Enrique Semo











TRANSFIGURARSE O MORIR

Enrique Semo

 

La victoria del PSOE es un voto de la mayoría del pueblo español por la democracia y el cambio social. La derecha, que gobernó al país cerca de medio siglo, pasa a la oposición sacudida por disensiones y nostalgias imposibles. A la izquierda, el gran perdedor es el Partido Comunista Español. Su retroceso no es episodio pasajero, sino catástrofe abismal. Protagonista central de la resistencia antifranquista (el partido ilegal más fuerte en Europa), el PCE no pudo ganarse la confianza del pueblo para la reconstrucción democrática de España. Empeñado tardíamente en superar el stalinismo y sus secuelas, naufragó en una cadena de rupturas internas que lo despojó de toda viabilidad. Así, en el momento mismo en que se materializa el ideal democrático por el cual ofrendaron sus vidas miles de comunistas, el PCE se hunde en la marginalidad y la confusión.

 

El episodio español es un capítulo más de la crisis del movimiento comunista que es hoy ya imposible de ocultar. Sólo que ahora afecta no a un partido dogmático y stalinista, sino a uno de los fundadores del eurocomunismo. Pero el fracaso del PCE no es fruto de excesos renovadores, sino de sus limitaciones. Para superar el stalinismo y responder a los retos de nuestra época, los partidos comunistas deben renovar su concepción del socialismo, del partido y de la política. La disyuntiva es cambio profundo y radical o decadencia segura. En el PCE, una dirección que adoptó un discurso antidogmático y eurocomunista, pretendió conservar el control irrestricto y monolítico del quehacer político, bloqueando la vida democrática y la renovación real de los órganos dirigentes.

 

En un partido tan heterogéneo como el país en el cual actuaba, que salía de una larga y asfixiante represión debiendo carear los cuadros heroicos pero rígidos de la lucha ilegal con jóvenes militantes

embriagados de antiautoritarismo y aspiraciones libertarias, sólo se permitió la discusión individual. Mientras ésta se manifestaba como una dispersión ideológica y política que no mellaba el ejercicio del poder, se toleró. Pero cuando comenzaron a definirse corrientes y tendencias que amenazaban la autoridad de la vieja élite de funcionarios profesionales, estos mostraron toda su agresividad prepotente. El conservadurismo del aparato se manifestó ante la amenaza de tener que compartir el poder, no con elementos cooptados, sino con militantes impulsados por la base. Las maniobras antidemocráticas se multiplicaron y luego vinieron las expulsiones, las divisiones y el desperdigamiento. La experiencia española demuestra que para renovarse, los partidos de corte leninista, deben limitar drásticamente el papel que en ellos juega el aparato, renunciar al monolitismo y desplegar la democracia y la igualdad real entre sus miembros.

 

Pero el fracaso del PCE no es de ninguna manera la derrota definitiva del socialismo revolucionario en España. Este vive en sus filas, en organizaciones que se desprendieron de él, en las Comisiones Obreras y en muchas otras instancias, el PSOE incluido. El proceso de recomposición sólo ha comenzado y pasado el “Shock del futuro” la tradición revolucionaria de generaciones de comunistas seguirá inspirándolos.

 

 

El Buscón 2, Enrique Semo. Págs. 166 – 167