Las Erratas del Buscón
Juan Corso
Hay un viejo refrán que dice “…cada errata, un lector más que mata”. El tono exagerado no expresa sino la severidad frecuente que el lector de antaño adoptaba frente a libros y libreros. Para su fortuna, mis queridos amigos, lo peor que puede resultar de la revisión del primer número de El Buscón es, más que la muerte, de sus lectores, la cuidadosa selección de los mismos; y esto, no en ocasión de las erratas y demás defectos de edición (que son muchos), sino gracias a las virtudes que maneja. Me explicaré un poco: la actitud del lector moderno ha cambiado tanto como los tiempos mismos; antes, quien leía un libro incorporaba el contenido a su acervo cultural del mismo modo que apreciaba la hechura y acabados. Disfrutar un poema –por ejemplo- significaba, al mismo tiempo, gozar del juego de plecas, grabados, capitulares, tipografía y textura del papel que le enmarcaban. La exigencia del lector hacia el libro se correspondía, además, con la adoptada por el editor, quien podía confeccionar de principio a fin la publicación. Se trataba, pues, de una concepción íntegra del texto. De ahí la severidad de antaño hacia las erratas…
Ahora, con el desgarramiento del oficio editorial, la secretaria improvisada de tipógrafa –con un ojo en la fotonovela y otro en el teclado- sustituyó al linotipista y la computadora al corrector- que con frecuencia era el propio linotipista-; y algo semejante ocurrió con la disposición del lector. Las nuevas técnicas del lustre como los plastificados, la selección de color o el papel encerado, condicionan la forma de hojear un libro o revista. Se trata de la cultura del deslumbrón, la admiración epidérmica, el impacto de la forma sobre el contenido y la sabiduría almibarada. Así, comprar la colección completa Aurrerá de grandes autores de la literatura universal con lujosos empastados en keratol o la serie popurrí de discos con los “grandes maestros de la música” significa, antes que adquirir conocimientos y placer estético, comprar un modo de vida.
Pues bien, El Buscón –a pesar de sus errores, condicionados sin duda por la pulverización del proceso moderno de edición- tiene el mérito de haber hurgado en los rincones de la sensatez editorial para rescatar un concepto integro de revista; sus textos críticos, lejos de afanes vanguardistas, envueltos en forro de cartón y prolongados por el antiguo recurso de las portadillas, y la delicada intención del formato interior delatan una vocación inédita por escoger, por preferir a los lectores. Si la búsqueda contemporánea no puede dejar de ser filosófica y política, tampoco debe descuidar más la urdimbre molecular que se teje entre revista y lector. Felicidades.
El Buscón 2, Juan Corso. Págs. 187-188