Hay un
viejo refrán que dice
cada errata, un lector más
que mata. El tono exagerado no expresa sino la severidad frecuente que
el lector de antaño adoptaba frente a libros y libreros. Para su fortuna,
mis queridos amigos, lo peor que puede resultar de la revisión del
primer número de El Buscón es, más que la muerte, de
sus lectores, la cuidadosa selección de los mismos; y esto, no en ocasión
de las erratas y demás defectos de edición (que son muchos),
sino gracias a las virtudes que maneja. Me explicaré un poco: la actitud
del lector moderno ha cambiado tanto como los tiempos mismos; antes, quien
leía un libro incorporaba el contenido a su acervo cultural del mismo
modo que apreciaba la hechura y acabados. Disfrutar un poema por ejemplo-
significaba, al mismo tiempo, gozar del juego de plecas, grabados, capitulares,
tipografía y textura del papel que le enmarcaban. La exigencia del
lector hacia el libro se correspondía, además, con la adoptada
por el editor, quien podía confeccionar de principio a fin la publicación.
Se trataba, pues, de una concepción íntegra del texto. De ahí
la severidad de antaño hacia las erratas
Ahora, con el desgarramiento del oficio editorial, la secretaria improvisada
de tipógrafa con un ojo en la fotonovela y otro en el teclado-
sustituyó al linotipista y la computadora al corrector- que con frecuencia
era el propio linotipista-; y algo semejante ocurrió con la disposición
del lector. Las nuevas técnicas del lustre como los plastificados,
la selección de color o el papel encerado, condicionan la forma de
hojear un libro o revista. Se trata de la cultura del deslumbrón, la
admiración epidérmica, el impacto de la forma sobre el contenido
y la sabiduría almibarada. Así, comprar la colección
completa Aurrerá de grandes autores de la literatura universal con
lujosos empastados en keratol o la serie popurrí de discos con los
grandes maestros de la música significa, antes que adquirir
conocimientos y placer estético, comprar un modo de vida.
Pues bien, El Buscón a pesar de sus errores, condicionados sin
duda por la pulverización del proceso moderno de edición- tiene
el mérito de haber hurgado en los rincones de la sensatez editorial
para rescatar un concepto integro de revista; sus textos críticos,
lejos de afanes vanguardistas, envueltos en forro de cartón y prolongados
por el antiguo recurso de las portadillas, y la delicada intención
del formato interior delatan una vocación inédita por escoger,
por preferir a los lectores. Si la búsqueda contemporánea no
puede dejar de ser filosófica y política, tampoco debe descuidar
más la urdimbre molecular que se teje entre revista y lector. Felicidades.
El Buscón 2, Juan Corso. Págs. 187-188