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Zeus inventa la historia cuando vence
a su padre el Tiempo, que había vencido a su padre el Cielo. Se encuentra
en el centro de la mitología, pues pertenece a la segunda generación
divina: dioses hijos de dioses sin mezcla; da igualmente lugar a la moderna
teología de Occidente, ya que es la divinidad mayor y el padre de las
últimas grandes deidades (Apolo, Afrodita, Atenea, Ares, Dionisios)
y de un gran número de las divinidades posteriores (Heracles, Hermes,
Helena, las Musas, los Dióscuros, Perséfone). Pero da origen
también, junto con la mitología y la teología, a los
héroes, a la historia. Es el protector de nuestras ciudades, gobierna
los cuerpos celestes, las leyes del mundo son sus pensamientos, pronuncia
oráculos y castiga a quien no cumple los juramentos ni las leyes sagradas
de la hospitalidad. Es el fundador del Mundo, que desde entonces, desde Él,
llamamos mundo teogónico moderno. Al morir, al dispersarse su cuerpo
y volverse cosmos, se vuelve para nosotros Historia Universal. Dentro de ella
está la vida, hecha de tiempo. El inicial acto que fue vencer a su
padre representa el triunfo del pensamiento sobre el caos; el establecimiento
de las coordenadas humanas; la derrota de las fuerzas tenebrosas y omnidevorantes,
como el autofágico tiempo, gracias a una luz (occidental) poderosa
y triunfante. El rayo es de Zeus.
Su majestad está hecha de compasión, la más inmensa compasión
conocida por los tiempos. Lejos de ser indiferente, experimenta dolor ante
el sufrimiento humano, pero enseña a los hombres que el verdadero conocimiento
no se obtiene sin dolor. Es el verdadero "Padre de los dioses y de los
hombres", como lo llama Homero. Zeus es la criatura sacrificial de occidente.
Es el Dios que ha muerto. Es la historia. En su lucha contra el poder nefando
qué lo devora todo sin rehacerlo, hay un brebaje: repulsivo pero no
complicado, sal y mostaza con vino dulce. Cronos, ya se intuye, vomita los
gérmenes de su destrucción, sus hijos, a los cuales había
devorado en el temor de que uno de ellos lo derrotara introduciendo el sentido,
el destino. De su boca renace su progenie devorada por él primeramente,
'antes', como acto antecesor de nuestro origen. Estas acciones son ancestrales
del ser humano, por entonces aún no emparentado con los dioses. Semejante
desacato comienza con Zeus, el cual, gracias a su infinita lujuria, puebla
el cielo y la tierra seduciendo tanto a mujeres como a diosas. Al ser advertido
por su madre Rea sobre los peligros de su concupiscencia, se arroja sobre
ella con el propósito de violarla; Rea logra escapar convirtiéndose
en serpiente; él se vuelve rápidamente una serpiente macho y
la posee: nuestra historia es a veces parecida a un maravilloso Don Juan,
el fáustico 'novio' del mundo. Por eso también una de nuestras
figuras definitorias es "El hombre contra el tiempo", figura que
nos hace héroes: sabemos que el tiempo nos va a matar, pero sabemos
también que no cambiaríamos nuestro sino escogiendo un no morir
que nos apartara de la condición de todo cuanto existe. De nuevo una
figura -escultura, torso similar a la de Homero; "Los dientes, cerco
de la historia". Y del canto: una preceptiva también homérica
decreta el fin de la edad del canto en el instante en que el hombre pierde
la dentadura. Breve es la vida del cantar, cantores.
No olvidemos que Cronos jamás gozó de buena opinión entre
los griegos, quienes lo vieron siempre como un malvado. Hesíodo, en
la Teogonía, recuerda que, después de sus hermanos, "Nació
Cronos -el más joven-, de mente retorcida, el más terrible de
los hijos (de la Tierra y el Cielo) y se llenó de un odio intenso hacia
su padre". Toda ciencia, reminiscencia. ¿Por qué vías
pueden los seres humanos avizorar tales 'problemas de familia'?(1)
La historia, la criatura por esencia. En el enorme volumen de su ser acontecen
los caudales del pensar -pensar el origen, el tiempo, pensar sobre los pensamientos
del pensar-; los hechos del tiempo son reales porque son históricos,
porque acontecieron en ese instante determinado con respecto a todo el antes
y al después, su realidad cronológica pone en movimiento al
organismo entero de la criatura histórica. Criatura cuyo aliento es
tiempo. Todo en ella está hecho de él. Pero es en ella donde
nacen y mueren los dioses. Todos los objetos de la percepción son datos
que la revelan, todo hecho es síndrome de su realidad. Que no se manifiesta
completa en ninguna de las figuras que la expresan, ni siquiera en aquellas
que sabemos que rebasan los límites del tiempo -las divinidades-, no
se manifiesta en determinadas razas o épocas, sino toda, diferente
en todo tiempo. Ese corte en el nudo de la temporalidad que realiza Zeus-la-historia
propicia igualmente al hombre el acceso a una dimensión que es a la
vez redentora y posibilitadora del gesto y la gesta históricos: la
dimensión del arte. No sólo porque la obra histórica
sea, como es, una operación eminentemente artística ejecutada
bajo la tutela de una de las hijas de Mnemosine, sino porque ese gesto omnipotente
que establece los límites al tiempo es la expresión de un sentido
y una forma que no se dan en el puro universo óntico: el hombre trasciende
la naturaleza hacia la historia. Los hechos de que se -forma no son un precipitarse
incesante hacia un progreso, son la progresión perenne, similar a la
que Goethe aplicaba a la vida in acto: "lo que importa en la vida es
la vida, y no un resultado de la vida", es decir un impulso que va hacia
sí y en sí mismo se cumple.
"Aquí se construye contra el tiempo", dice la leyenda en
el frontispicio de esta edificación que terminará por ser idéntica
al universo concebible, seguirá viva y estará siempre y sólo
hecha de tiempo. No terminará jamás.
El ser histórico es, el no-ser histórico no es. Y no hay que
temer inmovilidad clásica alguna, ella se mueve y cambia sin cesar;
muere y se rehace de su muerte, pues ella y sólo ella está hecha
de ambos. Es erotanática.
Y ahora es preciso decir que la historia es una sustancia. Sabemos que hay
pensamiento -"El intelecto, tan viejo como el mundo (Goethe)-, que hay
un incesante preguntar sobre el ser de toda cosa existente, y que no es distinto
sino idéntico a la cosa en sí. Una pregunta es su respuesta.
Filosofar es atender a una multiplicidad de interrogantes enemigas a soluciones
contradictorias de idénticos problemas. La multiforme historia universal,
es el universo entendido corno la criatura narrable única, contiene
todas las respuestas, las verdades, que a veces son mentiras, en otro lugar,
en otro apéndice de ese organismo incesante, infinito e inmortal. Criatura
nuestra de la que somos criaturas. Creatura creaturata. Las infinitas capas
de tiempo, como las múltiples capas geológicas o las conformaciones
estelares, o humanas, edifican su rostro insondable:
Los Sasánidas, a quienes cuesta olvidar, los Vedas y sus virtudes,
los Mutazilitas, de ilustres vicios, el resplandeciente imperio de Axurn,
la sangrienta época micénica, y la dinastía Shang, que
engendró a los Olmecas, los ásperos Druidas, los Hicsos, de
peor soñar, y los Selcúcidas, no Selyúcidas, la Dinastía
Han, "Esa gente de Washington", los oscuros Tinitas, los andróginos
de todas partes, y los belicosos Omeidas, u Omeyas, u Omniadas, que siempre
fueron menos que los Abasidas, los elegantes Mayas, y los inelegantes y aburridos
Lacedemonios, la solemne procesión de dinastías egipcias, los
bromistas carpetovetónicos, los estetas Estados del Renacimiento, ¡los
Hoplitas, hombre, los Lapitas!, y los Dóricos, y otros no tanto. Substancia
del mundo. Evolución pura, engendramiento de formas, creación,
arte. Los medios de su realización son la precisa fantasía sensible,
la intuición, el conocimiento, la ponderación, la analogía,
el sentimiento, la reflexión, todo, menos el olvido. Y todo ello a
partir, si se quiere, de una hoja, de un filamento, "de una apenas caricia"
para encontrar la forma del destino de la cosa manifestada. El universo es
un vasto animal cuya estructura y funciones están reflejadas y contenidas
en cuanta ínfima hierba se mueve, todos cuyos animales la repiten y
somos su símbolo, expresión de Su indecible aspecto. La tierra
tiembla, el animal se agita. Nuestras emociones son emanaciones de su emoción.
Se llama historia universal, es la concreción pura: ideal y material;
un nosotros, un individuo concreto. Criaturas primogénitas y fluentes
de la historia: La Antigüedad, el Paleolítico, el Renacimiento,
la Edad de Oro, la Grecia Clásica, la Edad Moderna, las Eras Americanas,
Oriente, estados orgánicos del ser histórico, formidables Personas
del tiempo. ¿Y tú, errante peregrino de Occidente, conciencia
encarnada, hecha, como Cristo, historia, que adoras cuanto fue, es y será
y le das el nombre de vida que vence -y es deseable- a la muerte?
¡Biografía del Mundo! Es entender a Apolo y Dionisos bajo la
misma contenida línea, contar los hechos de Huitzilopochtli y Gilgamesh
como avatares de un idéntico héroe, expresar con iguales elementos
la desventura del triunfo y la gloria del fracaso. ¿Sería la
columna dórica el modelo constante de semejante empresa? La columna,
ese "presente puro", que Goethe tanto admiraba en las manifestaciones
de la vida antigua. A mí me basta que parezca contener las imposibles
líneas que modelan el ascendit, el silencio, la armonía, el
no saber sabiendo, la proporción, el vacío, y el Número
de los números (¿es eterno el número?). Contiene también,
no expresado, su inexistente contrario. El universo es una columna (dórica).
Es una integración central de significados en el instante de manifestar
la unidad del todo. Una creación sin dialéctica. El hombre,
en su infinito y protector no saber, pierde todo y primero los modelos, olvida
que es imitación de la columna. La forma histórica es "más"
que el tiempo, ya que lo contiene; grave ignorancia pensar lo contrario. La
duración no es un ingrediente del tiempo, es una necesidad o contingencia
de la forma histórica. El espacio, o el sentimiento de él, es
tal mientras el relato(2) lo requiera. Lo que dura está hecho de tiempo,
pero dura no en él, sino en la historia, en "lo que se cuenta"
y contiene los significatidos, la forma del destino. El contenido trascendente
del relato, el canto, hace que el relato permanezca en la memoria después
del tiempo de su duración. Otro triunfo, y no el menor, sobre el estólido
tiempo: memoria y canto.
¡Y los granos de arena! ¿Cómo olvidarlos? ¿Cómo
se tendría en pie el Zigurath sin el más ínfimo de ellos
en su lugar exacto, en su concreto lugar entre otros que son como él
pero no son él? Piénsalo, eres tú, te necesita. Arena
habemus. Desintegración e integración, asuntos de la arena.
Esta imagen exige de la filosofía la imagen de una beata atomicidad.
Cualquiera de las arenas, como la imagen de los hechos mayormente fundadores
de la historia, ocupan una posición semejante, igualmente ponderadas
en nuestra representación del mundo, queremos identificarnos y ser
los mismos. Hechos o granos de arena (sabemos que somos ellos y que no aceptaríamos
ser otros). Atomistas épicos.
Reflexionar la historia es, de todas formas, filosofar. Las ideas, que trascienden
de suyo a toda contingencia temporal, mueren incesantemente en su ser contra
el tiempo, pero viven en la extensión infinita de la historia. Desaparecen
en el tiempo, pero viven en la eterna reflexión. Igual que las deidades
que adoramos y mueren y seguimos adorando. La inmortalidad que atañe
a toda cosa de este mundo es ilusoria porque el mundo es finito, es una ilusión:
saber eso es el gran saber de Oriente. Pero a nosotros nos mata, más
que el morir, el no saber. Occidente sabe que no sabe. Sabe también
que ese saber no "sirve", que no hay un saber mayor al no saber,
al "no saber sabiendo". ¿Es la sapiencia de su no saber la
que le confiere su carácter triunfante al ser expansivo occidental?
¿Es imperial el impulso de la luz de Oeste? Los imperios de Oriente
se estremecen desde sus profundos y fastuosos yacimientos y reclaman primacías
sin fin. Una noción semejante de la historia occidental, de Occidente
entendido como historia en marcha puede, ciertamente, convertirse en una negación
del Imperio que es nuestro ser en el mundo y precipitarse hacia un estólido
evolucionismo, puede llevar a innumerables desviaciones culturales y catástrofes
sociales, volcarse en un caudal tributario de toda forma de imperialismo,
que es el principio de la petrificación de las formas inventivas -míticas-,
humanas. Desnaturaliza al hombre al engendrar el ámbito y la configuración
de la plebe, terrible degradación de los imperialismos 'imperiales'
y sociales; destruye la potencia originaria de la visión y la armonía
orgánica de los conjuntos, de la tribu, en el sentido de entidad receptora
y emisora del verbo, imagen simultánea de la humanidad y de la persona.
Mata a las deidades, a lo que no debe ser destruido, sin dar 'tiempo' a que
esas deidades, que desaparecerán como toda cosa viviente, mueran; y
que si mueren como cosa viviente y no matada resucitarán como forma
re-integrante, reengendrada en sí, eleusina, agrícola. El imperialismo,
la categorización inmutable, el sentido de la apropiación, la
expansión y el dominio externos, la usura, conducen al deicidio. Al
contrario del imperio, que es interior y deificador. Las culturas, y no hay
culturas pequeñas o 'menores' (Cf. Dumézil, Levy-Straus, Eliade),
se arruinan sin su dios propio, personal. Aquellos que hablan de la muerte
de Dios, Hölderlin, Nietzsche, Freud, no lo han matado, son sus héroes:
descubrieron el crimen, viven el infinito e infinitesimal dolor de que el
universo de lo suprarreal, la sobrenaturaleza sensible, carezca ya de sentido
entre los hombres.
Un pensamiento es todos los pensamientos, así como una criatura es
todas las criaturas, que la hacen y dependen de ella. Si una muere -o sufre-,
dice Dostoiewsky, el universo entero se estremece y se ve obligado a modificar
su rumbo. Si una sola se vulnera o degrada, deja de intensificarse; el horizonte
y el sentimiento de la vida. Nacemos, moriremos. Pero no nacemos 'para' el
morir, nacemos para estar vivos y realizar, con la misteriosa vida, el sentido
"de lo que se trata", de la Commedia del Yo, del Mundo, escenario
incesante donde vivir es crear "y crear comprometerse en una eternidad
de historia" (Perse). Semejante representación erige una Figura
irrepresentable: la del alma encarnada. La figura que traduzca la necesidad
de que el alma se vuelva cuerpo y destino es inmostrable (pero lo es dentro
de la historia). No obstante, la metahistoria podría contarse así:
Todo acto del mundo expresa una cuestión del alma. Todo acto es a la
vez su ser concreto, objeto, y su ser simbólico, "representante
de". La encarnación parece entenderse siempre como una Caída,
El amor salva al alma; pero también la pierde si el alma se 'apega'
en exceso al objeto del amor, que suele ser elección más constante.
¿Por qué el alma quiere o tiene que venir a salvarse o perderse
en aras del amor aquí?¿'Falló' allá? ¿Debe
en el allá concentrarse el entendimiento arqueológico de nuestra
historia? ¿O bien es un juego regocijante y nupcial con el cuerpo y
el alma sólo quiere?
Entonces, ¿cuanto te ocurre está prefijado? Sí, es el
Destino. Tu destino, tu límite, es más que tú mismo.
Tu acatamiento, sólo él, te podrá hacer 'superarlo',
que quiere decir, sólo, volverlo limitado y 'ejemplar', para qué
querrías ser superior a tu propio sino, tú, que como sabes,
no sabes nada?. Y no obstante lo que te ocurre a ti es único, te ocurre
a ti y a nadie, a todo, a la metáfora del ser, a su Figura. No pidas
libertad en el instante de escoger la libertad. La libertad es un concepto
del viento: atañe al tiempo, a lo que no es, a lo que no se predica.
Libertad es la fuente de la elección. Tú escoge el sometimiento
de escoger lo libre. El amor no quiere determinada forma pero rechaza forma
alguna. El amor existe al volverse historia, en el instante en que el tiempo
se hace carne, muere y adquiere sentido. Una eternidad que significa por el
hecho de encarnarse en una criatura efímera, al volverse por obra del
principio y del fin, del nacimiento y de la muerte, una entidad que será
narrada, hecho significante enmedio del vacío y ciego tiempo sin sentido.
La existencia humana es una historia hecha de relatos, de ínfimos aconteceres,
de incidencias insólitas que le dan sentido al relato mayor, al existir
del tiempo histórico, matriz de 'las cosas que pasan'. La historia,
clave del tiempo. Los seres humanos, hechos de la misma sustancia -tiempo-
develan el oculto sentido de su ser criaturas mortales al ser contados como
sujetos de un drama cuyos trágicos presupuestos tendrán que
ser asumidos por cada cual. Esa asunción, sumisión, es análoga
a la que acontece cuando sometemos al amor y descubrimos enseguida que todo
amor es amor por la trascendencia. La historia misterio. No hay devenir, hay
ser. Como el cosmos para los griegos: un universo que no está siendo,
sino que es.
Notas
(1) En el orfismo Cronos aparece
liberado de las cadenas que Zeus le había impuesto y se muestra reconciliado
con él, morando en las Islas de los Bienaventurados. Esta reconciliación
lo contempla como un rey bueno, el primero que hubo reinado en el cielo y
la tierra. Cuando se pervirtieron los hombres y se degradaron en bronce o
hierro (nosotros), Cronos volvió al cielo.
(2) Relato, indefinida forma de las formas. ("La forma es naturaleza
está hecho de tiempo, pero dura no en él, sino en la historia,
en "lo que se cuenta" y contiene los significados, la forma del
destino. El contenido trascendente del relato, el canto, hace que el relato
permanezca en la memoria después del tiempo de su duración.
Otro triunfo y no el menor, sobre el estólido tiempo: memoria y canto.
¡Y los granos de arenal ¿Cómo olvidarlos? ¿Cómo
se tendría en pie el Zigurath sin el más ínfimo de ellos
en su lugar exacto, en su concreto lugar entre los otros que son como él
pero no son él? Piénsalo, eres tú, te necesita. Arena
habemus, Desintegración e integración, asuntos de la arena.
Esta imagen exige más de lo que es la materia, ya que es una cosa que
se dice que es lo que es en acto..." Arist6teles). Lo que se expresa.
Luego, lo que es luego, lo que desaparece. Todo decae y se trasmuta en formas
que no son tan distintas.
Al final queda un "decíamos ayer" o "hubo una vez"
y todo lo entendemos. ¿Alguien quiere saber por qué? Que sepa.
Esa es la respuesta. ¿Y qué sabe el que sabe? Relatar es transferir,
es remitir a un incesante decir que dice que el principio fue dicho. Es Verbo
que dicta; que algunas veces, bajo las máscaras del tiempo, semeja
un demonio que nos dice: "Sé, tú, el centro total del relato"
¿Y quién tiene la inmodestia de rehusarlo? "Mundo es todo
lo que me acaece", dice el personaje, (el yo) en la novela. El yo, el
héroe, es inmortal. Se llama de muchas formas. El héroe es el
protagonista es la imagen atómica de lo que acontece a la imagen, total.
El héroe triunfa o fracasa según sea contado. ¿Por qué
tiene la relevancia que tenga saber o creer que los Tinitas datan de tal año,
o que Flaubert sea Madame Bovary? Pedimos precisión a esas Figuras
por el solo hecho de que sean formuladas, expresadas en su forma única,
por más ambigua o innecesaria que parezca. O real. "Fue así,
pero podría haber sido de otra manera", dice un eterno, Alguien.
El relato se estremece y cambia. 'El', lo que cuenta "dice otra cosa":
relata. No debe tener fin.
*Juan
Carvajal, "La Historia a destiempo: Cronos y Tanatos",
Revista diagonales, número 3, México, 1987, pp. 89-92.
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