NOTA SOBRE UN ASESINATO MAL MEDITADO Y SIEMPRE INCONCLUSO

(EL DE DIOS)

 

Gerardo Bracho

 

 

“El Dios de la naturaleza estableció una ley equitativa que el hombre no tiene derecho a violar; cuando se aventura a hacerlo siempre es seguro que, más tarde o más temprano, encontrará el correspondiente castigo”.

 

Anónimo del siglo XIX.

 

Que “…la revolución francesa había sido un gran disparate y que todo lo sucedido desde entonces no había hecho sino empeorar la situación”1 era todavía durante el siglo XIX, una opinión bastante común. Hoy, aunque bastante desconocida, parece, y ya nadie pide explicaciones al respecto (las largas estadísticas sobre armamento nuclear cansan la vista), más certero que nunca.

 

La cabeza que rodó el 21 de enero de 1793, aunque con la grotesca cara de Luis XVI, no era otra que la de Dios. Aún si éste llevaba ya tiempo agonizando en la ideas de los pensadores, ese memorable día selló su destino como regente de la sociedad. El reinado de Dios dejaba el trono al reinado del hombre, el derecho divino al contrato social.

 

Como en los asesinatos insuficientemente meditados, el verdugo se estremeció de pavor –no podía soportar el sentimiento de desamparo y libertad- ante el imponente cadáver. En aquel mismo año, el “incorruptible” Robespierre trató de restablecer la legitimidad del Estado, mediante un ridículo “ser supremo” en el que se fundían los polos irreconciliables: razón humana y divinidad. A este grotesco intento de mediación le siguió toda una época de vacilación moral: se restableció la monarquía en Francia pero los Borbones que siguieron y, peor aún, su sucesor Luis Felipe –“el rey burgués”- resultaron meras caricaturas de la fuerza del antiguo derecho divino. En el resto de Europa continental el reinado de Dios se defendía con ahínco –guiado por las hábiles manos del barón Metternich- de las insolencias de los mortales, los que por su parte, temerosos, achacaba todos sus males a los ministros pero nunca al Rey-Dios mismo. En 1848 los insurrectos piadosos buscaban una monarquía constitucional que, hipócrita como la inglesa, les tapase los ojos frente a su propio crimen. Pero los dioses germánicos se resistían a jugar el medroso papel que sus homólogos jugaban en Inglaterra y Francia. Ante la amenaza Federico Guillermo IV de Prusia sentenció: “Nunca permitiré que una hoja de papel escrito (Constitución) se interponga entre nuestro Dios en el cielo y este país… Para gobernarnos con párrafos y suplantar a la antigua y sagrada lealtad”.2

 

El final de la historia es conocido: el fundamento del Estado se “laicizó” poco a poco en todo el Occidente.

 

Pero esto no acabó con Dios. Liberado de su función estatal, los aterrorizados criminales se apresuraron a confirmarle el reinado de sus conciencias. Incluso científicos que, como Darwin, habían aprovechado la confusión para asentar irreparables golpes a las sagradas escrituras, se las ingeniaron para encontrar fórmulas (el agnosticismo, por ejemplo) que les permitieran liberarse un poco del trabajo de cargar –¡sin ayuda!- con la plena responsabilidad de su propias existencias. De entre estas “fórmulas”, la acuñada muy ingeniosamente por Hegel destaca por haber logrado engañar a un materialista tan astuto y aguerrido como Carlos Marx.

 

Para Hegel, Dios (Espíritu) no existe como ente separado del mundo (Materia) sino que se encuentra “disuelto” y enajenado en él. La Historia –dice Hegel- no es más que el proceso mediante el cual ese espíritu se reencuentra consigo mismo (se desenajena) a través de la razón humana… es decir, la del propio Hegel. Lo que en el fondo hace Hegel es convertir al miedoso e imperfecto hombre en… ¡Dios! Veamos. Toda materia contiene un poco de Dios: las rocas, los peces, los hombres. Como Dios es sinónimo de Razón, y el hombre la única forma de materia con capacidad de razonar, es éste (el hombre) la forma de representación más acorde con la esencia de aquel (Dios). Y en un hombre con tanta Razón como Hegel (quien había sacado a la luz toda esa fantasía; o, en términos de Hegel, la verdad de la historia,) el hombre como representación concreta de Dios alcanzaba tal perfección que ya no era posible distinguirlos. Resultado: el Hombre, bajo la forma de un sujeto particular (Hegel), es Dios.

 

Cuando Marx se enfrentó con Hegel, se deshizo del ropaje religioso, de expresiones como “espíritu” y sus odiseas de disolución y reencuentro… pero se quedó con lo que estaba detrás: la deificación del hombre. La historia ya no era, para Marx, la descripción del proceso teleológico mediante el cual el espíritu abstracto, luego de enajenarse en el material, se reencontró como espíritu concreto, sino la descripción de un proceso igualmente teleológico (inevitable) pero todavía inacabado, mediante el cual el Hombre (de cualidades esenciales intachables), partiendo de un estado de comunismo primitivo, se “enajena” (enajena sus cualidades divinas) en un proceso de lucha de clases, para encontrar finalmente su realización (el reencuentro con sus cualidades divinas en un plano superior) en el comunismo maduro. El hombre ya no es como en Hegel, vehículo para la realización de Dios: él mismo es Dios. Para entender esto, basta recordar aquellos pasajes apologéticos sobre la bondad ontológica del hombre que salpican los textos del joven Marx, y que provocan el rubor del autocrítico lector ante la evidencia de su imperfección.

 

Pero aparte de fomentarnos una rígida y humanista moral difícilmente desechable, el “pecadillo” teológico de Marx ha tenido desenlaces mucho más trágicos. Este “pecadillo” del mito de una verdad absoluta sobre el fin de la historia –que encarna el PCUS- legitima, con la misma eficacia del Derecho Divino, la no muy dorada realidad del socialismo real.* ¿Qué significa un grupillo de polacos frente a la grandeza de la verdad histórica?

 

El humanismo de Marx es quizás el último y más terrenal de los mitos que el hombre se ha construido, antes de atreverse a ver absolutamente desamparado, solitario, ignorante y del todo responsable de sus estupideces y aciertos; antes de aceptar que el futuro depende sólo de sí mismo y que puede ser, desde la sociedad unidimensional de Marcuse (“el mundo feliz”), hasta un lugar digno de bienvivirse o… la nada.

 

Repasándolo bien, no puede decirse que el hombre no haya sido autocrítico y realista. Basta regresar al principio y recordar las mil vacilaciones en que incurrieron jacobinos y girondinos antes de atreverse a hacer rodar la primera cabeza divina (la de Carlos I fue tan exclusiva como la historia inglesa), a pesar de que ésta hizo todo lo imaginable, durante un largo par de años, para hacerse cercenar. Vacilaban porque presentían el desenlace de su atrevimiento: un bípedo pretencioso y mediocre a las riendas de la historia y conduciéndola al desastre. Lo peor de todo es que una vez comenzada la loca e imparable carrera del progreso técnico, el vacilante jinete –como era de esperarse- en vez de asumirse en su nueva situación, se comporta como un mago que no controla sus conjuros; no ha cesado de gritar despavorido pidiendo perdón y auxilios divinos.

 

La idea de divinizarlo, con el fin de hacerlo más seguro de sí mismo, tampoco ha dado –como se vio- frutos; pues con ellos no hace sino pasar del desamparo absoluto a una petulante arrogancia. Se comprueba una y otra vez que no tiene sentido de la mesura, de la proporción exacta entre su cuerpo y su alma. No parece que su situación haya cambiado mucho desde aquella descripción que hiciera Mefistófeles a Dios: “El raquítico Dios de la Tierra sigue siendo de igual calaña y tan extravagante como en el primer día”. No deja tampoco de ser enteramente justo el reproche que le sigue… (aunque ya sea siempre demasiado tarde): “Un poco mejor viviera si no le hubiesen dado esa vislumbre de la luz celeste, a la que da el nombre de Razón, y que no utiliza sino para ser más bestial que toda bestia”.

 

 

*Nota: Vale decir que Marx no acuñó –como en rigor tampoco lo hizo el propio Hegel- su visión teleológica de la historia haciendo abstracción de la verdadera historia, como sugiere esta caricaturizante, pero no falsa, concepción. De hecho, ésta es una primera versión  filosofizante” que, con los años, Marx va recubriendo de carne, es decir, de historia y ciencia. Más aún, es perfectamente comprensible que un pensador imbuido en la dialéctica hegeliana y ante la realidad histórica de mediados de siglo XIX, llegara a la conclusión de que un final feliz (comunismo) era el inevitable desenlace de la comedia humana. Veamos:

 

La pasmosa irrupción del progreso material (técnica) anunciaba la realidad próxima de las condiciones para reconstruir, superando y generalizando, la utopía de la polis griega –todos serían ciudadanos y los esclavos… las máquinas-. Que esas condiciones se aprovecharan positivamente, es decir, que el progreso material propiciara efectivamente el progreso humano (el comunismo y no un “mundo feliz”) no significaba, para un dialéctico como Marx, una esperanza sino una certeza absoluta. Y esto, a pesar de que la realidad dijera aparentemente otra cosa, ya que, por lo pronto, la industrialización no sólo no había provocado un progreso humano (moral) correlativo; al contrario, lo había hundido y parecía destinado a hundirlo siempre más: el capitalismo inglés de la primera mitad del siglo XIX concentraba en forma escandalosa, riqueza por un lado y miseria absoluta física y moral por el otro. Los frutos de la técnica no sólo no habían beneficiado en lo más mínimo a los trabajadores, sino que además de sumirlos en una miseria más inhumana y degradante (la urbana y la fabril), les había destrozado todas sus costumbres y tradiciones culturales. Para colmo, la deshumanización de los explotados no significaba aquí, como dicen que significó en Grecia, la liberación humana de los explotadores, sino su deshumanización más radical (recuérdese el utilitarismo-egoísmo-cretinismo de los personajes burgueses de Hard times de Dickens). Pero era precisamente esta contradicción exacerbada al extremo entre un progreso material con “sustancia liberadora” y la forma opresiva en que se materializaba históricamente, lo que para la mente hegelianizada de Marx justificaba lo inevitable de la subversión total. Su sujeto, el proletariado, no tenía, literalmente, nada que perder más que sus cadenas; la revolución debía ser total… no había posibilidad de conciliación. Esta concepción que parecía derivarse naturalmente de la cruenta realidad inglesa (que se ha calificado como “crisis originaria o inicial del capitalismo”)3 aparece plásticamente en el joven Marx; reaparece matizada, pero sustancialmente idéntica, en la sección sétima de El Capital donde se analizan los efectos de la acumulación sobre la suerte de la clase obrera y donde, por tanto, se fundamenta la revolución, y finalmente, se va parcialmente cuestionada pero nunca replanteada sistemáticamente en los últimos escritos.

 

Que Marx no halla previsto la mediocre salida de un capitalismo socializado (Welfare state más plusvalía), cuya destrucción significa para el proletariado arriesgar mucho más que sus cadenas, no puede únicamente atribuirse a una ceguera provocada por la realidad histórica de buena parte del siglo XIX. A esta ceguera también contribuyó la herencia hegeliana, que camuflajeó de tal forma a Dios que la censura de Marx no logró erradicarlo: el muy bribón reapareció de nuevo con ropajes aún más extravagantes –overol y botas.

 

GB

 

El Buscón 2, Gerardo Bracho. Págs. 170 - 174

 



1 E. H. Carrr, La nueva sociedad, México, Fondo de Cultura Económica.

2 A. S. Grenville, La Europa remodelada, México, Siglo XXI eds.

3 C. Napoleón, El futuro del capitalismo, p. 35: también E.J. Hobsbawm, La crisis del capitalismo en perspectiva histórica, Cuadernos Políticos II.