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El estado de la revolución mexicana
cuyos días de nacimiento son paralelos a los del PCM aparece
ante los ojos de la izquierda como un prodigioso libro sagrado de infernal
significación. La búsqueda de la clave mágica para interpretar
el talmud ha sido la obsesión de comunistas y socialistas mexicanos
a lo largo de su historia. Por momentos, la resolución del enigma pareció
segura y de las apretadas líneas del tratado surgieron instrucciones
precisas; instrucciones que acabaron por resultar contraproducentes, que sólo
condujeron a la frustración y al martirio. La izquierda en más
de una ocasión quedó ciega tratando de descifrar mensajes apócrifos,
y después del último 1º de septiembre las nuevas certezas de
la modernidad ideológica hallan condiciones difíciles para seguirse
reproduciendo. El calvario de una izquierda que parece condenada a perder
la razón entre las metáforas cambiantes del estado con el que
le tocó coexistir.
La experiencia histórica del PCM, desde el I Congreso realizado en
1921, donde un puñado de comunistas iniciaron la aventura de leer la
revolución mexicana, hasta las discusiones del XIX Congreso, en donde
dos corrientes escenificaron una agria lucha interna sin sospechar que ocho
meses después el partido ya no existiría, ha sido la historia
de una errabundez en búsqueda de certezas y, sobre todo, de crear una
imagen plausible de la organización estatal que le permitiera existir
hacer política. El viaje ha sido accidentado, plagado de arrepentimientos,
heroísmos, equivocaciones garrafales y extraños momentos de
lucidez, y su conclusión parece ser de una soledad profunda donde todo
es tan indiscernible como en el primer día.
Las características que hizo el PCM del Estado-de-la-Revolución-Mexicana,
de su continuidad o su ruptura, de la revolución que lo generó
y la que habría de ponerle fin tuvieron siempre su eje en una profunda
y aún no resuelta crisis de identidad: la monstruosa realidad política
del estado mexicano era la sustentación de su crítica irrealidad
como problema teórico; a la voluntad de hacer política revolucionaria
se oponía la relatividad de las premisas ideológicas y de los
momentos políticos. Examinemos, pues. El empirismo optimista del primer
PCM, el de un partido aún alejado de la vigilancia teórica de
la Internacional Comunista, es sustituido por el pragmatismo sectario de 1929-35;
pero el partido que llama a Cárdenas fachista carece de
una verdadera concepción del Estado que está combatiendo y de
la revolución que proclama en su contra. Ambas estado burgués
y revolución proletaria- son categorías ideológicas que
pueden ser reforzadas, y lo son, para caber en cualquier realidad o circunstancia.
En 1935, con motivo del VII Congreso de la IC, el PCM inicia el giro de 180
grados que tiene su estertor dramático en la Unidad a Toda Costa y
en la Unidad Nacional. En un principio la transformación es mesurada.
Se habla de estar con las masas cardenistas, no con Cárdenas,
pero al apoyo crítico seguirá la claudicación total.
La concepción más acabada que el PCM llegó a tener sobre
el Estado y la revolución fue exterior a su elaboración y experiencias
propias: el lombardismo. El PCM, debemos recordarlo, es una corriente que
nace como resultado de la unión entre obreros, socialistas nacionales
y revolucionarios extranjeros. Es el portador de una alternativa política
incipiente, distinta, que no entronca ni con la fracción vencedora
del movimiento armado de donde surge históricamente Lombardo-
ni con las tradiciones radicales de la revolución mexicana- zapatismo
y magonismo-, a las que no llega a tocar ni física ni ideológicamente.
De 1919 a 1937 el PCM construye, fundamentalmente, espacios autónomos
de organización y movilización, muchos de los cuales pasarán
a formar parte del consenso social del régimen. Atrapado entre la cosificación
staliniana y los vientos eclécticos del cardenismo, no tiene tiempo
de construir una concepción propia.
Hasta 1960 el PCM posee una concepción estática, doctrinal y
autocomplaciente del Estado, su única razón de ser frente a
la soledad y la marginación. La premisa lo resume todo: Por la
revolución mexicana al socialismo. La única revolución
posible sucedió en 1910, decir revolución mexicana
es entender estado mexicano; al socialismo se llegará como resultado
de la extensión positiva de lo que ya es esencial al Estado: sus capacidades
económicas desarrollo de las fuerzas productivas, capitalismo
de Estado- y sus connotaciones políticas su vocación y
orígenes populares-. La concepción que sostiene el PCM sobre
el Estado es pragmática y no programática. Expresa la imposibilidad
de pensar en un universo ajeno al estado mexicano, no sólo como presente
sino como futuro; es una dolorosa exteriorización: la política
parte del Estado, el partido la recoge y la interpreta. Sólo así
se explica el problema: la renuncia, por incapacidad, a entrever la totalidad
el estado capitalista- para concentrarse en el examen de las partes
las fracciones progresistas generalmente imaginarias-, resultando la
política del PCM un arte de adivinación: ¿dónde
está la fracción progresista?, ¿ha salido del gobierno
o se esconde en él?
El camino iniciado con el XIII Congreso del PCM en 1960 es, indiscutiblemente,
el de la modernidad. La ruptura incipiente con el lombardismo y sus caracterizaciones
abre un camino inédito que permitió al PCM terminar sus días
como un partido legal y votado por más de setecientos mil mexicanos.
A partir del XIII Congreso el PCM asume implícitamente su crisis de
identidad, escoge el camino de ir desenvolviendo la tradición en modernidad.
Revueltas, crítico severo y genial, exige la ruptura epistemológica,
el asumir la crisis como una negación de la tradición para saltar
a la modernidad. Los comunistas irán a la búsqueda del país,
se reencontrarán con las autonomías sojuzgadas estudiantes,
campesinos- y necesitarán, si no una teoría del Estado sí
sus premisas pedagógicas. Se formula la necesidad de una nueva revolución,
pero sobre la base del país semicolonial inventado por
los lombardistas. Se sigue apostando a fracciones estatales son los
días del último Cárdenas y el MLN que configuran
el nuevo bloque.
Los sesenta son década de aprendizaje democrático que se traduce
en modernidad. El PCM condena la invasión soviética de Checoslovaquia,
apoya al movimiento estudiantil y se nutre de sus filas. En 1973 sesiona el
XVI Congreso del PCM. La gran ruptura. Muy débil aún entre las
masas y ante la sociedad, el PCM crea finalmente un cuerpo teórico
nuevo, alternativo, producto de un examen equívoco o no es otra
cosa- de la realidad nacional. El país, se dice en el XVI Congreso,
es víctima de una crisis estructural, cuya única salida revolucionaria
es la revolución democrática y socialista. Esta afirmación
imperativa coloca al PCM como un caso sui generis entre sus congéneres
latinoamericanos; más que ningún otro partido comunista, el
mexicano logra absorber y hasta mediatizar, si se quiere, el breve ímpetu
de renovación de la nueva izquierda, introduciendo a su problemática
elaboraciones teóricas que generalmente se presentaron fuera de los
PC. Sin las simplificaciones inevitablemente retóricas del XVI Congreso
hubiera sido imposible romper con medio siglo de estatismo y lombardismo;
sin los incipientes espacios de autonomía creados por esa política
sindicalismo universitario, disputa por el poder en las universidades,
reactivación del movimiento popular independiente- el PCM hubiera sido
incapaz de ser uno de los principales agentes de esa negociación entre
el Estado y la sociedad civil que fue la reforma política.
Muy probablemente, si exceptuamos heroísmos de los veintes o los treintas,
la percepción que el PCM hizo del momento coyuntural de 1975-78, la
política que lo condujo a su legalización, la formación
de la Coalición de Izquierda y luego del PSUM, fueron los mayores éxitos
de los comunistas durante toda su historia. La iniciativa del PCM, abonada
indiscutiblemente por la lucha que se inicia en 1958-59, de poner en el eje
de su estrategia la lucha por la democracia política y la unidad de
izquierda colocó a las fuerzas revolucionarias en una posición
de mayor visibilidad y destreza. Pero, con los éxitos políticos
y electorales, la crisis de identidad la problemática de atrapar
las hojas infinitas del libro de arena- se ahondó.
El XIX Congreso del PCM marzo de 1981- profundizó la orientación
del XVI Congreso, depurando el carácter de la revolución socialista,
a secas- y del Estado capitalista, a secas-. Se inauguraba la discusión
sobre el proyecto de socialismo: el poder obrero democrático. Sin embargo,
ya algunos sectores del partido hicieron notar que la concepción del
Estado y de la revolución eran esquemáticas e instrumentalistas;
que a fuerza de la sana intención de divorciarse de un pasado de abdicación
del carácter de clase del Estado, se obviaba la compleja combinación
de mediaciones del Estado con la sociedad. A su vez, la apreciación
económica del congreso fue desastrosa la crisis estructural había
desaparecido, el petróleo aseguraba sana vida a la economía-
y, en general, la síntesis del congreso era el anhelo de finalmente
concretar la experiencia del partido comunista como tal. Nadie previó
la desaparición del partido, sino su conversión en lo que no
había podido ser.
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Los comunistas y la política
Entendiendo la Política con mayúsculas- como forma de
reproducción de lo estatal, el PCM fue un partido considerablemente
a-Político. Pese a las grandilocuencias lombardistas la ilusión
de formar parte de un proyecto nacional que iría de la democracia nacional
a la democracia popular y de ahí al socialismo-, los comunistas nunca
participaron en la esfera política estatal, aunque probablemente determinaron
en momentos las condiciones de su reproducción. Su lugar fue la sociedad
a la que ignoraban como tal- y, en repetidas ocasiones, en sus porciones
más marginales. Durante los sesenta, el PCM discutió la revolución,
y en la década pasada la ansiedad se centró sobre el Estado.
Pero más que sobre el Estado como totalidad sobre las formas del poder
político y, concretamente, en la democracia.
El movimiento del 68 hizo al PCM descubrir a la sociedad y con ella a la democracia
como eje de una política posible. La vieja izquierda comunista y lombardista
fue siempre autoritaria y estadista; la suma de la vocación estalinista
más la vocación del estado posrevolucionario hizo del PCM un
partido sustancialmente antidemocrático. No sólo en el sentido
de antidemocracia y autoritarismos internos, sino como propuesta de socialismo,
emulación del Estado y acción política cotidiana. La
sociedad mexicana ha registrado, desde Vasconcelos hasta Henríquez
Guzmán, disidencias democráticas civilistas que, orientadas
o no hacia la derecha, recogían la insatisfacción de la sociedad
devorada por el Estado; en esas movilizaciones nunca estuvo con toda su apuesta
política el PCM ni mucho menos los lombardistas. Obviamente la izquierda
defendía derechos democráticos de obreros y campesinos, protestaba
por la violación de preceptos constitucionales, pero no fue sino hasta
1968 cuando empezó a criticar el contenido y no únicamente la
dirección de las relaciones del poder del Estado hacia la sociedad.
De dicha crítica surgió un proyecto, hoy amenazado: el eje de
la izquierda, so pena de desaparecer como tal, debe ser la lucha por la democracia
política en su sentido más amplio, desde la democratización
de los aparatos de Estado y el cumplimiento de las reivindicaciones elementales
de la democracia burguesa hasta el fortalecimiento de la democracia directa-
y la consecuente extensión de la sociedad civil a costa del Estado.
Sin embargo, las medidas estatales del reciente 1º de septiembre parecen invertir
los términos nuevamente.
El PCM no tuvo tiempo de ubicar con precisión los términos de
su apuesta democrática hacia la sociedad. Toca al PSUM, con más
recursos, desarrollarla. Pero la democracia también se probó
en la práctica de las relaciones concretas que el partido estableció
con la sociedad, y en este sentido los comunistas demostraron poseer una profunda
escisión entre práctica y discurso. El ejemplo obvio fue el
desmoralizante paso del PCM por la dirección de un puñado de
universidades. Los méritos: apertura de saludables espacios de respiración
democrática en enclaves caciquiles y sofocantes, irrupción de
la investigación y la difusión cultural como formas de concientización
y sensibilización social, desmitificación de la educación
como práctica ajena a la lucha de clases, demostración de la
compatibilidad entre la superación académica y el compromiso
político. Las vergüenzas: la administración universitaria
como botín, los cargos académicos como sustento del compadrazgo,
el clientelismo y la corrupción. Los comunistas reprodujeron al calce
la conducta típica del priísmo, sumando las formas más
abyectas de burocratización y confusión de funciones académicas,
partidarias y sindicales, así como la derivación de fondos institucionales
para uso partidario y varios pecados menores, cuya conclusión trágica
es la utilización de las organizaciones sociales y las instituciones
para fines absolutamente ajenos a los de una vocación democrática.
Finalmente, la herencia más rescatable que dejó el PCM fueron
sus últimos años de intensa discusión democrática
interna y pública. La consolidación y la ampliación de
la democracia al interior del PCM, el respeto irrestricto de la libertad de
expresión aunque no la plena colectivización de las decisiones-
fue un logro que de no haber ocurrido hubiera hecho imposible el nacimiento
del PSUM, que asume la pluralidad como base constitutiva. Cabe aclarar que
la democratización del PCM cuya última consecuencia fue
desaparecer- no fue sino el resultado de una correlación interna de
fuerzas, cuyo conflicto creó un espacio acorde con la modernización
iniciada desde 1960.
La tentación del suicidio ontológico
La gran y dolorosa pregunta que abatió al PCM en sus últimos
años fue la fallida relación con la clase obrera a lo largo
de su historia. Un consuelo que nadie creyó: el partido es obrero porque
su programa lo es. Una invitación al suicidio ontológico: el
partido -dijo un militante en shakespiriano arrebató en un congreso-
no es ni comunista, ni revolucionario, ni es partido, porque no es obrero.
Sin embargo, cualquier revisión superficial de la historia del PCM
habla por sí sola de la participación del partido en los principales
combates proletarios, sobre todo hasta antes de la claudicación browderista
y los charrazos de los años cuarenta. Pero curiosamente, el problema
de la composición obrera como verdadera razón de ser o no ser,
surge con la modernización del partido. Es decir, después de
que en los cuarenta y cincuenta la ilusión de ser la Vanguardia hace
intrascendente el problema de la debilidad orgánica, ya que las características
proletarias del partido se concebían inmanentes.
La obrerización del partido, planteada por la corriente renovadora
en el XIX Congreso, fue una proposición meramente ideológica,
un llamado al heroísmo y la expresión de un poderoso sentimiento
de culpa. Los renos no propusieron una política sindical de carácter
alternativo ni elaboraron mayormente las condiciones para sustentarla.
Tampoco hicieron ninguna autocrítica del trabajo sindical que muchos
de sus voceros realizaron. Por su parte, la mayoría los dinos,
encabezados por la dirección histórica- empezaron pidiendo calma,
apostando el cambio de la composición del partido a la posibilidad
de hacer política de cara a la clase a través de la llamada
esfera política de la sociedad, para acabar pidiendo el linchamiento
moral de la oposición que respondió a su derrota con ansias
de martirio y amenazas histéricas. Sin embargo, el partido terminó
unido en un congreso donde la actitud llegó a oler a escisión.
Y el congreso, que se caracterizó por la absoluta preponderancia de
lo ideológico sobre lo político, no pudo resolver la cuestión
básica del problema obrero. El máximo resultado fue cuestión
básica del problema obrero. El máximo resultado fue el eslogan:
Ganar a la parte fundamental de la clase obrera para la política
y el programa de PCM. Concebidos como hechos ya irrefutables, la corporativización
de la clase obrera y el dominio de charrismo no sólo como represión
y despotismo sino también como consenso, hicieron a la elaboración
del PCM llegar a un punto cero en el terreno obrero y sindical. La conferencia
sindical de 1978 avanzó hasta el límite de sus fuerzas: abandonar
definitivamente el sindicalismo paralelista inaugurado por Lombardo en 1947
cuando fue expulsado de la CTM y hacer política donde están
las masas obreras.
El diseño de una política unitaria con el sindicalismo oficial
en relación a demandas económicas y sociales, hecho indispensable
para reactivar la presencia del PCM en el movimiento obrero, tropezaba con
una paradoja inevitable: los diputados obreros del PRI que demandan la reforma
económica en la Cámara son los mismos que llegan hasta el asesinato
en la defensa de su poder autocrático. Conciliar una estrategia amplia
y unitaria con poner el dedo sobre la llaga estructural de la antidemocracia
sindical parecía una misión difícil, más aún
careciendo el PCM de una buena infraestructura de activistas sindicales y
con la clara conciencia de que el carácter proletario de las próximas
movilizaciones sociales es producto del peso específico de la clase
en el país y no de una voluntad milenaria. Misión que hace al
PCM heredar a su sucesor la tentación del suicidio ontológico:
por encima de todo, la clase obrera está con otros.
Todos los hombres del partido comunista
No es común, al escribir sobre la izquierda, analizar sus élites
políticas, el carácter de sus direcciones y su conformación
generacional. Suele imperar un criterio que omite la necesidad de introducir
al estudio las personalidades políticas como expresión de las
fuerzas o grupos sociales en pugna. Contravenir esa tendencia abre el camino
de un conocimiento más profundo de las organizaciones y su historia,
así como del ambiente cultural en que se desenvuelven.
La dirección del PCM, el grupo de diez o quince comunistas que conformaron
la comisión política y los puestos clave del comité central,
y que condujeron al partido desde 1960, se compone básicamente de tres
generaciones. La primera, compuesta por quienes ingresaron en la segunda mitad
de los años treinta y cuyos únicos sobrevivientes fueron Ramón
Danzós Palomino, dirigente campesino más preocupado por su trabajo
de masas que por la política de aparato, y José Encarnación
Pérez, militante que se mantuvo en los puestos directivos, adaptándose
siempre a las nuevas situaciones. Anterior una década en militancia
es Valentín Campos, cuya exclusión de veinte años del
partido lo colocaron, a su reingreso, en la posición de centro moral
y emocional de la organización, aunque no siempre de su gravitación
política. La segunda generación, la de mayor peso, es la de
quienes ingresaron al PCM inmediatamente después de la segunda guerra
mundial y en el curso de la década de los cincuenta, y a ella pertenecen
Arnoldo Martínez Verdugo, el más importante político
profesional que tiene la izquierda, cuya habilidad y capacidad de síntesis
hicieron posible rescatar la unidad del partido en los momentos más
complicados; Gerardo Unzueta, teórico del XVI Congreso y uno de los
portavoces de la modernización; Eduardo Montes, Samuel Meléndrez,
Reynaldo Rosas, Leonel Posadas y Jesús Sosa Castro, funcionarios de
partido que han combinado la dosificación de las transformaciones con
la construcción de un grupo de dirección estable.
Esta generación fue el núcleo fundamental del PCM. Cuadros forjados
en la época de mayor debilidad orgánica accedieron a sus primeros
puestos de dirección en la época del XX Congreso de PCUS. Sin
ser nunca dirigentes de masas algunos lo fueron antes, pero las condiciones
imperantes y el estilo de trabajo imposibilitaban la simultaneidad con su
condición de dirigentes partidarios- tuvieron la inocultable capacidad
de adaptar al partido a las nuevas condiciones, haciendo uso de los viejos
métodos cuando fue necesario, pero impulsando definitivamente la modernización
del partido.
Cuatro elementos se suman a la dirección del PCM en la década
pasada. Gilberto Rincón Gallardo, que fue el más brillante de
los dirigentes comunistas en los setenta, con una amplia vocación unitaria
y la combinación entre la mesura de la generación anterior y
el brillo de los luchadores del 68. Muy probablemente a Rincón se debe
el peso fundamental en la elaboración de la táctica ante la
reforma política y de la proposición de la unidad orgánica.
Pablo Gómez, dirigente educado en el movimiento estudiantil. El suyo
es un ascenso veloz, pues apenas desde finales de los setenta fue miembro
de la comisión política. Rodolfo Echeverría, puente de
la dirección con la base y del PCM con la izquierda radical. Apresurado,
enérgico y temperamental, Echeverría fue el único miembro
de la dirección histórica que se sumó a la oposición
interna hasta romper por completo con aquélla, adoptando posiciones
intransigentes. Una deserción inexplicable: Arturo Martínez
Náteras. Hasta 1978 figuró como principal soporte interno de
la organización partidaria. Organizador ejemplar aunque con visibles
tendencias autoritarias, Martínez Náteras renuncia intentando
jugar el papel de primer disidente soviético mexicano escenificación
que fracasa en un partido donde las expulsiones y las purgas ya no tienen
lugar y el clima de democratización se generaliza.
La dirección histórica del PCM, ahora disuelta al parecer no
sólo orgánica sino ideológicamente al interior del PSUM,
pasará a la historia de la izquierda como la primera generación
de políticos profesionales no clientelares. Sin ser, en su mayoría,
líderes de masas o intelectuales, inauguraron el estilo personal
de gobernar que necesitaba una izquierda perdida entre burócratas
adocenados como un Encina o líderes carismáticos sin capacidad
programática como Heberto Castillo. Los dirigentes comunistas abrieron
el camino de la profesionalización política de la izquierda.
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Las crisis de identidad
La relación del PCM con la cultura nacional, sus grandes mitos y su
parafernalia fue singular y estrecha. Los principales exponentes del arte
de la revolución mexicana, Rivera y Siqueiros, fueron a la vez miembros
del PCM e intelectuales orgánicos del Estado. Entre la gigantomaquia
de sus murales y las novelas interiores de otro comunista, José Revueltas,
puede caber la parábola de una izquierda mexicana atrapada entre el
Estado los muros- y la Marginalidad el submundo revueltiano.
Pero los reflejos fulgurantes de las figuras épicas de nuestra cultura
nos impiden ver los procesos que fluyen; abandonémosles. La permanente
crisis de identidad que sufrió el PCM se reflejó nítidamente
no tanto en sus proposiciones culturales, que fueron pocas y a menudo miméticas
a las del Estado, sino en su vida cultural interior y en las coordenadas de
un mundo difuso y pequeño, de soledades y anhelos frustrados.
Durante un dilatado periodo el único nexo cultural del PCM con la realidad
fue su idolatría por el mundo socialista, que si bien se manifestaba
y se manifiesta en todo el llamado movimiento comunista internacional, en
las condiciones de marginalidad, represión, gazmoñería
anticomunista en las que vivía el PCM, ésta pasaba a ser su
única razón de ser. La lectura de las novelas y del Premio Stalin,
las veladas culturales en las embajadas y los institutos de amistad, los aniversarios
de la revolución de octubre, los locales como verdaderas agencias turísticas
plagadas de folletos que exaltaban las bellezas del lago Bikal o el fulgor
nocturnal del Kremlin, la conciencia de ser comunista, el enviado de un mundo
lejano y melódico soportando una realidad contraproducente. Los viajes
a las escuelas de cuadros en la URSS y la RDA como imprescindible e inolvidable
educación sentimental, el aprendizaje de las certezas del marxismo-leninismo
sumado a aventuras eróticas, deportivas y emocionales. Este fenómeno
o más bien estos fenómenos subsistirán durante un largo
período, pero la modernización los hará variar y diluirse
considerablemente.
La militancia joven del PCM en los sesenta y sobre todo en la década
siguiente va introduciendo el hálito de la nueva izquierda o
lo que fue de ella en México- a la organización. Incipiente
rebelión sexual y mariguana en reuniones de células universitarias;
música de The Beatles ambientando planes guerrilleros. Quienes militan
en los primeros años de los setenta en el PCM son los sobrevivientes
del 68 y de su clima, los que han escapado tanto de la catástrofe guerrillera
como de la otra militancia, la herética, la hedonista, la del pasón,
la vibra y la buena rola. Los que persisten en el partido o en esa romántica
escuela de educación sentimental que fue la JC, soportarán la
represión introduciendo una nueva forma de militancia política,
igualmente heroica, pero preñada, justamente, de la jactancia de los
nuevos héroes.
Después del 68 y por lo menos hasta hace pocos años la crisis
de identidad se masifica. A partir de 1977 los festivales de Oposición
resumen la no resuelta tensión entre el hálito cultural de la
militancia y las aspiraciones cosmogónicas de ubicarse en algún
compartimento de la cultura nacional. La solución, solución
de crisis, es la universalidad. Con la reforma política y su clima
de pequeña primavera política urbana, los comunistas identifican
rápidamente modernidad con democracia. El eurocomunismo, para bien
o para mal, se convierte en ejemplo moral y alternativa cultural. Invitaciones
a Marchais y a Carrillo, mesas redondas sobre crisis de marxismo y socialismo
real; profusión de gorros con el logotipo del PCE. La gráfica
y la propaganda se vuelven coloridas según patrones europeos; el anhelo
de modernidad-universalidad se adueña por igual de base y dirección.
Cambian los patrones de la discusión ideológica, salen a relucir
nuevas categorías; a la popularidad de Gramsci se suman otras. La crisis
de identidad es fecunda y fértil, pues si bien contiene obvias connotaciones
de moda, atrae ruptura de tabúes el PCM apoya al movimiento homosexual
y lo invita a los festivales- y elaboración programática tan
heterodoxa con la de las tesis políticas al XIX Congreso o un experimento
irritante y creativo como El Machete.
El nacimiento de PSUM altera el desarrollo cultural que el PCM sostenía.
La fusión con el MAP, cuya militancia universitaria vivió procesos
semejantes a los de la comunista, enfrentará la síntesis conflictiva
entre la tradición modernizada la del PCM- y una modernidad tradicional
la del nacionalismo revolucionario.
Hacia adentro: un partido, el PSUM, que combina lectores de Por esto! con
lectores de Nexos; a campesinos de Nayarit y La Montaña con jóvenes
lectores de Paz y Foucault; a intelectuales expertos en Agnes Heller con dirigentes
de la vieja guardia que vacacionan anualmente en la URSS.
Hacia fuera: una anécdota. Hace un par de años la comisión
organizadora del Festival de Oposición discutió la pertinencia
de invitar a Rigo Tovar al evento. La discusión quedó en el
aire, pero su significado es el de una ansiedad irresoluta por entender a
qué tradición cultural pertenecen los comunistas y qué
cultura habrán de reivindicar.
Conclusión: de por qué no cabe la nostalgia.
La del Partido Comunista Mexicano fue una larga experiencia histórica
cruzada por la ansiedad de conformar una alternativa distinta a la emanada
por el poder estatal surgido en la revolución mexicana. La emanación
del poder fue cegadora y en ocasiones la búsqueda del otro espacio
quedó cancelada, aplazada y hasta peligrosamente olvidada. Fue una
convivencia con un Estado cuya definición y carácter como problema
teórico y cuestión política siempre fue muy difícil.
Fue una historia de lucha con la política, de indagación de
cómo entenderla, de cómo moverse en el pantano situado en los
límites imprecisos del Estado y la sociedad mexicana. También
fue una fallida aventura por conquistar a la clase obrera; un clima cultural,
una historia, un retrato de familia.
Se puede se debe- investigar al PCM como una experiencia histórica
concreta, ubicada en tiempo y espacio; pero la hora del balance definitivo
no ha llegado, pues la problemática que movió al PCM simplemente
rompió la tensión de su estructura para explayarse en una organización
más compleja, más amplia, con mayores problemas y potencialidades
multiplicadas: el PSUM. El mayor éxito del PCM, su inolvidable papel,
es haber generado las condiciones de su desaparición, haber llevado
su proceso de modernización hasta que éste hiciera prescindible
a las siglas, para dar un saldo adelante.
El Buscón 2, Cristopher Domínguez. Págs.
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