Incluye trabajos tempranos del libro que constituyó un parteaguas en su obra, In a green night: Poems 1948-1960; poemas de su etapa intermedia tomados de The castaway, The gulf, y de su gran poema autobiográfico Another life (que es su Retrato del artista adolescente); y trabajos posteriores de Sea grapes, The star-apple kingdom, y The fortunate traveller. Después de la aparición de Collected poems, Walcott ha publicado The Arkansas testament (1987) y Omeros (1990). Este último libro es una recapitulación de La Odisea que hace paralelos entre la experiencia griega y la antillana y representa hasta ahora la piedra de toque de su poesía. Los temas de los poemas de Walcott reciben un eco y un contrapunto en la acción ritual y el lenguaje coloquial de sus mayores obras dramáticas, desde Dream on monkey mountain, Remembrance y Pantomime, hasta Beef, No chicken, The last carnival y A branch of the Blue Nile. Al leer la obra completa de Walcott uno está siempre consciente del compromiso que mantiene con un pueblo y un territorio.
Walcott ha buscado en numerosas ocasiones dar voz a las caletas y playas, colinas, promontorios y valles de su tierra natal. Santa Lucía, su lugar de nacimiento, es una de las cuatro islas Windward del Caribe oriental, un pequeño y escarpado territorio que da hacia el océano Atlántico de un lado y del otro hacia el Caribe. El mar o lo que él ha llamado "el teatro del mar" es una presencia inescapable en su obra y tiene una incidencia directa en su sentirse isleño, un poeta de un mundo nuevo flotante rodeado por el agua. "El mar fue mi privilegio / Y un pueblo fresco", escribe en Omeros, donde también define al mar como "un poema épico donde cada línea fue borrada / pero vuelve a escribirse en páginas de rompientes que explotan" . Al mismo tiempo, Walcott ha sido un resuelto abogado de la literatura y la cultura pancaribeña, y considera que cada isla es una pieza integral de una unidad histórica mayor.
Se define a sí mismo como parte de una constelación de escritores entre ellos, St.John Perse, Aimé Césaire y C. L. R. James que han creado una literatura en muchas lenguas distintas, y pertenece a una generación que ha descrito con frecuencia su excitación y la posesión creativa que experimentan al escribir acerca de un lugar por vez primera, y definen su papel en términos de lo que Alejo Carpentier llama "la tarea adánica de darle a cada cosa su nombre".
Walcott
irradia alegría en los nombres y los verbos, en el sazón
del habla coloquial, en los sabores salados, marítimos
de las palabras mismas. Posee uno de los más finos vehículos
expresivos desde Hart Crane o Dylan Thomas. Es como si el agua
de mar hubiera saturado las vocales y consonantes de su vocabulario.
("Cuando escribo / Este poema, cada frase va empapada en
sal", declara Shabine, el marinero poeta, en "The Schooner
flight".) Éste es el principio de una de sus canciones
tempranas, "A seachantey":
Anguila,
Adina
Antigua, Canelas,
Andreuille, todas las eles
Voyelles, de las líquidas Antillas...
Hay
algo de plegaria terrenal en la manera en que Walcott se goza
en los sonidos y saborea las letras, da vuelta a las palabras
y se detiene en los nombres. Un sentido sagrado de la vocación
impele a su alta elocuencia y su poderoso compromiso a articular
su tierra patria, su reino, llamándolo "la letanía
de las islas, / El rosario de archipiélagos" y "el
amén de las aguas calmas". Como lo afirma en Another
life,
La Iglesia protegía la Palabra, pero esta nueva Palabra
estaba ahí, al alcance
de mi mano,
en el territorio profundo encontró al hombre natural
generoso, enraizado.
Para
sus obras tempranas, Walcott se inspiró en un profundo
sentido del privilegio y la oportunidad, tenía la sensación
fundamental de que hablaba no sólo de su propia experiencia,
sino de todo lo que lo rodeaba, y de esta manera nombraba un mundo
hasta entonces indefinido: "Hace cuarenta años, en
mi infancia isleña, sentí que / el don de la poesía
me había convertido en uno de los elegidos, / que toda
experiencia era combustible para el fuego de la Musa" ("Midsummer").
Walcott
siempre ha gustado de escribir "empapado en sal", probando
la riqueza de sus impulsos lingüísticos contra las
simples claridades del mundo natural, en busca de un estilo arenoso,
transparente "crujiente como la arena, claro como la luz
solar / Frío como la curva ola, común / como un
vaso de agua de las islas" ("Islands"). Creció
hablando inglés, dialecto inglés y francés,
pero desde sus trabajos tempranos prácticamente bifurcó
ambas lenguas, explorando los recursos del inglés en sus
poemas y las posibilidades de los dialectos en sus obras teatrales.
En trabajos dramáticos tan innovadores como The sea
at dauphin, Ti Jean and his brothers y Malcochon, Walcott
utilizó un lenguaje influido por el creole, que sigue siendo
un territorio inexplorado en la literatura de las Indias Occidentales,
y se volcó hacia el exterior para dar cuenta del paisaje
y la vida de los pescadores y guardabosques nativos.
El
lenguaje de su niñez burbujea hacia la superficie en su
libro autobiográfico Another life, que sitúa
su infancia y juventud en Sta. Lucía y cuenta cómo
se desarrolló la mente del poeta, cómo "se
enamoró del arte, / y la vida comenzó". Hay
otro momento significativo en Sea grapes, donde mezcla
sus múltiples herencias lingüísticas en los
poemas. Resulta significativo que Sea grapes sea el primer
libro de su producción que contiene un gran número
de poemas que hablan de su alejamiento de las Indias Occidentales.
El momento tiene lugar en "Sainte Lucie", una canción
nostálgica en la que el narrador exclama de repente "Vuelve
a mí, / lengua mía," y regresa al dilecto francés
de su infancia: "Cest là moi sorti," dice,
"is there that I born". Desde entonces, Walcott ha llevado
el dialecto a su poesía con frecuencia. Se ha llamado a
sí mismo "un mulato del estilo" (frase tomada
de Senghor) y ha explorado los distintos registros del habla en
una serie de monólogos dramáticos, así como
en su poema épico Omeros. De ese modo ha otorgado
un lugar en sus poemas a las distintas lenguas en pugna culturas
en pugna que contienden en su interior. La figura odiseica
de Shabine sin lugar a dudas habla por su creador cuando utiliza
el demótico y convierte el lenguaje del desprecio colonial
en fuente de orgullo:
Soy sólo un negro al que le gusta el mar,
Tuve una sólida educación colonial,
Llevo en mí holandés, negro e inglés,
Y soy o bien nadie, o bien un país entero...
Una
manera de ver la obra de Walcott es como una enérgica batalla
por reconciliar una herencia dividida. El pacto que realiza con
la isla, su primer compromiso, el de describir el mundo que lo
rodea, se balancea mediante un sentido de autodivisión
y extrañamiento. Walcott creció como un "niño
dividido": era metodista en un lugar abrumadoramente católico,
era un artista en desarrollo salido de la clase media, con una
ascendencia africana, inglesa y holandesa mezclada, que llegó
a la mayoría de edad en un mundo mayoritariamente negro,
un remanso de pobreza. Mucha de la tensión dramática
en sus poemas viene del vacío que siempre ha tenido que
atravesar para describir a la gente con la que ha compartido la
vida en una isla. Al mismo tiempo, su "sólida educación
colonial" iba acompañada de la triste conciencia de
que "el sueño de la razón / ya produjo su monstruo
/ un prodigio de edad y color incorrecto." En cierto sentido,
el verdadero trabajo de Walcott comenzó con su compromiso
dual hacia la tradición literaria inglesa, por un lado,
y por el otro, hacia el país intocado que buscaba recrear
en su escritura. Desde el principio se enfrentó con el
precoz fardo de sus decisiones, dividido entre la mímica
y la originalidad, entre el Viejo y el Nuevo Mundo.
Walcott
se ha descrito a los diecinueve años como "un poeta
gozoso y exuberante locamente enamorado del inglés",
y afirma verse a sí mismo como "una legítima
prolongación de la poderosa línea de Marlowe y Milton".
Al no contar con una tradición literaria caribeña
suficientemente vital para abrevar en ella, Walcott se dirige
hacia los metafísicos ingleses y hacia poetas como T. S.
Eliot y W. H. Auden, y los toma como modelos. Poseía tal
don de asimilación que para la aparición de su primer
poemario, In a green night, Robert Graves escribió:
"Derek Walcott maneja el inglés con un entendimiento
más cercano de su magia íntima, que la mayoría
(si no es que todos) de sus contemporáneos nacidos anglófonos."
Sin embargo, algo del precio de la influencia inglesa de Walcott
se refleja en las angustiosas preguntas que concluyen su más
célebre poema temprano, "A far cry from Africa":
Yo, que estoy envenenado con la sangre de ambos,
¿Hacia dónde debo volverme, dividido hasta las
venas?
Yo que he maldecido
Al oficial borracho de la ley inglesa, ¿cómo elegir
Entre esta África y la lengua inglesa que amo?
¿Traicionarlas a ambas, o rechazar lo que ofrecen?
¿Cómo presenciar esa carnicería y quedarme
tranquilo?
¿Cómo volverle la espalda a África y vivir?
A
lo largo de su carrera, de manera implícita, Walcott ha
dado respuesta a esas preguntas afiliándose progresivamente
a la línea de los poetas del Nuevo Mundo, junto con escritores
americanos que se declaran en favor de un sincretismo de culturas
y una estética del Nuevo Mundo. "Como mestizo que
soy, algo en mí se sobresalta cuando veo la palabra Ashanti,
y con Warwickshire me sucede lo mismo", ha dicho
Walcott, "ambas, cada una por su lado, están muy cerca
de las raíces de mis abuelos, ambas bautizan a este bastardo,
ni orgulloso ni avergonzado, a este nativo de las Indias Occidentales".
La tarea para el artista antillano híbrido es fusionar
los diversos fragmentos, pegar los añicos africanos, asiáticos,
europeos y formar un nuevo todo que se goce en el fermento y la
babel, glorificando la marquetería de la cultura de las
Indias Occidentales.
En
ocasiones, en la obra de Walcott irrumpe la cólera una
invectiva, la rabia contra el racismo: contra los que han
etiquetado al poeta como no suficientemente blanco o negro ("El
primero encadenó mis manos y se disculpó con la
Historia", dice Shabine, "El siguiente dijo
que yo no era suficientemente negro para su orgullo"); contra
los que siguen viendo a los caribeños como un pueblo ilegítimo
y sin raíces ("Aquí no hay un pueblo",
escribió el panfletista Froude, "en el auténtico
sentido de la palabra"); contra el legado de esclavismo y
colonialismo y "la herida incurable / de la pobreza";
contra una clase media venal "que quiere un arte nuevo /
mientras sus artistas mueren a la vieja usanza"; contra los
"ministros de cultura, ministros de desarrollo" que
vendieron la idea de una federación y han estado más
que dispuestos a prostituir la cultura antillana ("Adán
tuvo una idea. / Él y la serpiente compartirían
/ la pérdida del Edén a cambio de una ganancia.
/ Así que ambos crearon el Nuevo Mundo. Y la cosa iba muy
bien"). Shabine expresa esta rabia abrumadora cuando advierte:
...más vale que todos ustedes teman el día en
que me cure
de ser humano. Su suerte vastar en mis manos,
ministros, hombres de negocios, Shabine los va a agarrar, amigo
Dispersaré sus vidas como un puñado de arena,
¡Yo que no tengo más arma que la poesía
y
las lanzas de las palmas y el escudo deslumbrante del mar!
Al
enfrentarse con esa furia devoradora, con esa amarga alienación,
con frecuencia el poeta ha vuelto su mirada hacia los esplendores
de "un mundo virginal, sin pintura" que brilla más
allá de los reclamos de la historia o la política;
y tiene siempre presente su permanente compromiso. Cuando Shabine
ancla en la bahía de Castries en Santa Lucía, puede
decir con callado orgullo:
He mantenido mi
promesa, dejarles lo único que poseo,
a ustedes que son mi amor primero: mi poesía.
La
tarea adánica es finalmente curativa pues el poeta sobrepasa
la historia y se vuelve, reverente, hacia su reino primordial.
A
lo largo de su carrera Walcott ha delineado los enigmas, paradojas
y dilemas del artista antillano que trata de asumir la carga de
la herencia colonial y a la vez de apartarla. Robinson Crusoe
fue su primera y por lo demás, la más persistente
figura simbólica del artista de las Indias Occidentales.
En su obra temprana y la inmediata posterior, Walcott vuelve una
y otra vez a la historia de Crusoe ("nuestro primer libro,
nuestro génesis profano") porque representaba para
él la doble naturaleza de labrarse un destino en una pequeña
isla. El Crusoe de Walcott se desespera por el naufragio y el
aislamiento justamente los títulos de The castaway
y The gulf sugieren el peso del aislamiento artístico,
pero a la vez experimenta el júbilo de ser el monarca de
su isla. Es el hombre adánico, "el primer habitante
de un segundo paraíso", el resistente cronista de
un territorio virgen. Crusoe también representa el proceso
de colonización, pues salva a Viernes pero lo transforma
en una figura servil. El poeta es también a la vez Crusoe
y Viernes, un náufrago que forja las herramientas para
construir una nueva cultura.
En
la obra de Walcott, la figura del náufrago ha derivado
lentamente hacia la del exiliado, el viajero caprichoso pero afortunado.
"Acepto mi función / como un advenedizo colonial en
el fin de un imperio", afirma irónicamente en el poema
"North and South", "un solitario, vagabundo satélite
que da vueltas". En todos sus libros, a partir de Sea
grapes, Walcott ha escrito poemas situados en el Caribe, pero
también en otros lugares, moviéndose entre culturas,
estableciendo un diálogo entre el emblemático "Norte"
(los países metropolitanos) y el "Sur" (el Caribe).
The fortunate traveller, por ejemplo, tiene tres secciones:
"Norte", "Sur" y "Norte"; por su
parte, The Arkansas testament se divide en dos partes,
"Aquí" (Santa Lucía, el Caribe, el ancla
"hogar") y "Allá" (que incluye todos
los paisajes extranjeros, pero en especial América y Sudamérica).
Su creciente alcance y cosmopolitismo, que expresan una visión
global del imperio, han estado acompañados por una inquietud
equivalente, un sentimiento de distancia de sus orígenes
que aumenta de manera progresiva. A lo largo de su vida Walcott
ha escrito poemas de una dolorosa autoconciencia y de regreso
al hogar, entre los cuales se cuentan "Homecoming: Anse la
Raye", "Return to dEnnery, Rain", el capítulo
final de Another life, "The lighthouse", y "The
light for the world". Estos poemas tratan el tema de cuán
lejos ha crecido el poeta de su pasado provinciano, de "regresos
al hogar sin hogar". El temor de haber abandonado a la gente
que lo rodea ("Yo, que nunca podría solidificar mi
sombra / para ser una de sus sombras") se transforma en el
preludio a un compromiso renovado con el hacer del arte antillano.
Uno
de los temas persistentes en la obra de Walcott es "la antigua
guerra / entre obsesión y responsabilidad", la continua
dialéctica y conflicto entre el mundo interno contemplativo
del artista individual el naufragio, el exilio y el
mundo externo de la comunidad. "Soy una especie de escritor
dividido", ha dicho. "Dentro de mí hay una tradición
que sigue un camino, y otra que sigue una dirección diferente.
Los elementos miméticos, la danza y la narrativa dominan
por un lado, y del otro es más fuerte la tradición
literaria, clásica." Estas dos tradiciones no sólo
indican el hecho de que Walcott se considera tanto poeta como
autor dramático, sino también el sentido dual de
la vocación que da forma a su escritura. Tiene una alianza
tanto con una poesía de sentimiento personal ("obsesión")
como con una escritura de deber público ("responsabilidad").
Una estética postula que el compromiso fundamental del
poeta es con los recintos de su propia imaginación, lo
que amplía la realidad; la otra afirma que el poeta es
primordialmente un cronista, un vehículo o voz para lo
que lo rodea. El marinero-poeta Shabine ejemplifica esta división
cuando en un momento dado confiesa "No tengo más patria
que la imaginación" y en otro anuncia "Me siento
satisfecho / si mi mano da voz al dolor de alguien". La tarea
homérica del poeta del poeta homérico
es promulgar y reconciliar estos impulsos estéticos divididos.
La
reciente versión escénica de La Odisea es
especialmente apropiada, pues la figura del exilio en su obra
se ha deslizado suavemente hacia el personaje de Odiseo, un vagabundo,
un hombre común en un viaje circular hacia su hogar. La
observación de Walcott al principio de "Sea grapes"
es característica:
Esa vela que se inclina en la luz,
cansada de islas,
una goleta azotando el Caribe
hacia el hogar, podría ser Odiseo,
confinado en la casa del Egeo...
Todos
los personajes de Walcott sus diversos viajeros de fortuna,
aguafiestas recurrentes y marineros mulatos son tipos odiseicos.
Los viajes de Shabine en "The Schooner flight" son una
auténtica odisea, y cuando declara "Y soy, o bien
nadie, o bien un país entero", está haciendo
eco del momento en el poema épico griego en que Odiseo
engaña socarronamente a los Cíclopes llamándose
a sí mismo "Nadie". Al mismo tiempo también
está afirmando que este "nadie" es la figura
representativa de la cultura, "un país". Del
mismo modo que los exiliados de Walcott se han vuelto figuras
odiseicas, Homero se ha convertido en su espíritu poético
tutelar. El patrón de la imaginería homérica
en su obra culmina en Omeros, el nombre griego de Homero,
el bardo arquetípico.
Omeros
es un poema de alcance épico. No habla de las hazañas
sobrenaturales de dioses o semidioses ("Olviden a los dioses
y lean lo demás", dice Omeros al narrador) y tampoco
intenta ennoblecer a los que en él aparecen; lo que quiere
es contar la historia de una tribu, dar voz a "la experiencia
entera del pueblo caribeño". Omeros es a la vez un
personaje en el libro y un prototipo del artista como náufrago
una especie de Robinson Crusoe que canta a los pobres,
los extraviados, los desposeídos de la tierra. Es una figura
proteica que aparece como el ciego en "Seven seas",
un vagabundo en Londres, un chamán hindú, el artista
americano del mar Winslow Homer, y un guía virgiliano que
conduce al narrador a través del infierno de la historia.
El pueblo antillano aparece en el poema con nombres homéricos
(Aquiles, Héctor, Filoctetes, Helena), y el poema recorre
una amplia variedad de eventos históricos, tocando el genocidio
de los nativos americanos, las tragedias de la esclavización
africana, los horrores de la segunda guerra mundial y el sufrimiento
individual de los exiliados. "Canto nuestro vasto territorio,
el mar Caribe", dice el narrador, y tras el poema yace la
idea de que el mar contiene las memorias de todos los que han
muerto en él. El bardo homérico desentierra las
vidas perdidas, las historias fragmentadas, pero también
canta a un pueblo nuevo y una nueva esperanza.
A
fin de cuentas, Walcott es un poeta de afirmaciones, un escritor
que cree que la tarea del arte es trascender la historia y volver
a nombrar el mundo. Como lo afirma en "Las Antillas: fragmentos
de una memoria épica", "para cada poeta el mundo
es siempre un amanecer, y la Historia una noche insomne y olvidada;
la Historia y el miedo primigenio son siempre nuestro temprano
comienzo, porque el destino de la poesía es enamorarse
del mundo a pesar de la Historia". Al principio y al final,
la empresa del poeta es redentora, es una llamada jubilosa. La
obra entera de Walcott es un gran testamento a los poderes visionarios
del lenguaje y a las refrescantes maravillas de un mundo que está
recomenzando incesantemente a pesar de la Historia, un mundo siempre
nuevo y excitante.
Edwards
Hirsh, "Derek Walcott", Fractal n°10, julio-septirmbre,
1998, año 3, volumen III, pp. 63-74.