¿Cómo escribir, la historia de un partido que se propone cohesionar una voluntad colectiva nacional alternativa al sistema dominante? ¿Y la de una organización como el Partido Comunista Mexicano que si nunca pudo articular esa voluntad nacional, logró en cambio sobrevivir a todos los embates que amenazaron con destruir su existencia en las redes marginales del radicalismo social? Acaso empezar por desacralizar las visiones de sus principales protagonistas que inspiradas en una empresa tan inevitablemente mesiánica como la difusión del socialismo en México, han quedado comprensiblemente atrapadas en el espíritu de sus propósitos.

El estado de la revolución mexicana –cuyos días de nacimiento son paralelos a los del PCM– aparece ante los ojos de la izquierda como un prodigioso libro sagrado de infernal significación. La búsqueda de la clave mágica para interpretar el talmud ha sido la obsesión de comunistas y socialistas mexicanos a lo largo de su historia. Por momentos, la resolución del enigma pareció segura y de las apretadas líneas del tratado surgieron instrucciones precisas; instrucciones que acabaron por resultar contraproducentes, que sólo condujeron a la frustración y al martirio. La izquierda en más de una ocasión quedó ciega tratando de descifrar mensajes apócrifos, y después del último 1º de septiembre las nuevas certezas de la modernidad ideológica hallan condiciones difíciles para seguirse reproduciendo. El calvario de una izquierda que parece condenada a perder la razón entre las metáforas cambiantes del estado con el que le tocó coexistir.
La experiencia histórica del PCM, desde el I Congreso realizado en 1921, donde un puñado de comunistas iniciaron la aventura de leer la revolución mexicana, hasta las discusiones del XIX Congreso, en donde dos corrientes escenificaron una agria lucha interna sin sospechar que ocho meses después el partido ya no existiría, ha sido la historia de una errabundez en búsqueda de certezas y, sobre todo, de crear una imagen plausible de la organización estatal que le permitiera existir hacer política. El viaje ha sido accidentado, plagado de arrepentimientos, heroísmos, equivocaciones garrafales y extraños momentos de lucidez, y su conclusión parece ser de una soledad profunda donde todo es tan indiscernible como en el primer día.
Las características que hizo el PCM del Estado-de-la-Revolución-Mexicana, de su continuidad o su ruptura, de la revolución que lo generó y la que habría de ponerle fin tuvieron siempre su eje en una profunda y aún no resuelta crisis de identidad: la monstruosa realidad política del estado mexicano era la sustentación de su crítica irrealidad como problema teórico; a la voluntad de hacer política revolucionaria se oponía la relatividad de las premisas ideológicas y de los momentos políticos. Examinemos, pues. El empirismo optimista del primer PCM, el de un partido aún alejado de la vigilancia teórica de la Internacional Comunista, es sustituido por el pragmatismo sectario de 1929-35; pero el partido que llama a Cárdenas “fachista” carece de una verdadera concepción del Estado que está combatiendo y de la revolución que proclama en su contra. Ambas –estado burgués y revolución proletaria- son categorías ideológicas que pueden ser reforzadas, y lo son, para caber en cualquier realidad o circunstancia. En 1935, con motivo del VII Congreso de la IC, el PCM inicia el giro de 180 grados que tiene su estertor dramático en la Unidad a Toda Costa y en la Unidad Nacional. En un principio la transformación es mesurada. Se habla de estar con “las masas cardenistas, no con Cárdenas”, pero al apoyo crítico seguirá la claudicación total.
La concepción más acabada que el PCM llegó a tener sobre el Estado y la revolución fue exterior a su elaboración y experiencias propias: el lombardismo. El PCM, debemos recordarlo, es una corriente que nace como resultado de la unión entre obreros, socialistas nacionales y revolucionarios extranjeros. Es el portador de una alternativa política incipiente, distinta, que no entronca ni con la fracción vencedora del movimiento armado –de donde surge históricamente Lombardo- ni con las tradiciones radicales de la revolución mexicana- zapatismo y magonismo-, a las que no llega a tocar ni física ni ideológicamente. De 1919 a 1937 el PCM construye, fundamentalmente, espacios autónomos de organización y movilización, muchos de los cuales pasarán a formar parte del consenso social del régimen. Atrapado entre la cosificación staliniana y los vientos eclécticos del cardenismo, no tiene tiempo de construir una concepción propia.
Hasta 1960 el PCM posee una concepción estática, doctrinal y autocomplaciente del Estado, su única razón de ser frente a la soledad y la marginación. La premisa lo resume todo: “Por la revolución mexicana al socialismo”. La única revolución posible sucedió en 1910, decir “revolución mexicana” es entender estado mexicano; al socialismo se llegará como resultado de la extensión positiva de lo que ya es esencial al Estado: sus capacidades económicas –desarrollo de las fuerzas productivas, capitalismo de Estado- y sus connotaciones políticas –su vocación y orígenes populares-. La concepción que sostiene el PCM sobre el Estado es pragmática y no programática. Expresa la imposibilidad de pensar en un universo ajeno al estado mexicano, no sólo como presente sino como futuro; es una dolorosa exteriorización: la política parte del Estado, el partido la recoge y la interpreta. Sólo así se explica el problema: la renuncia, por incapacidad, a entrever la totalidad –el estado capitalista- para concentrarse en el examen de las partes –las fracciones progresistas generalmente imaginarias-, resultando la política del PCM un arte de adivinación: ¿dónde está la fracción progresista?, ¿ha salido del gobierno o se esconde en él?
El camino iniciado con el XIII Congreso del PCM en 1960 es, indiscutiblemente, el de la modernidad. La ruptura incipiente con el lombardismo y sus caracterizaciones abre un camino inédito que permitió al PCM terminar sus días como un partido legal y votado por más de setecientos mil mexicanos. A partir del XIII Congreso el PCM asume implícitamente su crisis de identidad, escoge el camino de ir desenvolviendo la tradición en modernidad. Revueltas, crítico severo y genial, exige la ruptura epistemológica, el asumir la crisis como una negación de la tradición para saltar a la modernidad. Los comunistas irán a la búsqueda del país, se reencontrarán con las autonomías sojuzgadas –estudiantes, campesinos- y necesitarán, si no una teoría del Estado sí sus premisas pedagógicas. Se formula la necesidad de una nueva revolución, pero sobre la base del “país semicolonial” inventado por los lombardistas. Se sigue apostando a fracciones estatales –son los días del último Cárdenas y el MLN– que configuran el nuevo bloque.
Los sesenta son década de aprendizaje democrático que se traduce en modernidad. El PCM condena la invasión soviética de Checoslovaquia, apoya al movimiento estudiantil y se nutre de sus filas. En 1973 sesiona el XVI Congreso del PCM. La gran ruptura. Muy débil aún entre las masas y ante la sociedad, el PCM crea finalmente un cuerpo teórico nuevo, alternativo, producto de un examen –equívoco o no es otra cosa- de la realidad nacional. El país, se dice en el XVI Congreso, es víctima de una crisis estructural, cuya única salida revolucionaria es la revolución democrática y socialista. Esta afirmación imperativa coloca al PCM como un caso sui generis entre sus congéneres latinoamericanos; más que ningún otro partido comunista, el mexicano logra absorber y hasta mediatizar, si se quiere, el breve ímpetu de renovación de la nueva izquierda, introduciendo a su problemática elaboraciones teóricas que generalmente se presentaron fuera de los PC. Sin las simplificaciones inevitablemente retóricas del XVI Congreso hubiera sido imposible romper con medio siglo de estatismo y lombardismo; sin los incipientes espacios de autonomía creados por esa política –sindicalismo universitario, disputa por el poder en las universidades, reactivación del movimiento popular independiente- el PCM hubiera sido incapaz de ser uno de los principales agentes de esa negociación entre el Estado y la sociedad civil que fue la reforma política.
Muy probablemente, si exceptuamos heroísmos de los veintes o los treintas, la percepción que el PCM hizo del momento coyuntural de 1975-78, la política que lo condujo a su legalización, la formación de la Coalición de Izquierda y luego del PSUM, fueron los mayores éxitos de los comunistas durante toda su historia. La iniciativa del PCM, abonada indiscutiblemente por la lucha que se inicia en 1958-59, de poner en el eje de su estrategia la lucha por la democracia política y la unidad de izquierda colocó a las fuerzas revolucionarias en una posición de mayor visibilidad y destreza. Pero, con los éxitos políticos y electorales, la crisis de identidad –la problemática de atrapar las hojas infinitas del libro de arena- se ahondó.
El XIX Congreso del PCM –marzo de 1981- profundizó la orientación del XVI Congreso, depurando el carácter de la revolución –socialista, a secas- y del Estado –capitalista, a secas-. Se inauguraba la discusión sobre el proyecto de socialismo: el poder obrero democrático. Sin embargo, ya algunos sectores del partido hicieron notar que la concepción del Estado y de la revolución eran esquemáticas e instrumentalistas; que a fuerza de la sana intención de divorciarse de un pasado de abdicación del carácter de clase del Estado, se obviaba la compleja combinación de mediaciones del Estado con la sociedad. A su vez, la apreciación económica del congreso fue desastrosa –la crisis estructural había desaparecido, el petróleo aseguraba sana vida a la economía- y, en general, la síntesis del congreso era el anhelo de finalmente concretar la experiencia del partido comunista como tal. Nadie previó la desaparición del partido, sino su conversión en lo que no había podido ser.
Los comunistas y la política

Entendiendo la Política –con mayúsculas- como forma de reproducción de lo estatal, el PCM fue un partido considerablemente a-Político. Pese a las grandilocuencias lombardistas –la ilusión de formar parte de un proyecto nacional que iría de la democracia nacional a la democracia popular y de ahí al socialismo-, los comunistas nunca participaron en la esfera política estatal, aunque probablemente determinaron en momentos las condiciones de su reproducción. Su lugar fue la sociedad –a la que ignoraban como tal- y, en repetidas ocasiones, en sus porciones más marginales. Durante los sesenta, el PCM discutió la revolución, y en la década pasada la ansiedad se centró sobre el Estado. Pero más que sobre el Estado como totalidad sobre las formas del poder político y, concretamente, en la democracia.
El movimiento del 68 hizo al PCM descubrir a la sociedad y con ella a la democracia como eje de una política posible. La vieja izquierda comunista y lombardista fue siempre autoritaria y estadista; la suma de la vocación estalinista más la vocación del estado posrevolucionario hizo del PCM un partido sustancialmente antidemocrático. No sólo en el sentido de antidemocracia y autoritarismos internos, sino como propuesta de socialismo, emulación del Estado y acción política cotidiana. La sociedad mexicana ha registrado, desde Vasconcelos hasta Henríquez Guzmán, disidencias democráticas civilistas que, orientadas o no hacia la derecha, recogían la insatisfacción de la sociedad devorada por el Estado; en esas movilizaciones nunca estuvo con toda su apuesta política el PCM ni mucho menos los lombardistas. Obviamente la izquierda defendía derechos democráticos de obreros y campesinos, protestaba por la violación de preceptos constitucionales, pero no fue sino hasta 1968 cuando empezó a criticar el contenido y no únicamente la dirección de las relaciones del poder del Estado hacia la sociedad. De dicha crítica surgió un proyecto, hoy amenazado: el eje de la izquierda, so pena de desaparecer como tal, debe ser la lucha por la democracia política –en su sentido más amplio, desde la democratización de los aparatos de Estado y el cumplimiento de las reivindicaciones elementales de la democracia burguesa hasta el fortalecimiento de la democracia directa- y la consecuente extensión de la sociedad civil a costa del Estado. Sin embargo, las medidas estatales del reciente 1º de septiembre parecen invertir los términos nuevamente.
El PCM no tuvo tiempo de ubicar con precisión los términos de su apuesta democrática hacia la sociedad. Toca al PSUM, con más recursos, desarrollarla. Pero la democracia también se probó en la práctica de las relaciones concretas que el partido estableció con la sociedad, y en este sentido los comunistas demostraron poseer una profunda escisión entre práctica y discurso. El ejemplo obvio fue el desmoralizante paso del PCM por la dirección de un puñado de universidades. Los méritos: apertura de saludables espacios de respiración democrática en enclaves caciquiles y sofocantes, irrupción de la investigación y la difusión cultural como formas de concientización y sensibilización social, desmitificación de la educación como práctica ajena a la lucha de clases, demostración de la compatibilidad entre la superación académica y el compromiso político. Las vergüenzas: la administración universitaria como botín, los cargos académicos como sustento del compadrazgo, el clientelismo y la corrupción. Los comunistas reprodujeron al calce la conducta típica del priísmo, sumando las formas más abyectas de burocratización y confusión de funciones académicas, partidarias y sindicales, así como la derivación de fondos institucionales para uso partidario y varios pecados menores, cuya conclusión trágica es la utilización de las organizaciones sociales y las instituciones para fines absolutamente ajenos a los de una vocación democrática.
Finalmente, la herencia más rescatable que dejó el PCM fueron sus últimos años de intensa discusión democrática interna y pública. La consolidación y la ampliación de la democracia al interior del PCM, el respeto irrestricto de la libertad de expresión –aunque no la plena colectivización de las decisiones- fue un logro que de no haber ocurrido hubiera hecho imposible el nacimiento del PSUM, que asume la pluralidad como base constitutiva. Cabe aclarar que la democratización del PCM –cuya última consecuencia fue desaparecer- no fue sino el resultado de una correlación interna de fuerzas, cuyo conflicto creó un espacio acorde con la modernización iniciada desde 1960.

La tentación del suicidio ontológico

La gran y dolorosa pregunta que abatió al PCM en sus últimos años fue la fallida relación con la clase obrera a lo largo de su historia. Un consuelo que nadie creyó: el partido es obrero porque su programa lo es. Una invitación al suicidio ontológico: “el partido -dijo un militante en shakespiriano arrebató en un congreso- no es ni comunista, ni revolucionario, ni es partido, porque no es obrero”. Sin embargo, cualquier revisión superficial de la historia del PCM habla por sí sola de la participación del partido en los principales combates proletarios, sobre todo hasta antes de la claudicación browderista y los charrazos de los años cuarenta. Pero curiosamente, el problema de la composición obrera como verdadera razón de ser o no ser, surge con la modernización del partido. Es decir, después de que en los cuarenta y cincuenta la ilusión de ser la Vanguardia hace intrascendente el problema de la debilidad orgánica, ya que las características proletarias del partido se concebían inmanentes.
La obrerización del partido, planteada por la corriente renovadora en el XIX Congreso, fue una proposición meramente ideológica, un llamado al heroísmo y la expresión de un poderoso sentimiento de culpa. Los renos no propusieron una política sindical de carácter alternativo ni elaboraron mayormente las condiciones para sustentarla.
Tampoco hicieron ninguna autocrítica del trabajo sindical que muchos de sus voceros realizaron. Por su parte, la mayoría –los dinos, encabezados por la dirección histórica- empezaron pidiendo calma, apostando el cambio de la composición del partido a la posibilidad de hacer política de cara a la clase a través de la llamada esfera política de la sociedad, para acabar pidiendo el linchamiento moral de la oposición que respondió a su derrota con ansias de martirio y amenazas histéricas. Sin embargo, el partido terminó unido en un congreso donde la actitud llegó a oler a escisión.
Y el congreso, que se caracterizó por la absoluta preponderancia de lo ideológico sobre lo político, no pudo resolver la cuestión básica del problema obrero. El máximo resultado fue cuestión básica del problema obrero. El máximo resultado fue el eslogan: “Ganar a la parte fundamental de la clase obrera para la política y el programa de PCM”. Concebidos como hechos ya irrefutables, la corporativización de la clase obrera y el dominio de charrismo no sólo como represión y despotismo sino también como consenso, hicieron a la elaboración del PCM llegar a un punto cero en el terreno obrero y sindical. La conferencia sindical de 1978 avanzó hasta el límite de sus fuerzas: abandonar definitivamente el sindicalismo paralelista inaugurado por Lombardo en 1947 cuando fue expulsado de la CTM y hacer política donde están las masas obreras.
El diseño de una política unitaria con el sindicalismo oficial en relación a demandas económicas y sociales, hecho indispensable para reactivar la presencia del PCM en el movimiento obrero, tropezaba con una paradoja inevitable: los diputados obreros del PRI que demandan la reforma económica en la Cámara son los mismos que llegan hasta el asesinato en la defensa de su poder autocrático. Conciliar una estrategia amplia y unitaria con poner el dedo sobre la llaga estructural de la antidemocracia sindical parecía una misión difícil, más aún careciendo el PCM de una buena infraestructura de activistas sindicales y con la clara conciencia de que el carácter proletario de las próximas movilizaciones sociales es producto del peso específico de la clase en el país y no de una voluntad milenaria. Misión que hace al PCM heredar a su sucesor la tentación del suicidio ontológico: por encima de todo, la clase obrera está con otros.

Todos los hombres del partido comunista


No es común, al escribir sobre la izquierda, analizar sus élites políticas, el carácter de sus direcciones y su conformación generacional. Suele imperar un criterio que omite la necesidad de introducir al estudio las personalidades políticas como expresión de las fuerzas o grupos sociales en pugna. Contravenir esa tendencia abre el camino de un conocimiento más profundo de las organizaciones y su historia, así como del ambiente cultural en que se desenvuelven.
La dirección del PCM, el grupo de diez o quince comunistas que conformaron la comisión política y los puestos clave del comité central, y que condujeron al partido desde 1960, se compone básicamente de tres generaciones. La primera, compuesta por quienes ingresaron en la segunda mitad de los años treinta y cuyos únicos sobrevivientes fueron Ramón Danzós Palomino, dirigente campesino más preocupado por su trabajo de masas que por la política de aparato, y José Encarnación Pérez, militante que se mantuvo en los puestos directivos, adaptándose siempre a las nuevas situaciones. Anterior una década en militancia es Valentín Campos, cuya exclusión de veinte años del partido lo colocaron, a su reingreso, en la posición de centro moral y emocional de la organización, aunque no siempre de su gravitación política. La segunda generación, la de mayor peso, es la de quienes ingresaron al PCM inmediatamente después de la segunda guerra mundial y en el curso de la década de los cincuenta, y a ella pertenecen Arnoldo Martínez Verdugo, el más importante político profesional que tiene la izquierda, cuya habilidad y capacidad de síntesis hicieron posible rescatar la unidad del partido en los momentos más complicados; Gerardo Unzueta, teórico del XVI Congreso y uno de los portavoces de la modernización; Eduardo Montes, Samuel Meléndrez, Reynaldo Rosas, Leonel Posadas y Jesús Sosa Castro, funcionarios de partido que han combinado la dosificación de las transformaciones con la construcción de un grupo de dirección estable.
Esta generación fue el núcleo fundamental del PCM. Cuadros forjados en la época de mayor debilidad orgánica accedieron a sus primeros puestos de dirección en la época del XX Congreso de PCUS. Sin ser nunca dirigentes de masas –algunos lo fueron antes, pero las condiciones imperantes y el estilo de trabajo imposibilitaban la simultaneidad con su condición de dirigentes partidarios- tuvieron la inocultable capacidad de adaptar al partido a las nuevas condiciones, haciendo uso de los viejos métodos cuando fue necesario, pero impulsando definitivamente la modernización del partido.
Cuatro elementos se suman a la dirección del PCM en la década pasada. Gilberto Rincón Gallardo, que fue el más brillante de los dirigentes comunistas en los setenta, con una amplia vocación unitaria y la combinación entre la mesura de la generación anterior y el brillo de los luchadores del 68. Muy probablemente a Rincón se debe el peso fundamental en la elaboración de la táctica ante la reforma política y de la proposición de la unidad orgánica. Pablo Gómez, dirigente educado en el movimiento estudiantil. El suyo es un ascenso veloz, pues apenas desde finales de los setenta fue miembro de la comisión política. Rodolfo Echeverría, puente de la dirección con la base y del PCM con la izquierda radical. Apresurado, enérgico y temperamental, Echeverría fue el único miembro de la dirección histórica que se sumó a la oposición interna hasta romper por completo con aquélla, adoptando posiciones intransigentes. Una deserción inexplicable: Arturo Martínez Náteras. Hasta 1978 figuró como principal soporte interno de la organización partidaria. Organizador ejemplar aunque con visibles tendencias autoritarias, Martínez Náteras renuncia intentando jugar el papel de “primer disidente soviético mexicano” escenificación que fracasa en un partido donde las expulsiones y las purgas ya no tienen lugar y el clima de democratización se generaliza.
La dirección histórica del PCM, ahora disuelta al parecer no sólo orgánica sino ideológicamente al interior del PSUM, pasará a la historia de la izquierda como la primera generación de políticos profesionales no clientelares. Sin ser, en su mayoría, líderes de masas o intelectuales, inauguraron el “estilo personal de gobernar” que necesitaba una izquierda perdida entre burócratas adocenados como un Encina o líderes carismáticos sin capacidad programática como Heberto Castillo. Los dirigentes comunistas abrieron el camino de la profesionalización política de la izquierda.
Las crisis de identidad

La relación del PCM con la cultura nacional, sus grandes mitos y su parafernalia fue singular y estrecha. Los principales exponentes del arte de la revolución mexicana, Rivera y Siqueiros, fueron a la vez miembros del PCM e intelectuales orgánicos del Estado. Entre la gigantomaquia de sus murales y las novelas interiores de otro comunista, José Revueltas, puede caber la parábola de una izquierda mexicana atrapada entre el Estado –los muros- y la Marginalidad –el submundo revueltiano.
Pero los reflejos fulgurantes de las figuras épicas de nuestra cultura nos impiden ver los procesos que fluyen; abandonémosles. La permanente crisis de identidad que sufrió el PCM se reflejó nítidamente no tanto en sus proposiciones culturales, que fueron pocas y a menudo miméticas a las del Estado, sino en su vida cultural interior y en las coordenadas de un mundo difuso y pequeño, de soledades y anhelos frustrados.
Durante un dilatado periodo el único nexo cultural del PCM con la realidad fue su idolatría por el mundo socialista, que si bien se manifestaba y se manifiesta en todo el llamado movimiento comunista internacional, en las condiciones de marginalidad, represión, gazmoñería anticomunista en las que vivía el PCM, ésta pasaba a ser su única razón de ser. La lectura de las novelas y del Premio Stalin, las veladas culturales en las embajadas y los institutos de amistad, los aniversarios de la revolución de octubre, los locales como verdaderas agencias turísticas plagadas de folletos que exaltaban las bellezas del lago Bikal o el fulgor nocturnal del Kremlin, la conciencia de ser comunista, el enviado de un mundo lejano y melódico soportando una realidad contraproducente. Los viajes a las escuelas de cuadros en la URSS y la RDA como imprescindible e inolvidable educación sentimental, el aprendizaje de las certezas del marxismo-leninismo sumado a aventuras eróticas, deportivas y emocionales. Este fenómeno o más bien estos fenómenos subsistirán durante un largo período, pero la modernización los hará variar y diluirse considerablemente.
La militancia joven del PCM en los sesenta y sobre todo en la década siguiente va introduciendo el hálito de la nueva izquierda –o lo que fue de ella en México- a la organización. Incipiente rebelión sexual y mariguana en reuniones de células universitarias; música de The Beatles ambientando planes guerrilleros. Quienes militan en los primeros años de los setenta en el PCM son los sobrevivientes del 68 y de su clima, los que han escapado tanto de la catástrofe guerrillera como de la otra militancia, la herética, la hedonista, la del pasón, la vibra y la buena rola. Los que persisten en el partido o en esa romántica escuela de educación sentimental que fue la JC, soportarán la represión introduciendo una nueva forma de militancia política, igualmente heroica, pero preñada, justamente, de la jactancia de los nuevos héroes.
Después del 68 y por lo menos hasta hace pocos años la crisis de identidad se masifica. A partir de 1977 los festivales de Oposición resumen la no resuelta tensión entre el hálito cultural de la militancia y las aspiraciones cosmogónicas de ubicarse en algún compartimento de la cultura nacional. La solución, solución de crisis, es la universalidad. Con la reforma política y su clima de pequeña primavera política urbana, los comunistas identifican rápidamente modernidad con democracia. El eurocomunismo, para bien o para mal, se convierte en ejemplo moral y alternativa cultural. Invitaciones a Marchais y a Carrillo, mesas redondas sobre crisis de marxismo y socialismo real; profusión de gorros con el logotipo del PCE. La gráfica y la propaganda se vuelven coloridas según patrones europeos; el anhelo de modernidad-universalidad se adueña por igual de base y dirección. Cambian los patrones de la discusión ideológica, salen a relucir nuevas categorías; a la popularidad de Gramsci se suman otras. La crisis de identidad es fecunda y fértil, pues si bien contiene obvias connotaciones de moda, atrae ruptura de tabúes –el PCM apoya al movimiento homosexual y lo invita a los festivales- y elaboración programática tan heterodoxa con la de las tesis políticas al XIX Congreso o un experimento irritante y creativo como El Machete.
El nacimiento de PSUM altera el desarrollo cultural que el PCM sostenía. La fusión con el MAP, cuya militancia universitaria vivió procesos semejantes a los de la comunista, enfrentará la síntesis conflictiva entre la tradición modernizada –la del PCM- y una modernidad tradicional –la del nacionalismo revolucionario.
Hacia adentro: un partido, el PSUM, que combina lectores de Por esto! con lectores de Nexos; a campesinos de Nayarit y La Montaña con jóvenes lectores de Paz y Foucault; a intelectuales expertos en Agnes Heller con dirigentes de la vieja guardia que vacacionan anualmente en la URSS.
Hacia fuera: una anécdota. Hace un par de años la comisión organizadora del Festival de Oposición discutió la pertinencia de invitar a Rigo Tovar al evento. La discusión quedó en el aire, pero su significado es el de una ansiedad irresoluta por entender a qué tradición cultural pertenecen los comunistas y qué cultura habrán de reivindicar.

Conclusión: de por qué no cabe la nostalgia.

La del Partido Comunista Mexicano fue una larga experiencia histórica cruzada por la ansiedad de conformar una alternativa distinta a la emanada por el poder estatal surgido en la revolución mexicana. La emanación del poder fue cegadora y en ocasiones la búsqueda del otro espacio quedó cancelada, aplazada y hasta peligrosamente olvidada. Fue una convivencia con un Estado cuya definición y carácter como problema teórico y cuestión política siempre fue muy difícil. Fue una historia de lucha con la política, de indagación de cómo entenderla, de cómo moverse en el pantano situado en los límites imprecisos del Estado y la sociedad mexicana. También fue una fallida aventura por conquistar a la clase obrera; un clima cultural, una historia, un retrato de familia.
Se puede –se debe- investigar al PCM como una experiencia histórica concreta, ubicada en tiempo y espacio; pero la hora del balance definitivo no ha llegado, pues la problemática que movió al PCM simplemente rompió la tensión de su estructura para explayarse en una organización más compleja, más amplia, con mayores problemas y potencialidades multiplicadas: el PSUM. El mayor éxito del PCM, su inolvidable papel, es haber generado las condiciones de su desaparición, haber llevado su proceso de modernización hasta que éste hiciera prescindible a las siglas, para dar un saldo adelante.

El Buscón 2, Cristopher Domínguez. Págs. 50 - 66