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TRANSFIGURARSE O MORIR
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La victoria del PSOE es un voto de la mayoría del
pueblo español por la democracia y el cambio social. La derecha, que gobernó
al país cerca de medio siglo, pasa a la oposición sacudida por disensiones y nostalgias
imposibles. A la izquierda, el gran perdedor es el Partido Comunista Español.
Su retroceso no es episodio pasajero, sino catástrofe abismal. Protagonista
central de la resistencia antifranquista (el
partido ilegal más fuerte en Europa), el PCE no pudo ganarse la confianza del
pueblo para la reconstrucción democrática de España. Empeñado tardíamente en
superar el stalinismo y sus secuelas, naufragó en
una cadena de rupturas internas que lo despojó de toda viabilidad. Así, en el
momento mismo en que se materializa el ideal democrático por el cual
ofrendaron sus vidas miles de comunistas, el PCE se hunde en la marginalidad
y la confusión. El episodio español es un capítulo más de la crisis
del movimiento comunista que es hoy ya imposible de ocultar. Sólo que ahora
afecta no a un partido dogmático y stalinista, sino
a uno de los fundadores del eurocomunismo. Pero el fracaso del PCE no es
fruto de excesos renovadores, sino de sus limitaciones. Para superar el stalinismo y responder a los retos de nuestra época, los
partidos comunistas deben renovar su concepción del socialismo, del partido y
de la política. La disyuntiva es cambio profundo y radical o decadencia
segura. En el PCE, una dirección que adoptó un discurso antidogmático y
eurocomunista, pretendió conservar el control irrestricto y monolítico del
quehacer político, bloqueando la vida democrática y la renovación real de los
órganos dirigentes. En un partido tan heterogéneo como el país en el cual actuaba, que salía de una larga y asfixiante represión debiendo carear los cuadros heroicos pero rígidos de la lucha ilegal con jóvenes militantes |
embriagados de antiautoritarismo y aspiraciones
libertarias, sólo se permitió la discusión individual. Mientras ésta se
manifestaba como una dispersión ideológica y política que no mellaba el
ejercicio del poder, se toleró. Pero cuando comenzaron a definirse corrientes
y tendencias que amenazaban la autoridad de la vieja élite
de funcionarios profesionales, estos mostraron toda su agresividad
prepotente. El conservadurismo del aparato se manifestó ante la amenaza de
tener que compartir el poder, no con elementos cooptados, sino con militantes
impulsados por la base. Las maniobras antidemocráticas se multiplicaron y
luego vinieron las expulsiones, las divisiones y el desperdigamiento. La
experiencia española demuestra que para renovarse, los partidos de corte
leninista, deben limitar drásticamente el papel que en ellos juega el
aparato, renunciar al monolitismo y desplegar la
democracia y la igualdad real entre sus miembros. Pero el fracaso del PCE no es de ninguna manera la
derrota definitiva del socialismo revolucionario en España. Este vive en sus
filas, en organizaciones que se desprendieron de él, en las Comisiones
Obreras y en muchas otras instancias, el PSOE incluido. El proceso de
recomposición sólo ha comenzado y pasado el “Shock
del futuro” la tradición revolucionaria de generaciones de comunistas seguirá
inspirándolos. El Buscón 2, Enrique Semo.
Págs. 166 – 167 |