|
Por eso
decidí partir, y no tanto por el encargo de un guión
cinematográfico que el azar tuvo a bien poner en mis manos
en el momento justo, cerrando para siempre la puerta de mi departamento
en Insurgentes Sur.
Dejaba
atrás mis archivos, mis libretas de apuntes, las pilas de
periódicos y libros empolvados que amagaban con expulsarme
de mi habitación. Me levantaba el ánimo sin embargo
la decisión de no volver a leer un periódico durante
el resto de mi vida, ni una revista. Me cautivaba la posibilidad
de ir saliendo poco a poco de esa lógica periodística
que durante tantos años me había hecho actuar y pensar
por reflejo, como si la novela de la información y
los personajes de la vida pública que nos impone fuera
la más digna de ser leída y analizada, la más
interesante, y no la más vacía y transitoria. Viviría
sin apremios, y degustaría en los meses por venir, el paulatino
desvanecimiento el síndrome de la abstinencia
periodística que debía purgar de modo ineludible,
como un drogadicto de los datos y los hechos, hasta lograr pasar
al otro lado de la vida donde pudiera barruntarse un poco de verdad
y fantasía.
Y es que, en mi caso, la información había actuado
como una especie de anticonceptivo. No lograba componer una página
porque, como el historiador y el notario, no tenía los datos
a la mano: la precisión, la prueba de lo escrito, la constancia
de los hechos que debía referir. No podía dar el primer
paso en la página en blanco sin contar con la cinta grabada
de una entrevista. ¿Por qué entrevistaba? No sabía
qué fue para mí hacer entrevistas, para mí,
que no me gustaba hablar, tan poco conversador. Abandoné
también mis colaboraciones en los diarios de provincia y
logré armar una despedida de mis remotos e invisibles lectores
en la que, no sin amargura, pergeñaba unos párrafos
sobre la inutilidad y la miseria del periodismo. No sentía
que siguiera teniendo sentido el ejercicio de una actividad que
equivalía a trazar rayas en el agua. Los asuntos no cuajaban.
Nunca se convertían en un reclamo político, en una
protesta civil, no rebotaban. Era un periodismo que se practicaba
en la unilateralidad, de aquí para allá, como lanzar
un saludo y no encontrar respuesta. Podía cualquier compañero
del periódico arriesgar su vida, investigar a fondo un reportaje,
y lanzar la denuncia. Nada sucedía. Se había entrado
en una práctica de la libertad de expresión neutralizada
por la propaganda que triunfaba en sentido contrario. La censura
era innecesaria, no venía al caso: que se publique todo lo
que sea, al fin y al cabo a nadie le importa. Podía uno publicar
una denuncia a ocho columnas, en primera plana, con fotografías
del asesino y la víctima en el momento del crimen, con testigos
oculares que daban sus nombres y se dejaban fotografiar, y el Ministerio
Público no actuaba. Era perfectamente posible documentar
un hecho, demostrarlo como si el trabajo de uno fuera el de un fiscal
o un policía, revelar zonas desconocidas de la realidad del
país, o desmontar los subterfugios con que se encubría
al autor intelectual del asesinato de un periodista, por ejemplo,
y el aparato de la justicia no entraba en funcionamiento. ¿Qué
sentido había tenido la vida de tantos reporteros eliminados
que se entregaban a una labor que, viéndolo bien, el país
no merecía? Harto del "espacio mediático"
y la "importancia" de los medios en el mundo actual, el
bombardeo de los sistemas de comunicación desde los satélites
artificiales, lo único que me fascinaba era el silencio.
Estaba
muy consciente de que este pesimismo no era nada edificante, pero
me creía con derecho al hartazgo. ¿Qué me había
metido durante tantos años en esa película? ¿Por
qué, cuándo, en qué momento de mi vida había
cometido ese error de navegación? Tenía que ponerle
un punto final e indeleble. Tenía, para sobrevivir, que salirme
de la alegoría de esa caverna de la manipulación en
la que día tras día un hecho periodístico se
consumaba, se consumía, y luego se olvidaba.
Y por si
todo esto fuera poco, Laura se había marchado para siempre.
Desapareció sin despedirse, optando por el lenguaje de los
hechos consumados, estableciendo una situación que desde
varios años atrás no encontraba su salida. En cierto
modo me reconfortó el favor que me dispensó al tomar
una decisión que debió ser compartida, pues me ponía
de nuevo en cero, en un punto de partida desde el cual nada podía
ser peor... Con estos pensamientos me vi de pronto entregando mi
boleto, de ida y sin regreso, en el mostrador de Aerocalifornia,
y minutos después entrando en el jet que me llevaría
a Mazatlán porque lo que me interesaba era aproximarme a
la península poco a poco, por mar, como lo hicieron los antiguos
navegantes de Cortés, el almirante Atondo o el padre Kino
y Sebastián Vizcaíno, ya que para mí también
era como lo fue para Jordán terra incognita,
en latín: un territorio desconocido, como cuando los neurólogos
dicen que, todavía, el cerebro es terra incognita.
Abajo quedaba el monstruo ahogado de la gran ciudad cubierta por
una nata de ácidos y gases. Sólo llevaba un maletín
con unas cuantas cosas: el rastrillo de rasurar, tres camisas, dos
pantalones, una libreta de apuntes, y un par de botas mineras.
Jordán,
en aquel pasado reconstruido o inventado por la memoria, venía
de norte a sur y yo me iría de sur a norte, en busca de su
fantasma.
Tres.
El zumbido del motor sobre la brecha dura lo hacía sentirse
parte de la máquina. Las llantas eran una extensión
de sus piernas y en cierto modo agradecía que el diseño
militar de su jeep, un willys de 1941, no hubiera incluido amortiguadores
de más juego. Le gustaba esa dureza, la incomodidad de la
lámina y la ausencia de resortes en el asiento. Descendía
por el codo de la península como los no improbables inmigrantes
de tiempos remotísimos que se encajonaron allí.
Le encandilaba
el sol, pero con el paso de las horas los rayos se iban tendiendo
hacia la costa. Veía que las barrancas y los infrecuentes
arroyos estaban formados de todo menos de tierra, más bien
de un material pétreo. Tenía que desacelerar y eludir
las biznagas, las lajas cortantes. En los tramos en que advertíanse
los senderos de los fayuqueros irrumpían, a los lados y muy
de vez en cuando, restos de automóviles calcinados y latas
de cerveza. El chasis de una troca sin rines ni puertas entre los
cirios y ya invadida por chollas y arbustos podía ser una
escultura involuntaria, perfeccionada por la intemperie y el tiempo.
A lo lejos, sobre uno de los millares de cardones que lo rodeaban
y lo amagaban como un ejército de saltimbanquis enloquecidos,
un águila quebrantahuesos lo seguía con la mirada.
Jordán
detuvo el jeep y apagó el motor. Se le echó encima
el silencio. Avanzó unos pasos para desentumecer las piernas
y por un momento abrigó la ilusión de no tener ningún
vehículo: el manto infinito de los cardones y la oquedad
que se formaba entre unos y otros lo impulsaba a caminar. Los cardones
se erguían desafiantes, retorcidos en una suerte de desesperación
ensimismada; levantaban los brazos, altivos y orgullosos de su fortaleza,
pero asimismo su actitud era de súplica, de derrota, y aun
en su soberbia no podían disimular su condición de
torturados. A manera de manos de muchos dedos en plegaria, saludaban,
imploraban al cielo.
Se sentía
nómada, al menos por un instante. La caminata hubiera sido
su única opción en otros tiempos: una marcha a cinco
kilómetros por hora, un ritmo mental distinto al que se ve
sometido alguien que conduce un jeep. Aún no anochecía.
Moviéndose entre pitahayas y torotes escogió una pequeña
hondonada arenosa para orinar: seguía con la vista las espumosas
y diminutas burbujas que eran absorbidas de inmediato por la península.
Miraba el cielo sin nubes, como si fuera el único habitante
del planeta. Siguió su caminata en cualquier dirección.
Su cuerpo le decía que aprendía a caminar. No levantaba
una pierna para después arrastrar la otra. No. Dar los primeros
pasos a los treinta años significaba dejar caer el esqueleto
y los músculos hacia adelante a fin de interrumpir la caída
con las extremidades. Cada paso equivalía a conjurar una
catástrofe. Y así se fundía en la caminata
de los gigantes nómadas ancestrales y de los franciscanos.
El cuerpo tiene tres ejes, pensó: como los aviones. Uno se
pandea hacia enfrente y atrás, o a los lados, pero también
gira: se tuerce sobre la columna que se asienta en la pelvis.
Su contacto
con el mundo, queriéndolo o no, era el jeep. Allí
estaba. Se cercioró de que los tanques extras de gasolina
no gotearan. Extrajo de una bolsa de lona una frazada y una sábana
que le bastaría para protegerse de los moscos y no del frío
porque ni siquiera en la madrugada disminuía el calor. Tomó
su libreta y reacomodó en la parte trasera del jeep las bolsas
de nylon en las que guardaba la cámara fotográfica,
los cartuchos y la brújula. No se le ocurrió sacar
la pequeña máquina de escribir y sólo abrió
la maleta de cuero para tomar, como quien recoge un gato, la muñeca
que siempre lo acompañaba en sus travesías.
Tendido
en la parte menos dura del paraje, luego de haber encendido la fogata
que ahuyentaría a los animales, garabateó algunas
notas que al menos le permitieran recordar más tarde sus
impresiones de la jornada mientras masticaba un trozo de carne seca.
Dormir,
soñar tal vez. Se le antojaba leer, pero la luz de la lámpara
de baterías atraía zancudos, moscas, hormigas voladoras,
y era mejor apagarla cuanto antes. Lo único posible era hacer
anotaciones rápidas sobre lo visto durante el día.
No hay manera, por más que he buscado la forma, de llevar
un diario. En el willys no se puede escribir y en tierra, en estos
campamentos rápidos, menos.
Las noches
son muy cortas y los días largos. Es una ventaja. Ignoro
qué haría en caso de tener noches de trece horas en
lugar de las nueve horas de estas semanas. Así, el día
me alcanza bastante bien y la oscuridad, casi toda, la paso durmiendo,
en saco de dormir, con el rifle a la mano y la lámpara. A
mi lado, Marina.
Sueños
pesados, de cansancio absoluto, y pocas veces, a no ser por el acoso
furioso de los moscos, despierto a media noche. No mantengo encendido
el fuego del campamento y los animales, si quieren, pueden acercarse
a merodear.
El suave
aroma vegetal se empalmaba, desde el sueño incipiente, con
otras declaraciones de vida del desierto, el zumbido de los insectos,
el nervioso acecho de las lagartijas. A medida que la oscuridad
se adaptaba a los ojos, fue cuajándose el cielo sin nubes.
Jordán pudo discernir entonces las siete estrellas de la
Osa Mayor. Sabía que contando cinco veces el espacio de las
dos que coronaban el grupo su trayectoria conducía, en recta,
a la estrella Polar.
Cuatro.
No podía
acostumbrarme a vivir fuera de las redacciones. Extrañaba
el rumor de las máquinas de escribir, el ruido de los teléfonos,
el olor de la tinta cuando bajábamos a la imprenta en la
madrugada para cotejar la prueba de agua de la primera plana, los
linotipos callados, el plomo fundido. Había respirado ese
ambiente durante muchísimos años y mi ritmo biológico
era como el de los mariachis o las cabareteras: me acostaba a las
tres o cuatro de la mañana, me levantaba no antes de las
doce, y ahora tenía que ir cambiando mi horario. Detestaba
las mañanas. Como un jubilado prematuro o un alma en pena,
me asomaba a los cafés y prefería leer un libro más
que los periódicos. La renuncia no sólo suponía
una interrupción laboral y el ocio de los días alargados.
También representaba una inmersión en la nada, un
punto de partida tardío hacia ninguna parte. Y además,
para completar el cuadro, debía asimilarla a esa condición
esquizoide que comporta el quedarse sin pareja.
Me trasladé
a un departamento atiborrado de libros, pilas de periódicos
y revistas, que un día habrían de caérseme
encima y asfixiarme. Intentaba escribir. Traducía un cuento.
Copiaba literalmente en mi máquina historias ajenas, en un
afán de encontrar un tono personal, una escritura distinta
a la del lenguaje periodístico. Pero ese tipo de tarea había
dejado de ser un hábito desde muchos años atrás;
ya no estaba incorporada a mi actividad cotidiana. Cualquier cosa
me distraía. El primer impulso era salir a comprar los periódicos
e invertir en su lectura las horas de la mañana en que tenía
más energía y la mente despejada. Los leía,
sin embargo, muy por encima o no los abría. En los días
que vinieron después logré prescindir de la información,
al fin. Pasaba por los puestos de periódicos sin mirarlos,
no indiferente al mundo o a lo que le sucedía al prójimo
en otros lugares. Me interesaba más bien experimentar ese
alejamiento, enterarme de las cosas por conversaciones, ver cómo
el flujo de los días se me daba sin la intermediación
de la prensa abrumadora. Y empezaba a haber un cambio, efectivamente;
el pensamiento se me iba por otros rumbos y eso me gustaba.
Lo
que tú has hecho es reunir en una sola cosa tu vocación
y tu adicción le decía a Pablo, por decirle
algo, por poner en juego una idea. Nos acabábamos de encontrar
en un café de Insurgentes Sur y empezaba a mostrarme unas
fotografías.
Nunca
lo había pensado.
Si
uno pudiera escoger sus adicciones sería maravilloso añadí.
Como Kafka o Joseph Conrad, que sólo no escribían
cuando estaban dormidos. Piensa en la cantidad de cartas que mandaba
Kafka. Era una especie de grafómano. Le aburría todo
lo que no fuera literatura. Mi adicción ha sido perder el
tiempo, pero supongo que es una manera de ser. No me clavo en nada.
No
es que no te concentres.
Me
han dicho que uno se dedica a lo que puede, según su modo
de organizarse. Hay trabajos de atención dispersa, como la
de los meseros y los periodistas. Están en todo y al mismo
tiempo no están en nada le decía mientras él
sacaba fotos de un sobre manila: unos vaqueros en la sierra, unas
cuevas, y yo pensaba en Fernando Jordán, que antes de los
treinta y seis años ya tenía material como para tres
libros. También había juntado las dos cosas, su adicción
y su oficio: el placer del viaje y la escritura. Pero algo había
en el trabajo de la mera transcripción literal que lo hundía:
un sentimiento de pasividad estéril.
Aquí
están los serranos me decía Pablo y me pasaba
otras imágenes en negro y blanco y otras en color.
Las pinturas si las quieres fotografiar bien tienes que mojarlas
un poco, para que salten los colores, que son muy tenues. Viven
en la sierra de San Francisco, de donde se va a las rupestres. Muchos
trabajan como guías y parecen seguir viviendo en el siglo
XVIII. Allí están desde entonces, llegaron, bueno:
sus antepasados, con los soldados y herreros españoles que
anduvieron en la península acompañando a los misioneros.
No eran
confusas las imágenes de las cuevas. Tenían movimiento.
Eran escenas de cacería o de bailes rituales. O al menos
eso era lo que sugerían: venados atravesados por lanzas y
cayéndose, una figura como de zopilote o murciélago,
levantando el vuelo. Y luego una hilera de hombres y mujeres que
se superponían.
Parecen
cuadros de Tamayo le dije. Fíjate cómo
hay tonos violetas y ocres.
Me
encantó andar allá.
En eso
estábamos cuando compareció ante nuestra mesa un personaje
cuarentón y pelón. El hombre de la cabeza rapada,
dije para mis adentros. Venía, como deduje de inmediato,
a una cita de trabajo. Pablo nos presentó y se pusieron a
ver las fotos. Nicolás Rosenblueth, así se llamaba
el compañero, veía fascinado las imágenes que
le iba mostrando el fotógrafo.
A
esto hay que darle vida comentó Rosenblueth.
Hay que ponerlas en movimiento. ¿Usted también hace
cine?
No,
no. Sólo soy amigo de Pablo.
¿Cómo
me dijo que se llama?
Julio,
Julio Bocachueca.
Nicolás
Rosenblueth también venía armado. Abrió una
libreta grande de contabilidad repleta de textos y dibujos encuadrados:
cada página era un mundo de enigmas. Seres desolados, en
un rito, en una fiesta infeliz de cacería. Venados, borregos,
unas aves en caída, águilas o zopilotes, tal vez murciélagos,
unas siluetas apenas, en acuarela, y textos: frases escritas a mano,
encuadres. Anotaba una idea y luego el emplazamiento de la cámara.
Vistas desde abajo, las figuras de brazos extendidos se superponían
unas sobre otras en un ambiente aéreo y desolado. Una especie
de pelícano o vampiro descomunal parecía revolotear;
aleteaba cuidándose de no chocar con el techo de la gruta.
Páginas más adelante unos gigantes estirados grababan
ballenas en el cielo o bien unos hombres desnudos, más pequeños,
se montaban en unos andamios y, recostados, picaban la roca trazando
una serpiente y unos cuernos.
Ah,
ésta está muy bien dijo Rosenblueth, pasando
la vista a otra de las fotografías. Pero las pinturas
no hablan. No se puede hacer una película sobre cosas. Las
piedras no hablan.
¿Cómo
va el guión? dijo Pablo.
¿Cuál
guión? Apenas unos apuntes. No les gusta la historia. Mejor
dicho, no tenemos ninguna historia. Y no quieren un documental turístico.
Estamos en cero.
¿Y
qué pasa con los serranos?
Allí
están desde hace siglos.
La
Baja es un infierno. No hay agua. Es una península de piedra
me dio por comentar, sin que nadie solicitara mi opinión.
Necesitamos
cualquier pretexto siguió diciendo Rosenblueth, excluyéndome.
El caso es mostrar las pinturas, aunque sea como telón de
fondo.
Hubo una
pausa. Siguieron en silencio examinando sus materiales: paisajes
del desierto, montañas, pitahayas, nopales, el mar.
Se
puede empezar por cualquier cosa dijo Pablo.
De pronto,
cuando ya mi atención estaba puesta en otras cosas, no recuerdo
cuáles (pero yo ya me había ido), Rosenblueth se volvió
hacia mí:
¿Y
usted, qué piensa?
Yo...
nada. No es mi campo contesté. Yo sólo
sé hacer reportajes.
Me
tengo que ir dijo Pablo, llamando al mesero.
Nos retiramos
los tres del café. Pablo se despidió mientras Rosenblueth
y yo nos acompañamos un tramo por Insurgentes.
A
Jordán le fascinaba la Baja le dije. Se enamoró
de la península y la península se lo tragó.
Lo mismo que el coronel Lawrence en el desierto. Se pasa una noche
meditando, resolviendo un problema. Un embrujo. Pero tal vez a usted
no le diga nada el personaje. Eso sucedió hace muchos años.
¿Jordán?
Sí.
Fue el que dio a conocer la existencia de las rupestres en un reportaje
de 1949. Se topó con ellas, una vez que estaba en un hotel
de Santa Rosalía. Pero nunca dijo que las hubiera descubierto
porque algunos misioneros jesuitas las mencionaban ya en sus crónicas.
Antropólogo, anduvo por Chiapas y Chihuahua.
Escríbalo
usted. Hágame un apunte. En unas cuantas hojas dijo
Rosenblueth.
Nunca
he escrito un guión.
Hágalo
como un reportaje imaginario. Una línea argumental.
Yo
siempre he pensado con palabras; me fijo mucho, demasiado, en las
palabras. No es mi oficio.
Yo
le pongo lo demás. Yo pienso en imágenes. Empiece
por donde sea. Cualquier principio es bueno.
No
sé. No sé qué es lo que sigue de una escena
a otra.
En
eso me especializo yo me animó Rosenblueth. Yo
le voy diciendo qué es lo que sigue. Una escena da pie a
otra. Pero las rocas pintadas tienen que estar muy presentes. La
película trata de las rupestres. El personaje de Jordán
no importaría mucho.
Hay
una imagen que me atrae mucho: la de un piloto amigo suyo que baja
en un avión caza en las playas a recoger los reportajes,
los rollos de película; le trae noticias del país,
verduras, toronjas, su correspondencia; recoge los artículos
que Jordán va escribiendo en su maquinita y los rollos de
película. Para enviarlos a México, a la revista en
que colaboraba Jordán.
De una
manera vaga, no sé si más por cortesía que
por interés, Rosenblueth comentó:
Podría
ser, Julio.
Jordán
se fue a campo traviesa, en un jeep del ejército norteamericano.
Escríbelo.
Dilatando
la despedida, añadí:
Viajaba
con una muñeca pero Nicolás ya no alcanzó
a oírme.
Cinco.
El jeep descendía por una larga pendiente rumbo a Santa Rosalía,
de este a oeste, del Pacífico al Mar de Cortés. Era
tan largo el descenso que Jordán apagó el motor y
se dejó ir, por inercia. Se sentía transportado, pasivo,
su única voluntad estaba en la mano y sobre el volante. Pero
eso no significaba el silencio. Los deslaves se habían comido
totalmente la brecha dejando hoyancos donde en tiempos remotísimos
hubo una especie de camino. Se adelantaba a vuelta de rueda, luchando
con el volante para evitar las zanjas y las piedras que golpeaban
el cárter a cada metro. Reencendió el motor. La parte
trasera se arrastraba y el jeep se estremecía tanto que Jordán
sospechaba que no llegaría a ninguna parte.
Había
visto horas atrás las salinas, un manto blanco, muy lejos,
donde se evaporaba una laguna. Sal, salario, pensó: a los
esclavos romanos les pagaban con una bolsita de sal. ¿Qué
tal si ahora atravesara una colina de nieve, como los jepps que
en ese tiempo servían en la guerra de Corea? El suyo lo había
adquirido en San Diego, por 150 dólares que ella, Marina,
desembolsó. Era su regalo. Lo habían escogido en un
lote del Army Surplus, entre cientos de máquinas desechadas
de las islas del Pacífico, alineadas junto a tanques y lanchas
torpederas. También se hizo de una pequeña tienda
de campaña y de un par de cantimploras. Se trajo rodando
el willys hasta Ensenada con la capota encima para que no los vieran.
Marina dormitaba a su lado. Ni siquiera un día completo pudieron
compartir. Así había sido siempre. Se encontraban
por momentos en alguna playa, nerviosos, tensos, conscientes de
que muy difícilmente podrían verse otra vez.
Las afiladas
lajas de la brecha transpeninsular lo fijaban en una velocidad cautelosa
que le hacían temer la inminente falta de combustible. De
nuevo comparecían aquí y allá, entre arenales
y atascaderos, restos de automóviles calcinados, latas de
cerveza, llantas abandonadas y rines inservibles. Entre rastrojos
rodados por el viento indiscernibles zorros cruzaban el camino,
asustados por el ruido del motor, ¿o eran liebres, ratas
del desierto? No había manera de dar un paso atrás.
Prosiguió entre baches y cauces secos de arroyuelos, cuando
mucho a veinte kilómetros por hora. La columna vertebral
de la península iba perdiendo altura a medida que progresaba
hacia el sur. Cuando muy al final de la pendiente asomó un
grupo de palmas datileras, indicio de una probable ranchería,
entró en un tramo pavimentado. Y empezó a acelerar
poco a poco. La aguja del velocímetro rebasó las setenta
millas y seguía girando de un número a otro. Como
salido de la nada o del polvo, de la reverberación del sol
que espejeaba un incierto vapor, un grupo de vacas se dispersaba
sin reconocer límites entre los huizaches y la cinta de asfalto.
Algunas bestias enclenques y sedientas, entre las que se confundía
una mula, se detenían y cruzaban la carretera. Fue disminuyendo
la velocidad, pero no mucho. Metió a fondo el acelerador
aumentándola, cerrando los ojos, como si el destino le hubiera
puesto allí el equivalente de una ruleta rusa. Aceleraba
cada vez más a ciegas lanzando el jeep contra las vacas,
se iba clavando sobre la masa de animales pero al llegar al punto
de colisión y al abrir los ojos las vacas ya estaban al otro
lado del camino.
Seis.
Hice un trazo provisional de la historia en tres partes. El escenario,
en principio, no era tan atractivo como podrían hacerlo parecer
los colores de la mejor fotografía; de hecho no tenía
nada de hospitalario. Una vez allí, el viajero habría
de enfrentar el bochorno y la sequedad del prolongado verano, las
playas ardientes, los ataques de los mosquitos. Un territorio de
piedras muy quebradas. Mi propuesta de guión no aspiraba
a atenuar el enigma de las pinturas. Todo lo contrario. Su misterio
correspondería a la borrosa vicisitud de Jordán. El
problema radicaba en que las imágenes tendrían que
prevalecer sobre las palabras y en evitar que la historia de Jordán
opacara el papel protagónico de las rupestres. De aquella
desolación prehistórica hombres y mujeres invocando
al cielo entre animales acribillados debía desprenderse
un silencio en el que todo quedara implícito, soslayando
las explicaciones y lo que discurría en la mente de los personajes.
Porque el alma de los dibujos y las rocas sólo podría
adivinarse.
Ciertamente
me seducía la idea de meter a Jordán en el guión
de las rupestres, que para mí apenas asomarían como
trasfondo, pero cuando le llevé a Nicolás el primer
tratamiento el esbozo de una idea, mejor dicho se mostró
muy escéptico, creándome la sensación de que
hablábamos lenguajes distintos. No era para menos. Mi campo
no era el del cine. A mí lo que me gustaba era que el argumento
se fuera de un lado a otro, sin ruta, de aquí para allá,
sin progresión, mientras que Nicolás quería
una anécdota muy bien construida, en la que una escena diera
pie a otra, muy bien enlazadas, como si la vida procediera de causa
a efecto y no en forma desordenada. Lo que a mí me importaba
era el efecto de conjunto, al final, y de ser posible conmover un
poco.
No
sé si este conflicto con los serranos nos relaciona bien
con las pinturas, que no pasan de estar atrás.
Sólo
hay que ajustar algunas cosas.
Es
que necesito ver los lugares.
Entre
la gente de su oficio no se acostumbraba que el escritor hiciera
una exploración de los escenarios sino que se concentrara
en una cierta trayectoria argumental, válida para cualquier
parte. Nicolás lo sabía mucho mejor que yo, pero accedió
a que nos viéramos días más tarde en Loreto.
Tal vez el ambiente físico de la península, y sobre
todo el aislamiento del resto del país, pudiera servirnos
de clave para discernir el sentido de nuestra historia. Sin embargo,
ya desde entonces empecé a tener la sensación de que
Nicolás descreía de la inclusión de Jordán
en la película. No se entusiasmaba. Le parecía demasiado
forzada y no me costaba ningún trabajo entenderlo; para él
Jordán carecía de la significación que yo,
por motivos relacionados más bien con mi propia vida, le
atribuía. Me adelantó vagamente que estaba pensando
mejor en un artista instalador, alguien menos verbal (¿por
qué desconfiaba tanto de las palabras?), un ser menos discursivo
y menos consciente de sí mismo: un pintor más obsesionado
con las formas y los colores de las rupestres, espectador de sí
mismo y de su obra efímera que incendiaría su jeep
y forraría de telas multicolores los cardones y los cirios.
La idea
no era del todo extravagante. En primer lugar porque el relato podría
ser menos realista y moverse con más libertad, incluso con
una mayor locura, no con las cortapisas que impone la referencia
a un ser humano concreto: los límites de su biografía,
el derecho a su propia verdad, el respeto a su nombre. Un planteamiento
así, el de un personaje totalmente imaginario, me daría
a mí la oportunidad de moverme en los espacios de una demencia
plausible, la que sin ninguna justificación aceptaría
con naturalidad encuentros del personaje con seres inventados o
rescatados de sus tumbas. El pintor se toparía de pronto
con un jesuita de hábito y huaraches, un fantasma de Juan
Jacobo Baegert esquivando los huizaches de San Luis Gonzaga a Comondú.
Esto hay que verlo con los ojos del alma, se diría el pintor
cuando Baegert le pedía un poco de agua. Otras apariciones
irían abonando la pesadilla.
Podría
encontrarse con una mujer salida de la nada. Un ser devastado por
el amor, entregada a la muerte que pueden cumplir, más pronto
que tarde, el sol y la inanición. La mujer, que llevaba un
vestido de algodón ligero, hindú, aparecería
en la distancia. Poco a poco se definiría su figura. El pintor,
en cuclillas alrededor de las lajas que acomodaba, la vería
aproximarse. La mujer volvía de la sierra, exhausta, con
el estómago pegado, sin haber dormido bien ni haber comido
durante días. Se había ido a morir en las cuevas de
las pinturas y sólo se había llevado un frasco de
miel y una bolsita de polen. Un chofer de taxi de Mulegé
la había encaminado hasta las faldas de la sierra.
________________________
* Fragmento de Traspeninsular, novela de próxima
aparición en la editorial Joaquín Mortiz
campbellquir@yahoo.com
Federico
Campbell, "El imperio del adios", Fractal
n°10, julio-septirmbre,
1998, año 3, volumen III, pp. 101-118.
|