La política de alianzas ocupa un lugar destacado entre los debates que atraviesan la historia del socialismo mexicano. Uno de los mayores dilemas que recorre esta historia ha sido la persistencia en la búsqueda de convergencias y afinidades a partir de la posición frente al partido del gobierno. Así, ante la posibilidad de coincidir con algunos aspectos de la política oficial, la izquierda reformista comprometió el rumbo de su acción con el Estado, afrontando la pérdida de su influencia en el movimiento social y, en no pocas ocasiones, la extinción de sus formaciones políticas. Esta posición, que en el pasado capitalizó ciertos espacios políticos, se encuentra hoy en una debacle visible. Cierto: las coincidencias parciales o coyunturales con la política oficial son frecuentes. Pero la izquierda en el pasado falló en múltiples ocasiones cuando quiso sustentarlas de manera nítida, como parte de una política global, que mostrara la presencia de una ideología de clase autónoma y propia. Por otro lado, quienes se opusieron a esta política lo hicieron casi siempre como resultado de una simple “reacción en contra”, girando alrededor del mismo punto, aunque fuera en sentido inverso.

La “izquierda” del PRI: una fracción realmente inexistente
Durante mucho tiempo, la izquierda reformista postuló la existencia de diferencias en el partido gobernante y, por ende, de un supuesto “sector progresista”, sujeto de posibles alianzas. Ilusiones evaporadas: la formación de corrientes, que en los grandes partidos facilitan el desarrollo democrático de su vida interna y amplían su relación con la vida nacional, se transformó, en el caso del PRI, en otro de los mitos deformadores de la política de la izquierda mexicana, que hoy sólo sostienen el PPS y el PST.
El partido gobernante surgió como un aglutinador de diferentes grupos de poder. En sus inicios adoptó la ideología de un frente nacional. Pluriclasista dentro de ciertos márgenes, el carácter del PNR, respondió a la cercanía del reflujo revolucionario de 1910. Y si bien los triunfadores de la revolución tuvieron un sello definido emanado del poder, el partido nació bajo la necesidad de conjugar y conjurar intereses encontrados para canalizarlos por la vía regular de las instituciones. El partido se convirtió en el único terreno factible para resolver los enfrentamientos políticos que podían desgastar al nuevo poder. Nació así, antidemocrático y hermético, porque la condición de su existencia residía en su capacidad para dirimir y suprimir las diferencias entre los grupos ganadores dentro del partido y en su habilidad para disolver corrientes estables con matices propios. La unidad la garantizaba (y la garantiza) el acatamiento a las normas presidencialistas convertidas en regla inviolable del juego partidario, y el Presidente de la República –sólo él- conjuraría los movimientos de los grupos. Este instrumento político, que resultó parte fundamental del sistema para su reproducción, fue consecuente con el desarrollo social posterior: muy pronto se definió en razón de los intereses de una burguesía en pleno fortalecimiento.
Las reglas del juego desembocaron en una institucionalidad –que se plasmó en el mismo nombre del partido- cuya principal característica fue la transformación del jefe del Estado en el verdadero jefe del partido. Así se fundieron partido y gobierno bajo una norma institucional no escrita, pero asumida y declarada. Los movimientos internos propios se redujeron al máximo para hacerlos depender también de los cambios sexenales. Fue la solución de unidad propia al modo de hacer política del PRI. Los diferentes grupos tuvieron oportunidad de existir, siempre (y sólo) en el marco de su realización “desde adentro”: asumiendo plenamente los mecanismos del régimen y acatando la voluntad presidencial. El mecanismo presidencial abrió las puertas –que bien funcionan en nuestros días- para asegurar las promesas: si en un sexenio las bondades presidenciales no eran favorables, la esperanza callada podía merecer recompensas en el siguiente. Empero, tales soluciones nunca se apartan del camino. Ello implica la imposibilidad de que los grupos se transformen en corrientes estables con el ejercicio de sus propias influencias. Se trata de mecanismos que no permiten la creación de alas, por el obstáculo al libre juego político representado en el traslado del poder presidencial a la jefatura del partido. Así fue como la fusión entre el partido y el gobierno garantizó la conservación y la continuidad del poder político del PRI que, al final de cuentas, resultó la mayor fuerza que cualquiera otra opción. Esa estructura –de hecho y no de derecho- se convirtió, en síntesis, en la principal razón de Estado. Sólo de esta manera se explica la vitalidad de un mecanismo, que funciona a pesar de ser tan ominoso para el partido mismo y para las grandes organizaciones sociales que controla. El PRI sigue concibiéndose –sin serlo- como un frente nacional. No se considera asimismo parte de la sociedad política, sino que considera a la sociedad política parte de sí mismo: un todo al que sólo le restan los extremos. El movimiento político de la nación se presenta en la ideología como una integración necesaria entre el partido gobernante y la sociedad civil. O si se quiere: ha sido integrado bajo la ideología de la unidad nacional, tentación permanente para la izquierda reformista, que acostumbra, cuando incurre en ella, diluir la fisonomía partidaria del PRI en el absolutismo presidencial.
Una primera constatación: no existen los “sectores progresistas” del PRI como tales. Y una conclusión inicial: la declaración de alianza con ellos, tesis afín a la-unidad-nacional, sólo ha servido para inclinar hacia la derecha toda la política de los partidos que la proclaman.

De frentes y frentazos... unitarios

El peso de esa posición en la historia de la izquierda nacional y las obstrucciones del Estado al movimiento social, han sido el origen del rechazo casi intuitivo de un amplio sector de la izquierda a la participación estatal. Son también la causa de una búsqueda obsesiva de las alianzas en el movimiento social de las masas, con tintes frecuentemente sectarios, que desecha todo aquello que se encuentre bajo control del Estado. Esta actitud desconoce un hecho insoslayable: en la historia reciente del desarrollo político y social, el estado mexicano moderno no ha podido ni puede permanecer ajeno a la influencia de las clases, aún cuando las posibilidades de éstas para actuar en su ámbito son visiblemente estrechas. Y ni hablar de mecanismos de transferencia de poder. Se trata apenas del ejercicio de influencias dentro de un juego que garantiza el monopolio político.
Esta búsqueda de alianzas sin “contaminaciones” oficialistas pasa por alto las proyecciones del conjunto de la vida nacional. Y éste es el principal freno que inhibe la realización de su virtud: el afán de conquistar la independencia ideológica del movimiento. Podemos convenir que el sectarismo nunca ha sido el camino, pero en la izquierda nada es estático. Por lo pronto hay que hacer notar que los sectores más radicalizados de la izquierda -llamemos así convencionalmente- actúan en el seno del movimiento social y, generalmente, no se confinan en pequeñas élites aisladas.
En algunos casos han logrado avances sindicales considerables. Ahí también se han producido fusiones, no siempre exitosas, pero reveladoras de una creciente madurez política; el caso de OIR–Línea de Masas es un ejemplo. En la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) actúa casi toda la izquierda revolucionaria, incluidas las agrupaciones más pequeñas. Se trata de una corriente sindical, en torno a la cual se ha conformado una unidad de la izquierda que no se puede ni se debe soslayar. Hoy la posibilidad de que la CNTE obtenga triunfos decisivos en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) está abierta; las consecuencias del cambio en el mayor sindicato del país serían incalculables. Los congresos están en puerta y pocas veces como ahora se avisoran cambios. La CNTE se ha convertido ya en la expresión más sólida de la lucha por la democracia sindical en el SNTE. Ahí están los frutos del MRM, pero también los esfuerzos decisivos de muchas organizaciones de la izquierda revolucionaria, algunas de las cuales actuaron largo tiempo bajo la bandera del apartidismo e incluso del antipartidismo. Hoy estas tendencias continúan existiendo, pero en menor escala y con mucho más espíritu unitario. La CNTE es un ejemplo de este tipo de avances. No es el único, desde luego, ni tampoco el principal. EL SUTIN, el STUNAM y otros sindicatos realizan esfuerzos en el mismo sentido. En la Coordinadora Nacional Sindical se hacen también intentos.
Nada de esto se desprende del voluntarismo, sino de la nueva realidad política del movimiento social que ha logrado adelantos considerables en la búsqueda de su independencia ideológica. Existe una fuerza que hace viable el camino de la unidad; y la unidad misma es la fuerza de dar presencia y de aumentar la solidez de esta fuerza. Falta, sin embargo, una perspectiva más acorde y coherente con las posibilidades unitarias. Con respecto al PSUM, no es exagerado afirmar que se ha debilitado su espíritu de lucha por la unidad. El amplio margen de divergencias pesa más en el estado de ánimo y en la falta de convicción en las opciones unitarias que en la realidad política. Un mecanismo de alianza tan sencillo, que consiste en avanzar sobre los acuerdos logrados, y no convertir a los desacuerdos en tema de los frentes unitarios, aún dista de ser práctica cotidiana en la política de alianzas. No obstante, los cambios no son tan despreciables. En los meses de junio, julio y agosto las propuestas unitarias se han multiplicado. El Comité de Defensa de la Economía Popular (CDEP) y el Frente por la Defensa del Salario (FDS) aglutinaron a toda la izquierda revolucionaria. Se trata en realidad de los intentos más sobresalientes de coordinación de los últimos tiempos. Menospreciarlos es un grave error.
En el caso de FDS, no sería exagerado afirmar que su constitución responde a la agudización de la crisis general, y, en particular, representó un oportuno conducto para canalizar la solidaridad hacia la CNTE en vísperas de sus batallas sindicales; cuestión de no poca monta, aunque, insisto, demasiado coyuntural. El FDS está ahí. Su experiencia no ha culminado. Por el contrario, se trata de un camino que apenas demostró sus posibilidades. El CDEP ha carecido de vitalidad debido, en parte, a que el PSUM no ha realizado una apreciación suficientemente sensible del importante paso dado por el Partido Mexicano de los Trabajadores al emprender la iniciativa de su formación. La reciente incorporación de la Corriente Socialista es un hecho más que confirma las posibilidades unitarias. La convergencia entre el PMT, la CS, la UIC y el PSUM abre de nuevo inusitadas perspectivas. Sin embargo éste último puede recuperar la iniciativa unitaria, estimular con mayor decisión estas formas de coordinación.
Nos hallamos ante una nueva situación en la izquierda.
Hasta hoy el PSUM, que nació bajo el signo de la unidad, no ha obrado en correspondencia con el sentido de su origen. Tampoco se valoran los cambios en el interior de la izquierda, ni la proyección que tienen, ni la nueva fuerza que ha ido adquiriendo la corriente revolucionaria por encima de los fracasos del reformismo. Pensemos lo que significa que hace menos de dos décadas la situación era precisamente al revés. ¿No nos dice nada lo ocurrido? ¿Tampoco las posibilidades de la nueva situación?

La obscura historia del vanguardismo
Hemos hablado de partidos revolucionarios y de sindicatos de clase en plural, pues entendemos que los exclusivismos, o los falsos vanguardismos, deberían ser ajenos a la relación que guarda el PSUM con el movimiento social: nada en la izquierda nos es ajeno. Somos parte activa y, a la vez, integrante de este rumbo. Por ello la construcción de un partido como el PSUM no debe verse aislada del camino general de la izquierda. Y aquí cabría tomar en cuenta que la clase obrera crea, de acuerdo a sus niveles de desarrollo, sus propios instrumentos de lucha por el socialismo, sus organizaciones sociales y sus formaciones políticas. Nada se gana proclamando, como en el pasado, vanguardias por derecho con patentes históricas. De ahí que la política de alianzas pase indefectiblemente por una concepción evolucionada de sus organismos políticos. El partido que se predestina por definición no es capaz de relacionarse con las fuerzas de la transformación socialista como una de sus partes integrantes y, por ello, tampoco es capaz de vincular esa proyección con las tareas democráticas de hoy.
El PSUM nació luchando contra los falsos vanguardismos. Ese fue el camino de su unificación y su carta de triunfo. De alguna manera demostró que la política de alianzas es parte también de la construcción de un partido. Y así fue porque representa un intento más de superar la larga crisis de la izquierda mexicana, que se expresa en su atomización y en su dispersión. Veamos: la Corriente Socialista, la UIC y el PSUM tienen un pasado común en el PCM; miembros del POCM militan hoy en el PMT y en el PSUM, y algunos estuvieron en el MAUS; en el PMT hay luchadores que pertenecieron al PCM y en el PSUM hay ex miembros del PMT; la Organización Comunista Proletaria y el ex MAP tienen un cercano pasado común; algunos que formaron parte del PPM, y antes del PPS, estuvieron en el PCM; fundadores de la Liga 23 de Septiembre, que militaron antes en el PCM, hoy están integrados en el PSUM; la mayor parte de la antigua dirección del MAUS militó en algún momento en las filas del PCM. Nada tiene de extraño entonces que, para una buena parte de la izquierda, la unidad de acción pueda convertirse en un camino hacia la construcción de un partido, donde el vanguardismo, alimento espiritual de la división y el sectarismo, resulta tan falso como obstaculizador.
El vanguardismo stalinista fue un producto de las luchas internas en el partido bolchevique después de la muerte de Lenin. Las diversas corrientes que se disputaron la dirección del partido en esas luchas dieron su propia versión de Lenin; surgió así el leninismo. En el marco de la lucha interna nació el culto al dirigente que supo asegurar en su tiempo la unidad del partido y que lo convirtió en una organización de enorme prestigio entre las masas. Así, el culto al fundador del estado soviético se convirtió en el culto al partido, a la obra que jugó el papel determinante en el triunfo de la revolución rusa. A partir de entonces no sólo no podía concebirse la lucha revolucionaria y el triunfo sin el partido, sino que sólo se aceptaba como legítimo un sólo tipo de partido: el que se erigió como modelo bajo la dirección de Stalin. Las derivaciones del trotskismo tienen otra cara, pero pertenecen a la misma medalla.
La vida mostró al fin muy distintos caminos. El vanguardismo tan nocivo se repetía sin embargo aún bajo la sombra de modelos trasladados. La influencia de la revolución cubana trajo vanguardias foquistas. Hoy no es poco socorrida la idea de encontrar símiles entre el Frente por la Defensa del Salario y las coordinadoras en Nicaragua o las actuales en El Salvador. Pero la experiencia ha sido lo suficientemente prolífica como para entender que el proceso de construcción de los instrumentos revolucionarios de la clase obrera requiere de audacia e iniciativa propia en sentido nacional.
Una lección: la tarea emprendida por el PSUM en la fusión, que es una derrota aún no definitiva del vanguardismo, así como la búsqueda de una nueva relación con el movimiento de masas. Y es en esta relación donde se explica la política de alianzas: no nos hemos propuesto adquirir compañeros de viaje, sino alianzas que aspiren en un plazo largo a la revolución socialista.
En el pasado, la forma de abordar la cuestión de las alianzas se caracterizó por el tacticismo. El origen de esta concepción es bastante visible: una vez “resuelta” a priori la cuestión de los instrumentos de lucha de la clase obrera (aunque éstos ni siquiera existieran en la realidad), no quedaba más que encontrar una táctica adecuada. Los sindicatos eran sólo correas de transmisión para el partido, que los veía con utilitarismo, y el partido tenía resuelto el triunfo históricamente. El resto de la izquierda, según el esquema stalinista, era pequeño burguesa, generalmente desesperada, a la que había que combatir ideológicamente, en primer término, y cuando no estorbaba podíamos pensar en su compañía para algunas acciones conjuntas; pero la vanguardia histórica era indiscutible. Tan indiscutible que polémicas sobre este asunto ocasionaban rupturas periódicas, y expusieron, a posteriori, la lucidez del pensamiento visionario de José Revueltas, que surge opuesto, a veces como mera reacción, al tacticismo y el dogmatismo vanguardista; tan indiscutible que las opiniones acerca de las alianzas jamás podían darse como parte de la política a realizar entre el conjunto de instrumentos que la clase obrera crea para la revolución.
He ahí también un aspecto fundamental del cambio operado en la izquierda, independientemente de su fuerza real. Recordemos como la concepción tacticista nos condujo de manera sistemática a deslindarnos públicamente de toda acción revolucionaria no propiciada por nosotros y con la que, generalmente, no estábamos de acuerdo. Quienes, por ejemplo, empleaban la violencia, encontraban nuestro rechazo público, sin respeto a su derecho de buscar nuevas opciones. Fue hasta la aparición del Partido de los Pobres, que dirigió Lucio Cabañas, cuando el PCM consideró ese derecho como legítimo. Fue un verdadero salto. Sin embargo, la izquierda estaba enfrentada casi irreconciliablemente alrededor de la táctica violenta o la lucha por la democracia, y el enfrentamiento mantenía esas características por el sustento vanguardista del que partía.
En los días finales del Partido de los Pobres, con el panorama más claro y ante la inminencia de la derrota del movimiento guerrillero, discutimos con la dirección de ese partido –el único del movimiento armado con el que había alguna relación- el encausamiento de sus esfuerzos revolucionarios hacia el movimiento político de masas, que volvía a ser el centro del desarrollo. No tuvimos éxito. Todos los vínculos rotos con las otras organizaciones exhibían sólo el confinado claustro de la izquierda, siempre enfrentada entre sí. Ese aislamiento se reflejaba, es obvio, ante (y en) las masas. Situación dramática y radicalmente distinta a la de hoy, cuyos cambios demandan ser valorados correctamente. Actualmente, el movimiento de masas está presente en la lucha de toda la izquierda revolucionaria; o, mejor dicho: la izquierda está más presente en el movimiento de masas. Las acciones por la democracia son comunes y la presencia en la Cámara, a pesar de su rabo corto, empieza a ser aceptada. La participación en las elecciones pasadas aglutinó a la mayor parte de la izquierda. No es casual que en las manifestaciones de la CNTE haya disminuido el grito de maestro-honrado jamás-será-diputado. Y eso muestra no tanto las ventajas supuestamente “inconmovibles” de esa táctica, sino que hoy esa política ha abierto espacios al conjunto de la izquierda. Las resistencias son lógicas. Se trata de una táctica que quiere y requiere probarse, sobre todo porque entra en un campo de contradicciones hasta ahora ajenas al movimiento social. De ahí que sea indispensable vincular ambas esferas, servir a sus intereses, apoyar las luchas sociales, hacerla útil y conveniente al movimiento. Sin ello, de nada sirve la participación en la Cámara.

Por la democracia, hasta con el diablo
En la lucha por la democracia de nuestros días habrán de presentarse coincidencias entre muy distintas fuerzas políticas de la izquierda, del centro y de la derecha inclusive. Por ejemplo, no resulta difícil explicar a los trabajadores la conveniencia de conquistar la libertad de afiliación política en los sindicatos. Y en eso se coincide con el PAN. Si están claros los objetivos, podemos coincidir con el diablo, pero estos deben responder en concreto sin lugar a dudas a los intereses de los trabajadores. Hubo coincidencia con el gobierno en el asunto de la nacionalización de la banca, porque es comprensible que esa medida puede ser utilizada por la clase obrera para ampliar sus márgenes de acción política y de reivindicaciones económicas. En síntesis, todas las coincidencias del partido revolucionario con otras fuerzas, sean cuales fueren, deben estar en función del interés político, social o económico de los trabajadores, y no en un nivel que les resulte incomprensible. De esto último el ejemplo más típico son, las invenciones del PST o las caricaturas del PPS sobre las alianzas con los sectores patrióticos, nacionalistas, democráticos o progresistas del PRI, de donde se desprende esa chatarra del frente-nacional-de-las-fuerzas-patrióticas-y-antimperialistas, que no ha servido más que para dar la espalda a la lucha por la democracia y ponerse al servicio del absolutismo presidencial.
Las alianzas en los sindicatos oficializados tienen hoy una gran importancia. Y deben cubrir los mismos requisitos de claridad, de búsqueda de objetivos que permitan mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y nuevos avances en su lucha. En estas alianzas, por las condiciones específicas del sindicalismo mexicano, no se pueden ocultar jamás nuestra decisión de luchar contra el charrismo y por la democracia sindical.
Se trata de avanzar simultáneamente en distintas direcciones, por la unidad de la izquierda y la ampliación de las coincidencias con otras fuerzas políticas y sociales. Pero se trata también de comprenderlas en su dimensión de largo plazo: la primera como proceso de construcción de los instrumentos de la clase obrera en lucha por la democracia y el socialismo, y la segunda como pasos para fortalecer la presencia del movimiento de masas.
Ni vanguardismos, ni tacticismos sin principios, no abstracciones incomprensibles para el movimiento concreto de los trabajadores caben en esta concepción de la política de alianzas.

El Buscón 2, Gilberto Rincón Gallardo. Págs. 6 - 19