiva y estrecha relación que hay entre
vida y literatura, como la hay entre lector y escritor. La literatura
está vista como una pasión, sólo equiparable
(si tenemos en cuenta que la pasión amorosa está
púdicamente aludida y eludida) a la amistad. He hablado
hasta la saciedad de la importancia que tiene para mí la
literatura", nos recuerda en "La lucha contra el Ángel".
En "Todo está en todas las cosas" menciona "mi
relación con la literatura ha sido visceral, excesiva y
aun salvaje". "Donde vislumbro una potencia superior
a toda razón es en la lectura", escribe en "Fetiches".
En "¿Un Ars Poetica?" confiesa que "mi aprendizaje
es el resultado de una lectura inmoderada de cuentos y novelas,
de mis empeños como traductor y del estudio de algunos
libros sobre aspectos de la novela escritos por narradores".
Y está convencido, nos dice en "Droctulft y demás",
de que "ni siquiera la inexistencia de lectores podrá
desterrar la poesía. Sin esa convicción resultaría
intolerable seguir viviendo".
Esta
pasión por la literatura explica la profunda identificación
de Pitol con determinados escritores. El rigor y la coherencia
de sus gustos responden a razones simultáneamente estéticas
y vitales, expresadas con lúcida y precisa convicción.
Sus lecturas abarcan un amplio espacio histórico, pero
en ningún momento cae en la trampa de las clasificaciones
históricas, por escuelas o por modas. No habla de calidad,
algo que pertenece al limitado, subjetivo y pasajero terreno de
las corrientes estéticas, sino de grandeza, esa grandeza
propia de los escritores capaces de ahondar en la condición
humana y proyectarla a la problemática del momento: una
atemporalidad de lo clásico que no niega la temporalidad
de lo moderno. Hay una serie de escritores que reaparecen a lo
largo del libro, formando una verdadera constelación, un
tejido en el que se inscribe la obra del propio Pitol. Y una serie
de brillantes comentarios que nos acercan a la obra de Pitol y
la iluminan. Destaco aquí a Pérez Galdós
y Goya en "¿Un Ars Poetica?", a Thomas Mann en
"Dos semanas con Thomas Mann", a Jarziy Andrzejewski
en "Dos semanas con Thomas Mann" y en "Las puertas
del paraíso", a Jaroslav Hasek en "Schveik",
a Antonio Tabucchi en "Sostiene Pereira", a José
Vasconcelos en "Nuestro Ulises", a Alfonso Reyes en
"¿Un Ars Poetica?", a Bajtín en "El
narrador" o en "Schveik", y al pintor Max Beckmann
en "El narrador". Además de las sagaces observaciones
sobre Borges, cuyo lenguaje "constituye el mayor milagro
que ha ocurrido en este siglo a nuestro idioma" y cuya lectura
"me permitió darle la espalda tanto a lo telúrico
como a la mala prosa de la época, sobre Henry James, ese
gran narrador de quien "debo reconocer que algunas de las
lecciones decisivas sobre el gran oficio las debo a su lectura",
o sobre Berenson, "cuyos libros, conocidos y estudiados en
México, me acompañaron siempre en mis recorridos
por Italia".
Dos
aspectos de la biografía de Pitol marcan una huella decisiva
en su escritura: los amigos y los viajes. De una forma o de otra,
casi todos los amigos mencionados en El arte de la fuga
tienen una estrecha relación con la escritura o con la
cultura: Hugo Gutiérrez Vega, Juan José Arreola,
Luz del Amo, José Donoso, Augusto Monterroso, Bárbara
Jacobs, Jorge Herralde, Lali Gubern, Félix de Azúa,
Juan Villoro o Enrique Vila-Matas. Pero hay dos que ocupan un
espacio privilegiado: Luis Prieto y, muy especialmente, Carlos
Monsiváis, el protagonista de "Con Monsiváis,
el joven" y personaje de numerosos textos. Con él
comparte la pasión por los libros, la pasión por
la lectura y "un mismo sentido de justicia, de asco, de decencia".
Monsiváis decide iniciar una lucha contra la solemnidad,
lucha que no abandonará nunca. El y, en una dirección
muy distinta, Augusto Monterroso, se convertirán en los
antisolemnes por excelencia. Pitol se une encantado a esta empresa:
hay que comenzar a reírse de todo y sobre todo de los políticos,
"ridiculizarlos, hacerlos sentir desamparados, sólo
así se podría cambiar algo", "es necesario
que todo el mundo aprenda a reírse de esos monigotes ridículos
y siniestros que dirigen a la nación como si por su boca
se expresara la historia". Por eso podemos deducir que el
origen remoto de la trilogía que se inicia con El desfile
del amor, estimulada por las lecturas de Gogol y de Bajtín,
de Gombrowicz o del excéntrico Gabriel Vargas no se remonta
simplemente a la contemplación del primer tríptico
de Beckmann, como nos dice Pitol en "El narrador", sino
también o sobre todo a una amistad "que en esos días
se volvía casi hermandad". El desfile del amor
lo introduce en una zona que hasta entonces sólo había
rozado: la parodia. "A medida que el lenguaje oficial escuchado
y emitido todos los días se volvía más y
más rarificado, el de mi novela, por compensación,
se animaba más, se hacía zumbón y canallesco
[...] Todo aquello que tuviese aspiraciones a la solemnidad, a
la sacralización, a la autocomplacencia se desbarrancaba
de repente en la mofa, la vulgaridad y el escarnio".
Ya he
dicho que Pitol se identifica con muchos de sus escritores más
admirados. Lo que celebra de un escritor lo encontramos en su
propia obra: la percepción crítica se convierte
en percepción autocrítica, como si un texto fuese
al mismo tiempo un espejo. Es el diálogo que se establece
entre los verdaderos artistas. Para la Olga Mijailovna de La
fiesta onomástica de Chéjov, "la imposibilidad
de hablar, de comunicarse, se va posesionando de ella, hasta que
su interior no puede resistir la carga y se desborda en un estallido
que roza la locura. Triunfan el rencor, el despecho y la cólera.
El final es trágico". Andrzejewski "sólo
apreciaba los verdaderos retos y la busca de la gran forma",
del mismo modo que "Tabucchi asume riesgos que pocos autores
están dispuestos a correr". Y no es poco homenaje
al amigo que esta identificación lo lleve a escribir una
de las mejores páginas que se han escrito sobre Monsiváis,
en uno de los más resplandecientes espejos en los que se
ha contemplado Pitol: Monsiváis ha escrito, nos dice, "libros
iluminadores, eso se sabe; son un testimonio del caos, de sus
rituales, su limo, sus grandezas, abyecciones, horrores, excesos
y formas de liberación. Son también la crónica
de un mundo rocambolesco y lúdico, delirante y macabro.
Son nuestro Esperanto. Cultura y sociedad son uno de los grandes
dominios. La inteligencia, el humor y la cólera han sido
sus mejores consejeros". Sobra todo comentario.
Otro
aspecto estrechamente relacionado con la figura humana y literaria
del escritor son los viajes. "El viaje era la experiencia
del mundo visible, la lectura, en cambio, me permitía realizar
un viaje interior." De todos modos, es bien sabido que la
mejor literatura, la que supera la mera crónica o el intimismo
narcisista, está hecha de esta relación entre lo
interior y lo exterior, del exterior que se oculta y del interior
que se insinúa. Al fin y al cabo, fue la literatura la
que despertó su vocación viajera: "las lecturas
de Julio Verne habían alimentado en mí cierta desesperación
de recorrer el mundo y perderme en él", nos dice en
"El narrador"; para añadir más tarde,
en el mismo texto, que "el impulso de viajar, después
de mis primeras salidas, en vez de atenuarse se volvió
obsesivo". Apenas llegar a Roma, "por primera vez me
sentí sano e inmensamente libre" y, para lo que nos
importa, el resultado de esa estancia fue su vuelta a la escritura:
"una noche, en un café de medio pelo, comencé
a esbozar un relato que, para bien o para mal, continúo
todavía escribiendo. Aquel viaje que debía durar
unos cuantos meses se prolongó por veintiocho años,
los mismos que tenía yo al llegar a Europa". En "Viajar
y escribir" traza la historia de este largo itinerario, que
se inicia a mediados de junio de 1961, cuando sale de Veracruz
en un barco alemán, un viaje que es también una
huida: "me enfermaba la retórica hueca del discurso
oficial, así como el conformismo de grandes sectores de
la población ante la estrechez de nuestra vida democrática
y el atraso del país". Y no es por azar, sino por
fidelidad a las exigencias biográficas y narrativas, por
lo que el libro termina con otro viaje, esta vez a Chiapas. Lo
que en 1961 fue huida de México se transforma, en 1994,
en el viaje al encuentro de un nuevo México, donde la realidad
exterior es asimismo una "peregrinación que de alguna
manera me proponía dirigir hacia el fondo de mí
mismo".
El viaje,
para Pitol, no tiene el sentido de exploración, aventura
o recorrido que ha tenido tradicionalmente, desde la Odisea
hasta los grandes viajeros ingleses ni, naturalmente, el sentido
bastardo que ha adquirido en nuestra civilización, que
ha convertido al mundo en una tienda de souvenirs y de
tarjetas postales. Las suyas no son ciudades visitadas (puesto
que se habla de ciudades y raramente de países) sino vividas.
El escritor más cercano a este tipo de exploración
es, naturalmente, Tabucchi, con las islas Azores de Dama de
Porto Pim, la India de Nocturno hindú, la Génova
curiosamente nunca nombrada de Línea del horizonte,
el Portugal de Réquiem, la Lisboa de Sostiene
Pereira o el Oporto de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro.
Son, en ambos escritores, espacios de espléndida belleza,
de dolor y de tragedia, intensamente humanos y, asimismo, experiencias
interiores. En el caso de Pitol, las ciudades de sus cuentos y
novelas reaparecen en El arte de la fuga. En México,
los lugares de su infancia o de su formación: Xalapa, "una
capital de provincia rodeada por paisajes de excepción",
Córdoba, Veracruz o la ciudad de México. Ya fuera
de México, Viena, Budapest, los años en Praga que
"coincidieron con una intensidad de energía interior",
Varsovia, Moscú, Pekín o Estambul. Muy especialmente,
Venecia, tan bellamente recreada en "Todo está en
todas las cosas", y Barcelona, tan dramáticamente
recreada en "Diario de Escudillers", ciudad que al principio
encuentra "excesivamente ruidosa, ensordecedora, delirante
en su hiperactividad", y en la que el tiempo se le deshace
en las manos, "un desperdicio que me recuerda mis peores
épocas, las más dilapidadas que he vivido, y las
supera", para convertirse en una ciudad que no cambiaría
por ninguna del mundo: "en vez de las tres semanas que preveía
pasar en Barcelona, me quedé tres años. El recuerdo
de aquellos tiempos, de algunos espléndidos amigos, de
constantes sorpresas me emociona aún hoy. Mi estancia en
esa ciudad, a pesar de los tropiezos iniciales y de uno que otro
de esos aparatosos sobresaltos que en su momento parecen aproximaciones
del Juicio Final para acabar desvaneciéndose en el aire,
constituyó un día ejercicio de libertad".
Sergio
Pitol no es un escritor autobiográfico, empeñado
en revelarnos los vericuetos de su vida y de su alma. Es, sin
embargo, como ya he señalado, un escritor en el que su
biografía se proyecta poderosamente en su obra: su infancia,
sus viajes, sus lecturas, su sensibilidad, su hedonismo y su rabia,
la fidelidad a los amigos y el desprecio por los corrompidos enemigos
de la dignidad humana. Su inteligencia está iluminada por
una lúcida armonía y en el interior de esta armonía
se agitan las infinitas contradicciones y los infinitos, inestables
estados de ánimo. También la relación entre
vida y escritura conoce parecidos vaivenes, como es fácil
advertirlo a través de las páginas luminosas y atormentadas,
esperanzadas y apocalípticas de El arte de la fuga
y muy especialmente en el texto de significativo título
"La lucha con el Ángel": "el esfuerzo por
conciliar la experiencia de la vida con el ejercicio de la escritura
me hizo sentir durante muchos años oprimido, desvertebrado,
empequeñecido. Ahora, cuando el Mundo se me ha adelgazado
hasta casi desvanecerse, esa aparente contienda me resulta de
una trivialidad desconcertante. De cualquier manera, ha marcado
mi vida. Ha sido una fuente de agonías, pero, también,
secretamente, el estímulo creador más extraordinario".
Pero es, posiblemente, en el tantas veces citado "Todo está
en todas las cosas" donde encontramos resumida la aventura
de una vida y de una obra y la aventura de esta obra excepcional
que es El arte de la fuga:
Uno,
me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que
ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles
recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos
amigos, algunos amores, bastantes fastidios.