¡Ya dura demasiado tu férula conmigo,
desde tu negra nube, deidad de la centuria!
Me desuela y alarma ya cuanto me rodea,
y todo lo que miro titila y se deshace.
He solido bajar los ojos, como un niño,
buscando la caverna que de ti me proteja,
cual si pudiera tímido topar con un paraje
donde no penetrase tu fuerza convulsiva.
¡Déjame que te vea por fin de frente, Padre!
¿No fuiste acaso tú quien al principio
desentraño mi mente con su rayo? ¿No fuiste
gloriosa causa de mi vida, Padre?
Sí, de las viñas jóvenes nos llega un vigor sacro;
y en el aire suave, cuando tranquilos vagan
los mortales, un dios refulge por el bosque;
pero tú soberano sin duda compareces
a despertar la prístina juventud, y enseñar
a los viejos las lúcidas artes; sólo el mezquino
se vuelve dos mezquinos y pronto se consume
al ceñirlo tu garra, señor de las rupturas.
Jaime García Terrés , "El espíritu del tiempo", Revista diagonales, número 3, México, 1987, p. 17.