ABRAMOS LAS VENTANAS

 

El Buscón

En torno a las alternativas políticas en Chile*

 

Habría preferido no escribir esta carta y continuar en mi situación de alejamiento silencioso del partido. Sin embargo, una publicación mal intencionada del diario “El Mercurio” y toda una serie de rumores me obligan a clarificar las cosas de un modo definitivo.

 

Esta es mi carta de renuncia formal a mi condición de militante del Partido Comunista de Chile. No tengo ni he tenido problemas de carácter personal con militantes o dirigentes del partido. Por el contrario, tengo por ellos sólo cariño y buenos recuerdos. Es simplemente la evolución de mi pensamiento lo que me lleva a formalizar mi renuncia. No comparto ya ni la visión del mundo, ni los métodos de trabajo, ni la idea de política, ni los referentes internacionales, ni el modelo de sociedad a la que aspira el partido. Mi reconocimiento a la abnegación, al heroísmo y a la entrega apasionada a su causa, que caracteriza a los comunistas chilenos –dirigentes y militantes- y mi afecto por todos ustedes, no bastan para mantenerse en las filas de la organización.

 

Hace ya tres años que no participo en las actividades del partido. Mi alejamiento fue motivado originalmente por todo un alegato que llevé a las filas de la organización. Ese intento estaba motivado por la convicción que tenía –y que mantengo- de que el PCCH debía experimentar un muy hondo proceso de renovación teórica y política. Esto se entremezcló con la discusión acerca de los derechos y deberes de los científicos sociales militantes del partido que reclamábamos más espacio para nuestro trabajo. Me encontré entonces con que la elaboración de los comunistas que se dedican a las ciencias sociales como en mi caso –y como en otros casos- era bienvenida solamente si ella concurría a reforzar los puntos de vista doctrinarios del partido. Pero ella dejaba de ser deseable si el resultado de la reflexión teórica y de la investigación conducía a cuestionar aspectos substantivos de la línea política o de la perspectiva teórica de la organización, y que el científico social comunista aparecía impedido de comunicar públicamente, en revistas especializadas, en reuniones de sociedades científicas o en cualquier escenario público, sus puntos de vista, si estos resultaban conflictivos con los de la dirección del partido. Los canales internos de la organización están imposibilitados de proveer los escenarios que el intercambio científico requiere, simplemente porque la lógica interna de una organización política es diferente de la que caracteriza al trabajo científico. La forma como el partido ha resuelto estos problemas ha motivado el alejamiento de muchos valiosos científicos sociales de las filas del partido. El hecho que gentes de la organización sostengan en discursos públicos que “se producen en el período presente deformaciones en los cientistas sociales” por cierto no resuelve sino que agrava las cosas. Esos discursos parecen reclamar para la dirección del partido el derecho de dictaminar qué constituye y qué no una “deformación” o una “desviación” en las ciencias.

 

Me tomó mucho tiempo comprender que esa actitud de la dirección proviene de la concepción misma que inspira teóricamente al partido. Su raíz está en la idea leninista del partido de vanguardia concebido como agente portador de una conciencia revolucionaria pura, incontaminada, liberada y destinada a ser introducida –importada debería decir- a las masas, cuyos intereses objetivos serían cautelados y conocidos por el partido con el auxilio de un conocimiento científico de la realidad. Esta concepción que atribuye al marxismo-leninismo las virtudes de una cientificidad absoluta y que sería garantizada por los dirigentes del partido, es el núcleo de una visión de la política y de las relaciones del poder con las masas y del poder con la cultura y la ciencia, de marcado carácter autoritario. Ella es difícilmente compatible –especialmente cuando ella es concepción del Estado- con el pluralismo y la diversidad que son no sólo inevitables, naturales, sino también deseables en un régimen político democrático de vocación socialista.

 

Sin embargo, esta idea de la organización y de sus procesos internos de construcción de sus decisiones, no sólo afecta a los científicos sociales o más en general, no sólo afecta al trabajo intelectual en el partido. También afecta a las posibilidades de todos los militantes por incidir realmente en la definición de las líneas de acción (cuando se trata de modificarlas). Esto no se hace evidente sino en épocas de crisis, en períodos de viraje de la situación. Quizás el ejemplo más claro y reciente, lo constituya la forma como la dirección lanzó la tesis de la “violencia aguda”, formulada por usted y otros dirigentes en varios discursos, mucho antes que ella fuera examinada y discutida por el conjunto de los militantes, dentro y fuera de Chile. Usted conoce mejor que yo el profundo impacto y el malestar que esto provocó entre los compañeros.

 

Muchos de estos temas constituyeron el núcleo de las preocupaciones que formulé en todo mi último periodo como militante activo. Otros compañeros han hecho otro tanto. Esas preocupaciones aparecen recogidas en una extensa carta que envié a usted hace más de dos años –en respuesta a otra suya-. En su contestación a ella usted me señalaba que respondería con detalle más adelante y que yo tendría la posibilidad de discutir mis puntos de vista con un miembro de la comisión política. Tal discusión nunca se materializó. Entre tanto, se consumó mi marginación de las filas. Más importante que esto en todo caso, es el hecho de que los temas planteados no han sido discutidos. O para ser más preciso, ellos motivaron una serie de extensos artículos escritos por varios dirigentes del partido en defensa de sus puntos de vista y que han aparecido en las publicaciones de la organización. No hay en tales publicaciones espacio para quienes disentimos. Los artículos proclaman una y otra vez la “defensa de los principios”, la “lucha contra las deformaciones y desviaciones de izquierda y derecha”, etc. Se habla en ellos desde una actitud que reclama para los dirigentes, la posesión de la “línea correcta” (equidistante siempre de las desviaciones de uno y otro sentido). Estas prácticas no son precisamente semillas democráticas.

 

“El Mercurio” dedica hace algunos días, una extensa nota editorial al exilio chileno. Se señala ahí –con evidente intención de sacar partido político- que “personeros como Alejandro Rojas (ex-Presidente de la FECH) y los Quilapayún habían renegado del comunismo”. Por supuesto, esto exige una clarificación. La palabra “renegado” está demasiado cargada de connotaciones graves en la historia.

 

Lo primero que es necesario afirmar, es que mi rechazo al régimen dictatorial instalado por la fuerza en Chile, no ha cambiado ni cambiará. Ni ha cambiado ni podría cambiar, la rabia y el dolor que causa el aniquilamiento de seres humanos, el aplastamiento de los derechos del hombre y la destrucción de todos los escenarios democráticos de nuestro país. Más bien diría que es la preocupación por estos derechos lo que se encuentra en el centro de la evolución de mis ideas. En esto quisiera ser muy claro: la razón principal por la que me encuentro hoy alejado del partido es la convicción de que la concepción teórica que nutre al PCCH, la visión del proceso histórico que lo caracteriza, su metodología de funcionamiento y su concepción del socialismo, son insuficientes para sustentar un proyecto auténticamente democrático para Chile. Esto nada tiene que ver con la suposición de actitudes torcidas a los comunistas chilenos que han luchado durante toda su historia por los derechos democráticos. Son las insuficiencias, los vacíos y los errores que se encuentran en la base del leninismo (no necesariamente del marxismo) lo que conduce –unido a hechos históricos concretos- a la materialización de prácticas autoritarias, aunque sean signadas por una posición izquierdista.

 

Mi aspiración a contribuir a la edificación de una sociedad más justa, más igualitaria, sin explotación ni opresión –el núcleo de opciones éticas que motivaron mi ingreso a las Juventudes Comunistas de Chile hace 18 años- no ha cambiado. Lo que se ha esclarecido definitivamente en mi visión de las cosas, es la comprensión de que una sociedad socialista para ser tal, debe ser una sociedad democrática y una democracia para ser tal, debe ser socialista. Pero quisiera puntualizar esto, porque estas palabras se prestan a equívocos.

 

Me parece que es verdad que no basta para que una sociedad sea caracterizada como democrática, que en ella exista un régimen político que garantice el pluralismo, el sufragio universal, la libertad de circulación de ideas y de información, de asociación, etc. Es verdad que estos valores existen en muchos países donde la concentración del poder económico en manos de una minoría con sus consiguientes relaciones de explotación, los deforma y vacía en buena medida de contenido. Pero otra cosa es pensar que una sociedad democrática pueda construirse prescindiendo de esos valores. El problema para nosotros es como construir una democracia sustantiva, que por la vía de la socialización progresiva del poder político y del poder económico (la una condición de la otra y viceversa) disuelva las relaciones de explotación y las relaciones de dominación-subordinación.

 

El tipo de sociedad democrática al que aspiro, difícilmente puede construirse desde la visión del mundo y desde la perspectiva teórica que orienta al Partido Comunista de Chile. Tampoco ello será posible a través de la práctica y la teoría de los partidos socialdemócratas. El marxismo-leninismo en el poder ha modificado las relaciones de propiedad en un marco de régimen político autoritario. El resultado es un socialismo incompleto y distorsionado. La socialdemocracia, por su parte, ha garantizado escenarios democráticos pero lo ha hecho preservando un marco de relaciones capitalistas. El resultado ha sido una democracia distorsionada e incompleta. Otro tanto ha ocurrido con las experiencias protagonizadas por la democracia cristiana.

 

Me sitúo pues, en el ancho cauce de chilenos de izquierda que trabajan hoy en el país y fuera de él, por la construcción de una alternativa política nueva y que de alguna manera estuviera presente en la intuición solitaria del Presidente Salvador Allende, cuando sostenía que la vía chilena al socialismo no pasaba por la “dictadura del proletariado” y que conduciría a un nuevo tipo de socialismo. Recuerdo la actitud peyorativa que campeaba en la izquierda chilena de entonces –cuyo horizonte teórico era copiado por el marxismo-leninismo- cuando el Presidente hacía este tipo de afirmaciones. A esta actitud yo no escapaba, al igual que muchos compañeros que hoy cambian radicalmente sus puntos de vista. Esa posición no le impidió a Allende mantener una clara postura de izquierda, una resuelta posición antiimperialista no-alineada, ni formular públicamente su rechazo a las soluciones autoritarias y antidemocráticas de signo izquierdista como quedó claramente establecido en su pública condena a la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en 1968. Pocas dudas me quedan acerca de la actitud que Allende asumiría hoy respecto de los eventos en Polonia. Nada de esto impidió al Presidente establecer relaciones de cooperación con todos aquellos países dispuestos a ello.

 

Son muchos los temas que motivan la evolución de mis ideas y las de tantos otros compañeros que militaron en las filas del leninismo: el trauma de la derrota en Chile; las experiencias en el exilio, nueve años de dictadura, miles de muertos, desaparecidos, torturados, la miseria de un pueblo entero; el debate internacional acerca de la crisis del marxismo; el gravísimo curso de los acontecimientos internacionales resultado de la práctica criminal del gobierno de Reagan y de la política de la URSS con su ocupación de tres años en Afganistán y sus presiones que terminaron por hacer abortar el proceso de democratización socialista en Polonia; el firme reclamo por la democracia de comunistas italianos; los virajes vergonzosos de la República Popular China; la guerra de China con Vietnam, de Vietnam con Cambodia; el impacto y el cambio de mentalidad que ha provocado en la izquierda chilena una práctica política que ha puesto en el centro la lucha por los derechos humanos y la valoración más profunda que su ausencia comporta; el encuentro en esta lucha con el humanismo cristiano; el fracaso de nueve años de convocatorias frentistas en Chile y que no prosperan porque se trata de políticas que no perciben los cambios de escenario del país y que obligan a definir de nuevo las prácticas políticas; la constatación de que ni el socialismo existente, ni el capitalismo, ni la socialdemocracia constituyen respuesta para los problemas que afectan a la humanidad hoy y que nos sitúan al borde de la destrucción del planeta, por la vía de la guerra nuclear o por la vía de la destrucción del medio ambiente; la constitución de movimientos socialistas de nuevo tipo, diversos y anclados exitosamente en la realidad de sus países –como el PSOE en España, el PCI en Italia, el PASOK en Grecia, el MAS en Venezuela, etc., etc.- que muestran que una nueva izquierda va abriéndose camino; la urgencia de construir un movimiento nuevo en Chile, es capaz de articular la aspiración socialista con las luchas por la liberación de la mujer, de los indígenas, de los jóvenes, de los campesinos, con la demanda de desmilitarización y la búsqueda y experimentación social de nuevos estilos de vida y que rompa con una visión reduccionista de clase (entendiendo que la superación de las contradicciones de clase no resuelve la superación de las otras contradicciones que se expresan en relaciones de dominación-subordinación); en fin, podría continuar enumerando los problemas que nos hacen repensar toda nuestra experiencia y visión política. Todos estos problemas están en la base de la crisis que ha vivido la izquierda chilena y que por supuesto la exceden, empinándose al nivel de crisis de toda la civilización que ha pretendido homologar la idea de industrialismo a la idea de felicidad humana. Estos problemas están también en la base de la constitución en Chile de una izquierda renovadora, que contiene la herencia del marxismo pero que no se agota en él y qué aspira a algo diferente. Se trata de una izquierda que no quiere ser ni reformista ni revolucionaria, sino fuerza transformadora a la vez que constructora de sociedad civil. Esta izquierda efectúa toda su teorización –aún incipiente- a partir de la valorización de la democracia política no sólo entendida como arena útil para la acumulación de fuerzas sino como valor intrínseco. El movimiento que nace, a diferencia de otros intentos renovadores del pasado más o menos reciente, no se siente poseedor de verdades absolutas ni está connotado por afanes mesiánicos. Reconoce que la realidad social no es transparente, que carece de sentido la pretensión de una “política científica”, porque la misma ciencia es hoy por hoy una especie de consenso transitorio entre los especialistas y que cambia sin cesar, destruyendo implacablemente –y a ritmos cada vez más acelerados- cada verdad que se tenía por definitiva. El nuevo movimiento se constituye con la simple convicción de que el nuevo socialismo (o como se llame la sociedad que se aspira a construir y que es imposible de definir de antemano con todos sus detalles) debe ser el resultado del consenso mayoritario de los chilenos. Consenso no es sinónimo de acuerdo en todo, es simplemente la aceptación colectiva de normas que deben estructurar un determinado escenario en el que las contradicciones puedan ser dirimidas de un modo democrático y en el que la voluntad de la mayoría –mayoría informada- resuelva los caminos de la transformación. Ese consenso será la mejor arma para defender cada vez la democracia de cualquier intento golpista. Los intentos de golpe sólo se abren paso cuando ese consenso fundamental –que otorga o arrebata legitimidad a un gobierno- se resquebraja. Ese consenso debe ser reconstruido permanentemente recurriendo a los mecanismos democráticos, cada vez que sea menester. Ese consenso será también la mejor arma para defenderse de cualquier agresión imperialista que de todos modos se hará presente. Esto lo aprendimos también en Chile: la CIA conspiró e intentó golpes de estado desde el comienzo mismo del gobierno de Allende. Fracasó una y otra vez mientras la mayoría de la población le otorgó legitimidad al gobierno popular (otorgar legitimidad no es sinónimo de acuerdo con sus políticas). El golpe triunfó, cuando el consenso que atribuía al gobierno popular su legitimidad ya no existía. Esto nos enseña que el problema de la fuerza –problema ineludible- es antes que todo el problema del consenso, de la voluntad de la inmensa mayoría de defender aquello en cuya construcción participa.

 

Yo creo que en esa tarea estará presente el Partido Comunista de Chile que es, quiérase o no, parte innegable de la tradición colectiva democrática de Chile. Su capacidad para incidir en el curso de los acontecimientos dependerá no sólo del heroísmo con que luche contra la dictadura, sino también de su capacidad para comprender los tiempos que se viven, es decir, de su capacidad para renovarse. La experiencia de otros partidos comunistas, que fueron tan influyentes como el chileno y que no vivieron su renovación oportunamente y que deben conformarse hoy con un rol secundario, es toda una enseñanza.

 

Le ruego compañero Corvalán que transmita mi saludo y aprecio a los dirigentes y militantes del partido.

 

 

 

El Buscón 2, Alejandro Rojas. Págs. 180 - 187

 



* Esta carta que llegó a la redacción de El Buscón en diciembre de 1982, fue enviada a Luis Corvalán, secretario general del PCCH, el mes de noviembre del mismo año.