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Recuperar a REVUELTAS ni totem, |
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Refiriéndose en una ocasión a las críticas literarias que se habían hecho a su obra, José Revueltas enunció que algunas de ellas atañían a lo que él consideraba más importante en su trabajo: “el aspecto de la filosofía en que se sustenta”. Y añadía: “Descubren (las críticas) el hecho de que yo me dedico al hombre y ando en busca de la esencia humana en la expresión literaria”.1 Es de sobra sabido que no siempre el autor es el más
afortunado analista de su obra literaria, y que muchas veces sus juicios
respecto al valor de la misma pecan por desacertados. A mi parecer, ése
no es el caso de Revueltas, escritor consciente, dolorosamente consciente,
de la realidad social y literaria de México y de la ubicación
de su obra en ese dramático contexto. También creo que el
pivote esencial de la obra de Revueltas es una determinada concepción
del mundo; concepción que por su coherencia y sistematicidad reviste
evidentemente ropajes filosóficos. Ello no hace de los textos del
escritor duranguense tesis filosóficas: la filosofía de
Revueltas es ante todo un material para la construcción de un sólido
edificio literario.
Revueltas también indicó que su obra estaba
muy ligada a su vida política. Esta afirmación, en realidad,
se asimila a las anteriormente expuestas. La vida política del
autor que tratamos es una existencia comprometida a todos los niveles.
Se trata de un hombre político, un personaje artista, ser social,
pensador, asimilador crítico de la cultura de su tiempo y contribuyente
a la creación de una nueva cultura. Lo “político”
en Revueltas no es la preocupación banal del oportunista por su
situación ante los vaivenes del poder (acepción degradada
de lo “político” que priva entre grandes núcleos
de mexicanos: la posibilidad del ascenso social mediante la manipulación
delictiva), sino aquello que atañe a la ubicación del individuo
en una lucha por humanizar el contorno que lo rodea, por generar las bases
para un crecimiento humano real, en suma, que atañe a la ubicación
del individuo en la revolución. Como este último proceso
no se puede realizar en abstracto, es imprescindible el análisis
de las condiciones que lo hacen factible, y éstas no se dan fuera
del marco de lo político, del terreno de la lucha de clases. Por
ello, el ser político en Revueltas es un ser que, a través
del terreno movedizo y áspero de la política, busca la liberación
social y humana. Sólo en función de realizar la historia
humana y superar su prehistoria tienen validez las prácticas políticas;
lo demás no es hacer política, sino producir bazofia, y
Revueltas utiliza en ocasiones tonos tétricos y sombríos
para demostrarlo, busca la iluminación reptando por terrenos propios
para los desplazamientos de los topos.
Y es evidente que lo político en el autor duranguense se deslinda y se identifica a partir de una rica concepción del mundo y de una captación crítica de la realidad. Revueltas construye sus objetos literarios no para ilustrar mecánicamente sus planteamientos en materia doctrinaria, sino que hurga en su conocimiento profundo de múltiples situaciones concretas y vitales para confrontar la reflexión que deriva de éstas con su propio proyecto filosófico; y buscando la armonía o la síntesis entre ambos elementos, vive las contradicciones entre ellos y escribe vigorosamente sobre sus vivencias y aquellos seres irreales que se las hacen sentir. Creyente profundo en la capacidad del pensamiento racional para transformar el mundo y, a la par, hombre profundamente angustiado ante las victorias del irracionalismo en todo el planeta, sintió el pesado fardo de la ambivalencia y su péñola transcribió esta complejidad lacerante múltiples veces. El precio del marxismo-pesimismo
Revueltas era un marxista convicto y confeso. Para los
marxistas “puros”, envueltos en las vestiduras rígidas
del dogma, la adhesión del escritor duranguense a la teoría
elaborada por el fundador del materialismo histórico era asaz,
sospechosa. Sus obras lo delatan por la ausencia de optimismo o al menos
así lo parece. No encontramos en ellas la visión de un futuro
promisorio. El papel de vanguardia de la clase obrera no está destacado
y hay signos evidentes de “infección ideológica burguesa”
en su pensamiento. Los héroes revueltianos no son figuras ejemplares,
proletarias; por el contrario, son hombres y mujeres dominados por su
contorno, por lo irreal, por el azar, víctimas de la irracionalidad.
Carecen de un “espíritu leninista”. Su inteligencia
y su voluntad son impotentes frente a las imposiciones del exterior, frente
a la cotidianidad tiránica en cuyo movimiento contingente se encuentra
la ineluctabilidad de un destino trágico de los seres humanos.
Son seres débiles que temen las acciones de los demás, pues
no las pueden predecir ni comprender. Jack, el personaje de Los motivos
de Caín, manifiesta de esta manera su angustia, y Revueltas
lo describe:
“Quiso reír pero se contuvo, asustado ante
el peligro de que lo miran hacerlo a solas, sin motivo alguno, y que entonces
se suscitara en derredor de su persona una curiosidad maligna y cruel
en que todo el mundo lo rodearía, mirándolo con aire descarado
y recriminatorio, hasta que en verdad lo hicieran correr como un loco,
a la desesperada, poseído de terror”.2
Desnudar la identidad ante los demás, presentarse
sin jugar un papel determinado por las convenciones, no participar del
conjunto de significaciones aceptado por todos –reírse “sin
motivo alguno”- es hundirse en el abismo de la locura, es “correr
como un loco”.
En Revueltas, el antidogmatismo y la animadversión por la ortodoxia férrea, rígida y vulgar fueron siempre una especie de segunda naturaleza. Sin embargo, el precio por poseer esas ricas virtudes fue para nuestro autor muy alto, y lo llegó a sumir en la angustia, una angustia creadora e iluminadora que se expresa en muchos de sus personajes literarios. |
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Pero Revueltas prefiere pagar el precio. Sabe que la
futileza de los esquemas, de los dogmas y de todas las cadenas del apriorismo
aherroja a la Historia, al movimiento, al cambio. Revueltas piensa y siente
con la Historia. Conoce de heterodoxias y herejías y las práctica,
aunque se le escupa por ello. No tiene marcos de referencia fijos; todos los
días los destruye mientras trata de construirlos. Pero, por otro lado,
la lucidez de Revueltas le hace comprender que su trabajo por develar y poner
al desnudo la esencia humana –en contraria posición a la filosofía
althusseriana- provoca precisamente revueltas en aquellos que tienen contacto
con el material inflamable que él ha puesto en sus manos: después
de leer el autor de El Luto Humano, ya no somos los mismos. Como Proust, Kafka
o Balzac, Revueltas nos enfrenta y nos confronta con nuestra realidad última,
y con nuestra astenia para modificarla, con nuestras pasiones y con nuestros
temores; no solamente el Rey está desnudo frente a Revueltas; lo estamos
todos, tan desnudos como los pescadores sombríos de Los Días
Terrenales.
Y por ello quizá nos provoque mayor angustia
un relato de Revueltas que una narración de Lovecraft. A fin de cuentas,
el gran mitólogo y literato norteamericano sacude nuestras cómodas
conciencias a partir de la designación nebulosa de un mundo tortuoso
y desconocido, un mundo que se planta frente al mundo humano y le recrimina
su autosuficiencia, su fetichización de la ciencia y de la técnica,
su vaciedad conformista. Pero para situarnos frente al temor y la angustia,
Lovecraft utiliza mediaciones, expresadas éstas en las múltiples
presencias de un conjunto de entes ambiguamente monstruosos, los llamados
“seres primigenios”. Revueltas es más directo: nos hace
comprender que los monstruos somos nosotros mismos.
Lo teratológico de la existencia es ante todo
el producto de la inautenticidad, el resultado, precisamente, el sometimiento
a los códigos, a las convenciones, al dogma, a las vestiduras de acero
que los hombres gustosamente se colocan a riesgo de impedir la respiración
de sus poros vitales. Fidel, el cura rojo, el hombre a través del cual
se transmiten los pensamientos del comité Central del Partido, el guardián
doctrinario de la pureza del marxismo en Los días Terrenales,
es un hombre que ha perdido su capacidad vital, su autenticidad, Julia, su
mujer, lo rechaza cuando se da cuenta, dolorosamente, de la indolencia fideliana
para sacudirse el dogma. Fidel, incapaz de despojarse de la máscara
que lo asfixia, deja de tener un rostro humano y se convierte en un desconocido
para su esposa:
“Después de un año y
medio a partir de cuando se conocieron y en cuyo lapso jamás se había
repetido hasta ahora, Julia examinó el rostro de Fidel con una mirada
impersonal, fría, sin datos, sin referencias, sin recuerdos, idéntica
a la de aquella primera vez. Ahora ya podía sentir en verdad que estaba
separada de Fidel para toda la vida”.3
A la caza de la esencia humana
Hemos insinuado que la obra de Revueltas es profundamente humanista, en la que lo fundamental es vivir realizando la propia esencia, sin ataduras externas. Pero también dijimos que Revueltas escudriña acerca de esa esencia no mediante tesis filosóficas o sociológicas, sino a través de la expresión literaria. Él es ante todo un artista, y sabe que el arte es una forma de la praxis, una forma de apropiación del mundo que coadyuva a transformar este último. La obra literaria de Revueltas es eso, una obra literaria, y no una obra filosófica. Sin embargo, está vertebrada por una filosofía, por una concepción del mundo sistematizada y coherente, y no se puede entender sin contemplar esta última. Revueltas emprende una búsqueda del hombre, de
sus objetivos, de sus necesidades esenciales, de sus proyectos más
enraizados. Un estudioso marxista podría alegar que tal esfuerzo expresa
una exploración metafísica, ya que no existe tal cosa como la
“esencia humana”; pero en todo caso, como lo enunció el
propio Carlos Marx, “la esencia humana es el conjunto de las relaciones
sociales”, es decir, no existen características inmutables de
los seres humanos que funjan como atributos sustantivos de una “esencia”
humana en general; los hombres son lo que son conforme a la ubicación
histórica y social en que están insertos. Pero Revueltas no
era un metafísico. No parte de una definición libresca de la
“esencia humana”; el sentido de su obra reside precisamente en
la búsqueda no de una naturaleza humana dada de una vez por todas,
sino de aquello que define al hombre como un resultado, es decir, como un producto generado históricamente,
y como un proyecto, como un ser que se define a partir de las circunstancias
sociales e históricas que lo rodean y con base en las cuales intenta
dirigir su propio destino. De ahí que la mayor parte de los personajes
de Revueltas –el jesuítico Fidel, el críptico Mario Cobián,
el errabundo Jack Mendoza, incluso la difunta Chonita, eje lúgubre de El Luto humano, etc.– sean seres terriblemente concretos,
reales, inexplicables si no se les sitúa, como lo hace el autor y creador
de todos ellos, en una malla de relaciones sociales alienantes, en un contexto
que condiciona una gran variedad de sus acciones. Y siendo seres reales recognoscibles,
son al mismo tiempo arquetípicos, vehículos de mensajes abstractos,
cósmicos. Procreándolos, Revueltas los forma con una arcilla
tan sólida como la que dio origen a Alonso Quijano, Arcadio Buendía
o Emma Bovary. Estos seres, que a ciegas y torpemente tratan de manejar sus
propias vidas, son la expresión de la conciencia ordinaria de la praxis,
de la conciencia inconsciente, de la conciencia que no conoce cómo
transformar el mundo para lograr la liberación. Y en este sentido son
los hijos y los enemigos de Revueltas, preocupado sempiternamente por la búsqueda
de una praxis liberadora, auténticamente transformadora.
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Sin embargo, en muchas de sus obras filosóficas
y políticas, Revueltas generó tesis que rápidamente provocaron
el escarnio de los monopolizadores de las verdades marxistas y, también,
de críticos serios afiliados a la misma corriente. Así, por
ejemplo, en uno de sus trabajos filosóficos, tratando de desentrañar
él significado último de un parlamento de Julieta Capuleto –la
heroína de Shakespeare-, Revueltas pretende haber encontrado la realidad
de esa “esencia humana” tan discutida.
El parlamento en cuestión reza así:
Es tan sólo tu nombre mi enemigo.
Si tú fueras tú, Montesco o no Montesco.
¿Qué es Montesco?, decid. Ni pie ni mano,
ni brazo, ni semblante, parte alguna
que al hombre pertenezca..
¡Cambia el nombre¡
¿Qué hay en un hombre? La que rosa llamo
tendrá, bajo otro nombre, dulce aroma:
Romeo, sin llamarse Romeo,
Tendrá la cara perfección que debe
sin tal dictado. Quita pues, tu nombre,
y a cambio de ese nombre, nada tuyo,
tómame a mí...”4
Revueltas señala que este pasaje Shakespeare
revela “las esencias humanas más puras, despojadas de su contenido
de clase” (subrayado
de Revueltas). Considera que el gran dramaturgo nos muestra las relaciones
humanas vueltas a su humanidad, “desenajenadas de su alineación
a la sociedad de clases, a la propiedad privada y a la prehistoria del hombre,
en que todavía se encuentra el género humano”. Romeo Montesco,
víctima de su nombre, está enajenado a éste, a su clase.
La realidad social se le impone, pero él intenta realizar su esencia
humana, que –señala revueltas- “como la de todos en el
amor. Su esencia humana, el amor, es un amor mediatizado por las clases, por
la propiedad privada”.5 Aquí Revueltas no parece estar
con el Marx maduro, que, según los althusserianos, desechó la
noción ideológica de “esencia humana”. Pero al parecer
tampoco está acorde con el Marx joven, para el cual la “esencia”
en cuestión residiría en el trabajo; incluso llega a afirmar
que los jóvenes amantes de Verona, al descubrir las potencialidades
del amor, de su esencia como seres humanos, se despojan de los condicionamientos
de clase. Esto puede sonar como herejía para los marxistas, y, en efecto,
el marxismo revueltiano nunca fue demasiado ortodoxo, como nada lo fue en
el autor que nos ocupa; es un marxismo de resonancias hegelianas y humanistas
(en el sentido ideológico de ese término), que transmitió
un carácter oscilante y antidogmático a sus obras; en ellas
no hay verdades hechas ni consolidadas.
Decesos y excesos pedagógicos
Por otra parte, y reiterando lo que sosteníamos anteriormente, en la obra literaria de Revueltas la esencia humana es el producto de la convergencia de una serie de determinaciones sociales e históricas; es decir, nunca es más marxista Revueltas más que cuando escribe como literato. El discurso implícito en la literatura de Revueltas, pese a sus antinomias y sinuosidades, es más sólido teóricamente, a nuestro parecer, que sus tesis filosóficas y estéticas expuestas explícitamente. La obra literaria de Revueltas no es una simple traducción mecánica de estas últimas; por el contrario, muchas veces se erige en contradicción y lucha con ellas. Revueltas suponía que, en efecto, sus textos literarios expresaban lo que él discursivamente había reflexionado sobre la sociedad y los hombres, aunque con medios específicamente literarios (así nos lo planteó en algunas ocasiones). Sin embargo, creo que se equivocaba parcialmente al afirmar tal cosa. Es verdad que, en gran medida, algunas obras literarias suyas muestran una correlación estrecha con sus planteamientos filosóficos y políticos: son cabal expresión de ellos. Pero cuando este enlace es demasiado rígido –lo cual sucede pocas veces- la obra literaria sufre efectos más bien negativos; así, por ejemplo, todo aquel que haya leído Los motivos de Caín se habrá dado cuenta que esta obra reciente en forma extrema su carácter de útil, de instrumental: es un vehículo para una determinada discursividad política. Ello hace que sus personajes aparezcan desdibujados y mal acabados. Jack Mendoza, el personaje central, agobia constantemente el lector con sus “mensajes” en materia política y social; así cuando piensa en sus amigos y protectores Marjorie y Bob, da rienda suelta a concepciones intelectualizantes que estarían mejor situadas en un periódico de izquierda que en el pensamiento de un personaje de novela: “Estas gentes –pensó-,
Marjorie y Bob, son los seres humanos, son el hombre tal como debe ser, con
sus defectos y sus virtudes, pero defectos y virtudes del ser humano, no la
zoología espantosa de la bestia, no la animalidad delirante e increíble
en que lo convierten a uno la guerra y las persecuciones raciales y religiosas...”6
Si en esta novela Revueltas hubiera delineado mejor
a sus personajes, sin convertirlos en portavoces directos de sus criterios
de índole analítica –lo cual les da un cierto carácter
de marionetas en manos del autor- y los hubiera caracterizado con mayor solidez
y precisión, el lector mismo hubiera arribado sin dificultad alguna
al tipo de pensamiento de que expresa Jack, sin necesidad de la “aportación”
pedagógica de este último. No deja de tener razón el
crítico norteamericano J.S. Bruschwood cuando opina que: “En
ninguna otra parte es tan fuerte el sentimiento del aislamiento humano como
en esta última novela (Los Motivos de Caín),
pero la fuerza de la obra es mitigada porque el autor la obliga a decir lo
que le exige suposición política”.7
Creemos que en la mayoría de las obras de Revueltas
estos huecos y agujeros están bien llenados; Los Días Terrenales
o El Luto Humano
derivan básicamente su fuerza de la solidez de la construcción
narrativa, y esta solidez permite al lector definir un pensamiento sobre las
circunstancias sociales que rodean a los personajes de esas obras.
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La conciencia o la nada
La literatura de Revueltas es vigorosa y lúcida en la medida misma en que expresa una contradicción que nosotros creemos percibir en este autor. Aunque Revueltas fue un destacado activista político y militante comunista –lo que lo llevó a un conocimiento definido de múltiples prácticas políticas-, sufrió lo que pudiera llamarse una “crisis de conciencia” a partir de la derrota ferrocarrilera de 1958-59. En cierto sentido, el escritor duranguense reflexionó cuidadosamente sobre su anterior vida como “hombre de acción” y la impugnó seriamente. Como comunista, sintió la expresión de una carencia, de una ausencia. Al igual que sus personajes, consideró que había sido dominado por las circunstancias, sobre las cuales no había podido ejercer control. Revueltas toma conciencia, a principios de los sesenta, que la política de los comunistas, la “línea” que el Partido Comunista tenía como guía de su acción, las prácticas que derivaban de esa línea, etc., eran producto de un vulgar empirismo que a la vez se explicaba por la inexistencia histórica de una organización que fungiera como el “cerebro colectivo” de la clase obrera. El empirismo al que aludimos era la expresión concreta de una enajenación de los comunistas y de su partido: una enajenación por la cual esta organización se veía sometida a la ideología (burguesa) de la revolución mexicana. En 1919 se fundó el Partido Comunista Mexicano. A partir de entonces, conforme a la concepción revueltiana, el partido se había esterilizado a sÍ mismo al formular demandas y encabezar luchas que eran rápidamente absorbidas por el propio Estado. O sea, el partido mismo se configuraba como una institución más de la revolución mexicana, en lugar de presentar una alternativa proletaria frente a ésta. Esta situación se había presentado durante toda la historia del PCM, y se hizo más patente cuando éste cayó bajo la influencia del lombardismo. Para decirlo con las propias palabras de Revueltas: “En México se produce un fenómeno
del que difícilmente puede darse un paralelo en ningún otro
país del mundo contemporáneo. Este fenómeno consiste
en que la conciencia de la clase obrera ha permanecido enajenada a ideologías
extrañas a su clase, y en particular a la ideología democrático-burguesa,
desde hace más de cincuenta años, sin que hasta la fecha haya
podido conquistar su independencia. O sea, su enajenación ha terminado
por convertirse en una enajenación histórica. Esto quiere decir que aún aquello que aparece
en México como ideología proletaria no constituye otra cosa
que una deformación de la conciencia obrera, una variante sui generis de la ideología democrático-burguesa
dominante. De tiempo en tiempo, y bajo la presión de las condiciones
objetivas, algunos sectores de la clase obrera reaccionan, casi nada más
por puro instinto y, libran luchas independientes que, o bien son aplastadas
brutalmente por el aparato represivo del Estado, o bien devienen en movimientos
que la burguesía en el poder termina por capitalizar mediante un audaz
soborno de la propia clase obrera, colocándose de hecho al frente de
los mismos a través de la presión del Estado sobre los patrones,
de tal suerte que el gobierno de la burguesía aparece a la postre como
el gobierno ‘obrerista’…”8
A nosotros nos parecen discutibles estas apreciaciones
de Revueltas, pero no es el lugar aquí para controvertir sobre este
punto. De lo que se trata es de aclarar ciertas posiciones del autor que tratamos,
las cuales se expresan a través de sus obras o entran en contradicción con ellas.
Para el autor de Dios en la Tierra, el llamado Partido Comunista Mexicano,
mediante su práctica, representa un clímax culminante de la
enajenación susodicha, ya que las acciones del citado partido, siempre
terminaron por reforzar el aparato de estado burgués, en detrimento
de la acción independiente del proletariado. Así, Revueltas
escribe que la “burguesía nacional mediatiza así al proletariado
con el propio instrumento que debiera servirle a ese proletariado para conquistar
su independencia de clase”.9
El proletariado mexicano, por tanto, ha carecido de un “cerebro colectivo”,
de una “conciencia organizada”, de una “vanguardia histórica”.
Por lo tanto, la tarea esencial que se presenta en el orden del día
es la creación de un partido auténtico de la clase obrera. El
llamado Partido Comunista Mexicano no podía transformarse y devenir
en el partido “real” del proletariado. Se había convertido
en una estrecha maquinaria burocrática que impedía la realización
de la crítica interna, y con ello, la creación de un motor que
impulsaría su conversión en la “vanguardia del proletariado”.
Desde hace mucho antes de los sesenta, la obra de Revueltas
está señalada por su aprensión y disconformidad respecto
a los métodos seguidos por el Partido. Los Días Terrenales y Los Errores son trabajos básicos sobre este particular.
Revueltas, mesiánicamente, estuvo siempre obsesionado por la construcción
de una organización, creadora y embrión de una sociedad futura
sin explotación ni alineaciones de ningún género. Las
prácticas aberrantes del partido le parecían lo menos indicado
para sentar bases firmes para la creación de tal organización;
la irracionalidad partidaria se convertía en una cadena más
para los trabajadores. En Los Días Terrenales, ironiza sobre estas prácticas. Escojamos un
pasaje al respecto:
“El Centro Femenil Rosa Luxemburgo
(aquí alude Revueltas a una organización fundada por el PCM
entre las mujeres de los pescadores de la región veracruzana en donde
tiene lugar la acción) era de un sorprendente anacronismo. Las integrantes
del Centro –Gregorio se asombró mucho, en un principio, recién
llegado a la región, sin explicarse por qué eran miembros sólo
las mujeres más viejas cuando no las francamente ancianas- ignoraban,
sin duda, hasta la existencia de la patria de Rosa Luxemburgo En medio de
la selva, entre los hombres desnudos y las mujeres casi animales, resultaba
fantástico oír el nombre de socialista alemana. Rosa Luxemburgo.
Nuestra Señora de Catemaco. Ambas debían ser, en efecto figuras
solamente celestiales.
-¿Por qué las compañeras
del Centro Rosa Luxemburgo –había preguntado Gregorio una vez
a Ventura- no quieren formar una sección juvenil con todas las muchachas
del pueblo?
Fue una mañana, en la choza de Ventura.
Este se balanceaba en una hamaca en tanto, no lejos. Jovita molía el
nixtamal. Guardó silencio largo rato mientras sus labios sonreían
levemente.
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Pregúntaselo a Jovita, dijo.
La mujer, desde su metate hizo un movimiento
hacia Gregorio.
Lo mismo nos preguntó el compañero
Revueltas (en cierto sentido, el personaje de Gregorio representa al propio
Revueltas y sus inquietudes existenciales) cuando vino por aquí, ya
va para dos años –explicó- ¿Y sabes qué
le respondí? Que era asunto nuestro, de las propias mujeres. Las jóvenes
–a la sazón Jovita tendría treinta años-, las jóvenes
tenemos nuestro deber de Dios, que es casarnos, acostarnos con nuestros maridos,
parir y criar a nuestros hijos. Las ancianitas ya no pueden hacer nada de
eso; la única obligación que les queda es luchar por los derechos
de la mujer en el Centro Rosa Luxemburgo”.10
Aquí Revueltas nos muestra cómo el partido,
totalmente ajeno a la misma realidad que pretende transformar, trata de imponer
una trama organizativa carente de raíces en la población, en
su cultura, en su modo de vida. El contenido mismo de la figura de Rosa Luxemburgo
se asimila a la de otra figura totalmente extraña a ella: Nuestra Señora
de Catemaco. El Centro Femenil proyecta la senilidad de sus miembros, es inoperante
para impulsar a las mujeres del pueblo en una lucha liberadora.
Y bien, para Revueltas es imprescindible crear una organización
que sepa “nacionalizar” el marxismo, que acometa una obra análoga
a la realizada por Mao-Tse Tung en China. Un partido revolucionario debe diagnosticar
con precisión la situación nacional, debe enraizar su acción
en el seno del pueblo, partir de las necesidades concretas y reales de los
trabajadores, reconocer sus formas culturales y aprovecharlas en el mismo
proceso revolucionario. Justamente, Revueltas, pretendió en el primer
lustro de los sesenta, dar forma acabada a la concepción teórica
de un partido de ese tipo. La organización fundada por él, la
Liga Leninista Espartaco, se dedicó con brío a esa tarea, aunque
la solución nunca se halló. Al empirismo enajenante y anajenado,
supuesta característica de las organizaciones de izquierda, el espartaquismo
enfrentó un teoricismo abstracto divorciado de la práctica real.
Recuerdo a Revueltas y los demás espartaquistas formando círculos
de estudios a granel para encontrar la “clave” que permitiera
hallar el sendero de la próxima revolución socialista mexicana.
No es que Revueltas se haya desterrado a una “torre
de marfil” (como de hecho muchos espartaquistas si lo hicieron). Lo
que él realizó fue un repliegue, a fin de tener más claras
sus propias posiciones, y para ello impugnó toda su vida anterior de
militante. Influido por el hecho de que Lenin y los bolcheviques más
lúcidos habían realizado análisis centrados y fundamentales
sobre la realidad rusa antes de que la revolución estallara en el imperio
zarista, y que tales análisis habían influido decididamente
en el derrotero del proceso revolucionario, Revueltas consideró que
era preciso un gran esfuerzo de deslinde teórico respecto a los postulados
de la ideología burguesa dominante. Lo que llevó al fracaso
estos propósitos fue el método seguido: la teoría que se generaba
en los círculos revueltianos tenía como principal deficiencia
el que se originara precisamente y en forma exclusiva en el interior de ellos, en una autosuficiencia suicida
que convertía a esa teoría en materia extremadamente volátil.
Como señala Roberto Escudero:
“...el espartaquismo se desarrolló,
prácticamente, como una tendencia más bien ideológica
al margen de las condiciones reales de desarrollo del país y sobre
todo de desarrollo del movimiento obrero, al que precisamente querían
dotar de su “cerebro colectivo”.11
Al faltar un punto de vista político, que incidiera en la práctica concreta
de la situación concreta, el espartaquismo se confina, muchas veces,
en los límites de una lucha ideológica nebulosa que terminaría
por revertirse hacia el interior.
A final de cuentas, Revueltas fue expulsado de la propia
organización que fundó, y la Liga Espartaco terminó por
fenecer.
He creído conveniente realizar este análisis
político, porque a mi juicio revela una de las facetas más importantes
de la personalidad de Revueltas. Este notable escritor tuvo una formación
intelectual que en gran medida es producto de una práctica generada
e impulsada por sí mismo. Asimiló una serie de importantes conocimientos
filosóficos y políticos casi como un autodidacta. Revueltas
estudió en Lefebvre, Luckács, Brecht y otros autores en el seno
de un movimiento al margen de lo que se ha dado en llamar “movimiento
de masas”. Cuando fue miembro del PCM, Revueltas, más que un
intelectual de partido, fue un intelectual en el Partido. Una de las quejas que con más
frecuencia le oíamos era en el sentido de que en el PCM no había
discusión ni diálogo. Consideraba que la preparación
intelectual de los militantes era asaz deficiente. Como activista y militante,
Revueltas no encontró un campo propicio para su desarrollo intelectual;
más bien un cierto tipo de relaciones sociales en las que se halló
inscrito le permitieron acceder al mundo del análisis y del estudio.
Estas relaciones sociales se plasmaban concretamente en una vinculación
de nuestro autor con el mundo de la intelectualidad mexicana; Revueltas es
un actor definido de un campo creado a partir de la Revolución de 1910,
el campo de la nueva cultura mexicana, la cultura revolucionaria. Revueltas
termina por considerar que esta última tiene un carácter alienante,
pero ciertamente ha bebido en sus fuentes hasta saciarse. Revueltas conoce
y polemiza con figuras importantes de la cultura contemporánea mexicana:
Mauricio Magdaleno, Efraín Huerta, Siqueiros y Rivera, sus propios
hermanos Silvestre y Fermín, Carlos Chávez, el controvertido
Emilio “Indio” Fernández, etc. Una nueva generación
que ya no ha vivido una etapa “épica” de la Revolución
y que adquiere una postura crítica y mordiente frente a ella encuentra
a un Revueltas ya decepcionado de la realidad del país y coincide con
él en la búsqueda de nuevos horizontes: miembros de esta generación
son, por ejemplo, Eduardo Lizalde, José Agustín, Enrique González
Rojo, Jaime Labastida y otros. Por último Revueltas se convierte en
maestro avanzado y discípulo entusiasta de un buen grupo de jóvenes
participantes en el movimiento estudiantil de 1968.
Así pues, Revueltas, a diferencia de Gramsci,
no posee una formación intelectual que sea producto de una actividad
sistematizada de tipo partidaria. Revueltas no se forma como “cuadro”
intelectual del partido. A nuestro parecer, ello incide en forma muy importante
en su calidad de escritor: Revueltas, en forma más soterrada que consciente,
termina por crear una dicotomía en su propia existencia. De un lado,
es un intelectual lúcido y brillante que se desarrolla como tal a partir
de una serie de prácticas que, en gran medida, son comunes a la formación
de un buen conjunto de intelectuales mexicanos: audidactismo, aprendizaje
de carácter más bien informal que formal, captación y
asimilación de corrientes intelectuales de influencia mundial como
resultado de vinculaciones a grupos conocedores de artes, letras y política,
asimilación de experiencias a través de viajes, de contactos
con personas y acontecimientos, etc. Revueltas no es un producto universitario,
ni un cuadro formado por partido alguno.
Del otro lado, Revueltas es básicamente un nudo
de vivencias: un hombre que desde adolescente ha sido un activista y ha sido
encarcelado, un hombre que presenció y sintió en carne viva
traiciones y generosidades, alguien que conoció a múltiples
individuos en diferentes contextos y en las situaciones más desconcertantes,
un hombre que ha sentido el punzón del sexo y descubierto éste
en los demás; un hombre cuya vida fue una aventura voraginesca, que
ha sufrido de indecibles torturas y ha gozado –aunque en raras ocasiones-
de plenos placeres. Y, a final de cuentas, todo ello llevó a Revueltas
a hacer desaparecer la risa y la alegría en sus obras; quizá
el escritor duranguense, ante la ola de desventuras por las que el mundo y
sus personajes atraviesan, terminó por sentir la seducción de
la muerte, el atractivo de deshacerse de una vida que no sólo es la
antesala de la muerte, sino un cabal adiestramiento para el encuentro con
esta última (es obvia aquí la influencia del existencialismo
sobre la obra de Revueltas). Nuestro autor, como ese nudo de vivencias que
era, sabe expresar y reflejar la vida: detrás de su obra palpita mucho
más su propia existencia que sus concepciones teóricas, aunque
como ya hemos señalado, estas últimas constituyen una dimensión
inseparable de la primera, sólo explicables a la vez, en un contexto
contradictorio con las vivencias de este incomparable retratista de la vida
mexicana.
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Necrófilo biofílico
Pienso que Revueltas fue un científico social limitado, y como tal, un marxista limitado. Su teoricismo, que en cierta medida era la contrapartida de sus múltiples experiencias alienadas como militante y una pretendida “terapia” de éstas, no llega a liberar al autor de “El Luto Humano de sus angustias básicas; admira y estudia a Marx y a Hegel, pero no llega a entender cómo el marxismo o el hegelianismo pueden liberar al mundo de su desintegración humana. Ello se debe, al menos en parte, a que Revueltas no llega a compenetrarse con la teoría del materialismo histórico en la medida misma en que no tiene éxito en ensamblar un conjunto de categorías y conceptos de elevada abstracción con la marcha real de los acontecimientos en el país; es fácil recordar cómo una de las razones de la esterilidad del revueltismo –y del espartaquismo, su criatura- era la incapacidad de manejo de los datos empíricos proporcionados por la economía, la estructura social o la esfera político-jurídica dominantes en el país. Por ello es que Revueltas se sorprende ante el cambio,
ante lo inesperado, ante lo que no prevén sus teorías en ciertos
modos anquilosados y romanticizadas. Ciertamente, Revueltas ama la transformación,
la praxis. Pero no la previene, y está desprevenido frente a ellas.
Su grandeza, sin embargo, consiste en que nunca deja de estar vigente su espíritu
exploratorio, su gran capacidad crítica, su increíble asimilación
de los hechos nuevos, su capacidad de aprender de aquello que emerge a la
luz. Nada tiene de extraño, por ello mismo que deseara estar rodeado
de hombres y mujeres jóvenes, de los cuales era un maestro excepcional
y un discípulo privilegiado; nada tiene de extraño tampoco que
en estos últimos años la mayor parte de sus lectores y admiradores
hayan sido personas de generaciones muy posteriores a la suya.
Revueltas no tiene miedo: está dispuesto siempre
a desgarrarse la piel, a romper con sus recuerdos, a abandonar sus hábitos
consuetudinarios cuando éstos se convierten en una venda que le impide
una visión clara; pero también sufre cuando se derrumban sus
dones en un tiempo considerados preciados, sabe que tiene que sufrir en su
búsqueda de la verdad, y más que la verdad, de la libertad.
¿Mártir? Más bien un luchador. Un luchador que sabe que
la vida es combate, y que éste está lleno de claroscuros, tropezones,
caídas, victorias, sonrisas, aspectos sombríos y miradas lúcidas.
Sí, Revueltas es un necrófilo; lo es porque es un neurótico
de la biofilia, porque aborrece el avance de las fuerzas letales, porque desea
vivir en un mundo donde la existencia no sea una rutina intolerable y más
espantosa que una pesadilla surgida de un cuento de Edgar Allan Poe. Dialéctico
y contradictorio, Revueltas se adapta y cambia; cambia y se adapta; teme al
cambio, pero no deja de asumirlo; en ciertos momentos goza de la permanencia
de las cosas, pero reacciona con horror frente a la inmutabilidad de éstas.
Como indica Héctor Manjarez:
“(Revueltas) va a las Islas Marías
cuando ser comunista es absurdo –1928-, es antiestalinista –1949-
cuando esas cosas no se hacen, solicita reingresar al partido –1955-
cuando a los expulsados y tránsfugas no se les ocurre más que
no volver jamás (reingresa en 1956, a resultas del XX Congreso del
PCUS y el súbito ablandamiento del PCM, empeñado hasta entonces
en una política de expulsiones a mansalva), vuelve a denunciar al partido
-1964- cuando las crisis de conciencia comunistas son lo más anticuado
que pueda imaginarse (y dedica Los Errores nada menos que a Imre Nagy, ambiguo gran
luchador), funda la Liga Espartaco cuando el espontaneísmo aún
no es un fenómeno predominante de los sesenta, se incorpora al dulce
desorden de 1968 luego de haber pregonado a voz en cuello las virtudes de
la organización”.12
Dejar de ser, dejar de existir, es para Revueltas el
cambio supremo. La atracción de la muerte reside en que nos coloca
frente a un hecho consumado, frente al peligro de hacer inválidas todas
nuestras preocupaciones. Todas nuestras luchas. En una ocasión Revueltas
expresó a unos compañeros su preocupación por el advenimiento
de la tercera guerra mundial, y les señaló que ante tan tétrica
posibilidad. La historia resultaba un absurdo: la filosofía de Hegel
o la música de Beethoven, en tal caso, habrían sido elaboradas
para nada, habrían sido elaboradas para desaparecer con la humanidad
entera. Un poco antes de su muerte, Revueltas estuvo invadido por el pesimismo;
para él, la posibilidad de la hecatombe se iba haciendo cada vez más
real. Llegó a expresar que:
“La política se ha convertido
en un absoluto en las relaciones mundiales y el poder nuclear se ha vuelto
un poder de concurrencia catastrófica.
Los viajes espaciales en lugar de representar
una unidad humana representan una división del poder cada día
más acentuada y más poderosa, llena de una violencia inaudita.
Entonces los viajes espaciales y el poder nuclear en lugar de negar las contradicciones,
las han agravado. En vez de convertirse en negación de la negación
de la sociedad humana por cuanto a su división en naciones, en clases
y en poderes estatales –han acentuado esta división, probablemente
tratando de reducir a dos polos. Cuando se establezcan estos dos polos, va
a ser muy difícil impedir la tercera guerra mundial. Y llegarán
inevitablemente a polarizarse todas las fuerzas. Desde el punto de vista teórico,
pues, sin entrar a analizar los detalles particulares –digamos, técnicos
o económicos- parecería ser inevitable una tercera guerra mundial.
Es una tendencia objetiva”.13
No participo de esta visión pesimista y, considero
que precisamente el análisis de los “detalles particulares”
lleva a otra conclusión. Pero lo importante aquí es comprender
que para Revueltas el devenir del mundo se antoja sombrío, y que quizá
la lucha por la libertad haya sido estéril. Probablemente esta creencia
terminó por apresurar el fin de la vida de Revueltas -aparte de sus
dolencias orgánicas que, por lo demás, estaban muy enlazadas
a sus cotidianos pesimismos.
Sin embargo, las enseñanzas del escritor duranguense,
a fin de cuentas, concurren al objetivo contrario: la vida y la obra de Revueltas
son una lección ejemplar, una exposición de la carroña
y del fango, elementos que su obra enseña a repeler y combatir.
Revueltas amó la vida al enfrentarnos con la
angustia de la muerte. Recordemos este pasaje de Una Mujer en la Tierra:
“El amado dejó de ser él
porque sus labios no se movían. Aquellos labios que hablaban. Porque
su pecho estaba quieto y duro. No duro como la piedra, de ninguna manera.
Duro como la carne. Al besarlo ya no era, ya no era su cara: la barba crecida
–oscura y miserablemente crecida, pues él ya no intervenía
en su crecimiento- picaba los labios, y además era frío. No
un frío corriente. No el frío del hielo, sino el frío
de la carne, corpóreo, orgánico, que hacía sentir en
los labios como que la piel había aumentado de tamaño y todo
él, todo su cuerpo, se había hecho agrandar los poros mediante
un fantástico y terrible vidrio de aumento. No era él. No podía
ser él, que tenía las manos cálidas, las manos antiguas
y vivientes: que tenía sus palabras y una voz sustancial y llena. Aquello
que estaba ahí, tendido, era un monstruo, era algo simplemente demoníaco,
un ser innoble, ruin, brutal, traído por alguien sin conciencia, por
una fuerza negra y desquiciada. Ella no podía tener el menor cariño
por aquel cuerpo. Aquel cuerpo que pretendía ser su cuerpo,
el cuerpo de él. Nunca había tenido la menor relación
con esa masa llena de espanto; la aborrecía, la odiaba con toda el
alma. ¡Si tenía el pecho duro! ¡Si no respiraba! ¡Si
no volvía el rostro para sonreir!”14
Revueltas, el hombre que describe esta escena, se opone
a sus mismas alucinaciones y las combate denodadamente: ¿es que acaso
el “amado” es el propio mundo en que vivimos? ¿Respiramos
sobre la superficie de un cadáver? ¿Porqué tantos hombres
sobre la tierra han dejado de volver el rostro para sonreír? ¿Por
qué se ha endurecido su pecho? ¿Respiran realmente? A nosotros
nos parece evidente que Revueltas, al caracterizar a muchos de sus personajes,
los reviste con un hálito de muerte. Estos personajes desgraciados,
corrompidos, alienados, cobardes y delincuentes muestran sus lacras como un
cadáver su faz monstruosa que devela su ausencia de vida. Enajenación
es muerte. Dejar de realizar las esencias vitales, aunque se posea “vida”
orgánica, es defenestrarse, es suicidarse. Y lo más grave es
que el hombre pueda llegar a adorar sus cadenas, que reniegue de la libertad,
que se conforme ante los “roles” que la sociedad le asigna, los
mismos que le absorben la vida en aras del cumplimiento de una “función”
en la sociedad, una función básica para el mantenimiento de
una sociedad patógena.
Y Revueltas, el hombre que ha enraizado en su piel múltiples
experiencias que lo han llevado a conocer la miseria y la degradación
humanas, que ha sido testigo del horror y de la compulsión que muchos
seres sienten ante la perspectiva de ganar la libertad y la dignidad, que
ha sufrido la angustia frente al alejamiento de la posibilidad de erección
de un mundo humano, es el Revueltas que nos ha transmitido el sentimiento
de gelidez magna que deriva del enfrentamiento frente a sus testimonios, es
el Revueltas escritor, el autor que remueve las conciencias y nos deja con
un sabor amargo al conocerlo. La fuerza de su prosa es la potencia de su testimonio;
es un escritor que, como Sartre o Faulkner (que influyeron en su obra) nos
enfrenta con nuestros conformismos y los desenmascara hasta mostrar su rostro
de pesadillas. Como Baudelaire, nos espeta al rostro nuestra condición
de hipócritas y nos impele a la transformación.
El Buscón 2, Javier Guerrero.
Págs. 70 - 95
2 José
Revueltas, “Los Motivos de Caín”, en José
Revueltas. Obra Literaria, vol. II, Empresas Editoriales, México,
1967, p.10.
4 José
Revueltas, “Problemas del conocimiento estético”, en
la revista Cambio, enero-marzo de 1977, No. 6, p. 49.
10 José Revueltas, “Los Días Terrenales”,
en José Revueltas, Obra Literaria, Empresas Editoriales,
México, 1967, p. 352.
12 Héctor Manjarez, “Inadaptable Revueltas”, en
Cuadernos Políticos, No. 8, Abril-Junio de 1976, p. 97.
14 José Revueltas, “Dios en la Tierra”,
en José Revueltas, Obra Literaria, Empresas Editoriales, México,
1967, pp. 420-21.
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